Betrayals and other things

Betrayals and other things         “Perdí mi tiempo, lloraré mis  daños…” LOPE DE VEGA                 (Rimas humanas) ¡Hay que ver como duele el recuerdo! Nunca te pedí nada y …

Origen: Betrayals and other things

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Betrayals and other things

Betrayals and other things

 

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“Perdí mi tiempo, lloraré mis  daños…”

LOPE DE VEGA

                (Rimas humanas)

¡Hay que ver como duele el recuerdo!

Nunca te pedí nada y te lo ofrecí todo,

la amistad, el cariño, el tiempo sin límite,

la bondad más absoluta. Fui tu paño de lágrimas…

¡Eres mi amiga, mi mejor amiga, mi hermana!, me decías.

¡Quiero salir del mundo en que me encuentro,

que no me aporta nada más   que pena…!

 

Soy una leve flor de papel sin suave aroma;

 ni siquiera poseo la gratitud una caricia interna,

de una figura espectral, de movimiento suave

que enjuague mis lágrimas puras.

A fuerza de tanto pensar, mi pensamiento

ha levantado en mi alma un monumento de sal opaca,

equívoco tras equívoco, pena tras pena,

pisada tras pisada…

 

Siento un amargo sabor naciendo en la garganta,

cuando mis labios

 son prisioneros de unos labios foráneos,

 tal vez conocidos, pero no deseados;

siento un temblor en la sien,

 como si un borrón negro

 destruyera los días de mi primavera ajada.

Siento como pesa mi corazón en el tramo final

de la cuesta de mis días de ausencia,

llevando tanto recuerdo dentro y no olvidando nada.

 

 ¡Cuánto pesa el recuerdo y como duelen los equívocos!

Un mundo de espumas oscuras

rompe loca su furia sobre la roca pétrea

de mi alma dañada,

y se desangra suave entre la transparencia

amarga de mis lágrimas…!

 

Intento, una y otra vez, renacer en mi,

como una sangre que mana del soldado herido,

en las guerras tenebrosas en las que estoy luchando.

Espero el futuro con mi mirada puesta en las estrellas,

y me siento en el tiempo

a esperar el abrazo vivificador, puro, sin cánones,

 como se espera a un hijo.

¡Los tristes siempre esperamos ese perdón que nunca llega!

Es como  una soledad que impregna los parajes

de quietud infinita,

que baña el alma en imágenes súbitas y revuelve la idea,

tornándola al pasado en visiones muy puras,

-delicadas libélulas azules-, de esa niñez eternamente presente;

sueño qué, en algún sitio, alguien me espera.

Siempre, me digo, hay jazmines, dedos, pájaros y noticias

que esperan a que suene nuestra llave en su puerta,

nuestros pies en la noche, nuestra voz en sus sombras…

 

Amiga mía, me dijiste: la noche es larga

y tiene infinitas sendas.

 Mi alma solitaria enciende hogueras de miseria,

abre a dolor vivo las heridas, y descuartiza mi voz;

aglutina en mi memoria  negras ideas, siempre acechantes.

Sé que tan sólo en ti, amiga mía, despertará mi alma

con alas libertarias,

de este sin fin de amaneceres rotos que se agarran a mí,

con sus cintas de plata.

Necesito tu fuerza, amiga mía,

toda la fuerza de tu corazón y de tu aliento…

Con las manos unidas, vamos a esperar juntas

ese renacer, mientras exista el tiempo.

 

Tu cielo, de amarillas soledades, te cerró luego tus paredes…

Desapareciste en la noche de tus impulsos…, impasible ante mis ruegos.

Alguna vez te llaman mis verdades, pero no sé si puedes oírlas.

 

© Manuel Pablos

VERSOS PARA NATALIA

Natalia2
Cuando la soledad pretenda que tu cambies
dile a la soledad que ya estás preparada...

LOS OJOS DE NATALIA

 

Yo conocí tus ojos cuando eran virginales,

cuando miles de estrellas luchaban en sus bóvedas

por dibujar reflejos de alegrías y dulzuras infinitas;

cuando los soles de la primavera pintaban en tu cara

cuadros de colorines, borbotones de espumas

de mares ensoñados, de ausencias de misterio,

de niñez absoluta, llena de cuentos de hadas,

de bosques misteriosos, de príncipes azules,

de duendecillos malos…

 

Yo conocí tus labios, hermosos y sinceros

cuando apenas las letras salían de tu boca,

explicando vivencias tan tiernas como brotes

en espigas verdiales, tan dulces como mieles

en panales recientes, mientras las emociones

en palabras sencillas, salían a borbotones,

como fontanas frescas, de tu alma de niña.

 

Yo conocí tu cara, hermosa desde siempre,

tan llena de sonrisas que apenas te cabían,

reflejando cariños y alegrías a raudales,

repartiendo frescuras de tus labios de rosa,

pintando mariposas de miles de colores,

libando entre las flores de tu jardín de ausencias;

 

yo viví la Natalia de las felicidades,

la niña que soñaba con mundos infinitos,

sin dolores, sin gritos de iras ciegas, de voces estridentes,

sin rejas, sin ventanas que acotaran tus mundos,

tus ansias infinitas de libertad y mimo,

sin metas definidas, sin miedo a los destinos,

con las simplicidades que dan los pocos años.

 

También he conocido la mujer ahora hermosa,

de escultural belleza, abierta a los halagos

de amores muy sinceros, aquellos que predicen

mundos llenos de rosas, pájaros melodiosos

cantando en los jardines de la felicidad.

Melodías de dulzura nacen en las gargantas

que llenan de canciones el sueño de los hijos,

 

frutos de las delicias de los amores puros,

del beso apasionado, de la pasión sin límites,

de las necesidades de crear vidas nuevas

que nos hacen totales, que alivian nuestras penas,

que llenan de esperanza y sentido al futuro.

Las fuentes de tus ojos se llenan de esmeraldas,

cuando miras al mundo desde las tempestades

 

que las tristezas crean, llenas de nubes negras,

de amenazantes rayos, de truenos estruendosos,

de granizos malditos, que arrasan las vivencias,

que matan ilusiones, esperanzas, anhelos,

que ennegrecen los cielos azules del verano

destiñendo los campos, amenazando altivos,

las cosechas sembradas de trigos, ahora verdes.

 

Las preguntas planean como buitres malditos,

hiriendo tus aristas, que sin querer te hieren;

las dudas te atormentan, decidiendo si quieres

ser la niña maldita de azufre con vinagre,

presa de los recuerdos, de las indecisiones,

o la gaviota libre que recorre distancias

mirando las miserias desde los cielos claros,

abarcando esperanzas, creando sangres nuevas,

que alienten logros nuevos, ilusiones, caminos

de luz sobre aguas claras, mansas, que sobre playas

llenas de arenas limpias, empapan nuevas ansias.

 

Renacerás altiva, llena de transparencias,

susurrando olas nuevas, como susurra el agua.

Tu nombre está en los pétalos de la rosa encantada

que crece en las paredes de las grutas del alma.

Cuando de nuevo el viento sacuda su esperanza

formará lechos nuevos, perfumará la estancia

del corazón que late, tu tierra será suya.

Cuando la soledad pretenda que tu cambies

dile a la soledad que ya estás preparada.

 

Manuel 

Copyraig

 

 

 

 

LOS MÚSICOS DE BREMEN

 

DO, RE, MI, O LOS MUSICOS DE BREMEN!

En recuerdo de A.R.M.

Rosa blanca

Cada día, cuando sale de la oficina, si es verano, se pone el bañador, coge una bolsa con una toalla, un pequeño transistor con auriculares y un libro y se va a la playa a leer, dormitar un rato, escuchar música y tomar el sol durante mas o menos una hora. Después, toma una refrescante ducha se viste y se va hacia la boca de metro, deseando llegar a casa y trabajar un rato al ordenador o cocinar o simplemente asomarse al balcón y ver pasar a la gente. Si es invierno y el frío arrecia, se marcha para casa directamente, y le apetece entrar en el subterráneo para sentir el aire calentito que corre por los pasillos.

Existe en esa estación un túnel largo, bien iluminado y suficientemente ancho para que pasen los que salen y los que entran pudiendo ir en grupos de dos o tres, y además aún hay espacio para que en un lateral se coloque un músico que alegra con sus notas el caminar de los transeúntes, sea verano o invierno. Algunas veces, es una mujer que ya peina canas en un tirante moño atado en la nuca y que absorta en la música golpea suavemente con sus dedos un teclado eléctrico, que hace las veces de piano, arrancándole melodías de música clásica, mazurcas de Chopin y otras piezas; todo lo toca de memoria, sin ninguna partitura, como si la música fuera ella misma, cierra sus ojos y juguetea con las teclas blancas y negras. Otras, es un hombre coreano, tal vez chino… oriental seguro, que con su instrumento raro de cuerda, araña notas que invitan a la meditación, y recuerdan el sonido del agua que corre por un riachuelo y el lejano Tíbet; el hombre, vestido con su quimono de seda de brillantes colores y sus pequeñas alpargatas negras de lona, su larga trenza que otrora fue negra como el ébano, y hoy ya es de un blanco grisáceo, como la nieve sucia, tiene a sus pies una bandeja para quien quiera o pueda le eche algunas monedas, y cuando alguna persona hace ese gesto, se inclina graciosamente hacia adelante, gira su cabeza y esboza una agradable sonrisa mostrando unos dientes blancos y alrededor de su boca se forman millones de pequeñas arruguitas. Otros días, es un joven con una guitarra el que toca piezas conocidas que alegran las mañanas de los que con pasos presurosos salen disparados hacia sus lugares de trabajo o a la universidad cercana. Casi todo el mundo baja el volumen de sus conversaciones, que se convierten en murmullos y en susurros para oír a estos músicos de Bremen que tocan sus instrumentos para deleitar a los pasajeros del metro que se apean en esa estación. Volver a vivir en la ciudad y disfrutar de pequeñas cosas como estas hace que se sienta feliz de estar bien de nuevo.

Hoy, cuando como todos los días caminaba por el mismo pasillo de siempre, – lo conocía muy bien porque había nacido en el barrio-, las notas de un violín que desgranaba la sinfonía de La Primavera de Verdi, le hizo sentir algo especial. Una ilusión de mariposas de colores recorrió su alma y su mente viajó hacia la ilusión. Tras un invierno cargado de nubarrones negros, los primeros rayos de sol comenzaban a teñir de color su nueva vida. Un arco iris maravillosos comenzaba a perfilarse entre los cortinajes de niebla de su cerebro y, por primera vez en mucho tiempo se sintió de nuevo viva, rebrotada de ella misma, enraizada con fuerza en aquella tierra abonada con las palabras de cariño de un amigo, con ilusiones nuevas, con savia nueva que comenzaba a hacer florecer brotes reventones, cargados de promesas de hermosas rosas blancas, que ella sabía que acabarían inundando su espíritu, todavía debilitado por la ingravidez del pensamiento nuevo, sin ser pensamiento del todo, sin creerse pensamiento todavía, pero con las primeras trazas de serlo.
Y durante un rato flotó sobre la sinfonía de la primavera, con la ilusión renovada. ¿Y si, resultaba ser que su amigo tenía razón y ella, que siempre se había creído algo de poco valor, una especie de fracaso de muchas cosas, de decepción para muchas gentes, de ser angustiado que buscaba realidades que no era capaz de encontrar…? ¿Y si su amigo tenía razón y era otro ser que no había pensado? ¿Y si una nueva primavera transformara la crisálida miedosa en una preciosa mariposa de colores relucientes, libre, libando amaneceres con sus alas multicolores, sin temores, segura de su vuelo, con movimientos rítmicos, hermosos, seguros…? ¿Y si su amigo tenía razón y un nuevo amanecer traía nuevas ilusiones, nuevos logros, nuevas esperanzas? ¿Y si todo aquello que un día soñó se hacía realidad? ¿Y si su amigo era en realidad una especie de mago que era capaz de adivinar el futuro…?
De repente ese hermoso sueño se interrumpió bruscamente, las cuerdas el violín del músico callejero enmudecieron y el pasillo del metro perdió la magia y se vio empujada por la vorágine de la gente que, con las prisas de siempre, no era capaz de sentir más que lo cotidiano, el raspar de los zapatos sobre el suelo, casi siempre poco limpio, el silbido de los metros que llegaban a la estación resoplando, parían sus cargas de pasajeros y con un chillido estridente arrancaban de nuevo con un ruido sordo, paranoico, eterno, buscando la próxima estación de destino. ¡Que poco cuesta creerse las mentiras de los demás!, pensó. Esta es mi realidad de cada día y está será mi realidad de cada día, de todos mis días de todos mis años…Ese, que se llama mi amigo, apenas es alguien a quien no conozco, un pobre hombre lleno de otros problemas, quizás tiene tantos o más que yo, un embaucador que vete tú a saber qué es lo que busca o uno de tantos soñadores que creen que están en este mundo para redimir almas apenadas… Soy lo que soy, una fracasada de mediana edad, con pocas perspectivas de cambio, con mucha soledad y miedo, con poco sueldo, con demasiados problemas propios y con algunos añadidos, que no se por qué llegaron ni se en que acabarán…
Pasó por delante del músico, otro perdedor, seguramente otro con ilusiones rotas por los desengaños, la desesperación, vete tú a saber si las drogas, al que no le quedaba más que un frio rincón del metro para desahogarse como sabía, haciendo vibrar las cuerdas gastadas de un viejo violín que, algunos años antes, había sido una maravilla, un lujo al alcance de pocos. Y de repente, el viejo músico levanto los ojos, unos preciosos ojos de color miel, la miró fijamente, con una intensidad que nuca había visto en nadie y le susurró lentamente, con un cariño infinito una frase: “La desesperanza es un lujo que ni los hombres más poderosos de la tierra pueden permitirse, si quieren seguir vivos. La esperanza en el futuro mueve el mundo y hace que unas viejas notas, escritas en la soledad de una habitación por un músico ilusionado, llene tu alma de hermosas mariposas de colores que liban amaneceres con sus alas de seda, señalándote el nuevo sol naciente. Sigue esa senda, no mires atrás, la oscuridad ya ha pasado, vuela sin miedo hacía un mundo nuevo de libertad y de amor” …
“Parecía que el tiempo se había detenido, solo había sido cuestión de algunos segundos, un minuto o dos a lo sumo, pero…. realmente el músico había dejado de tocar y le había susurrado esas palabras? Probablemente, como en otras ocasiones su mente y su imaginación desbordada le estaban jugando una mala pasada, aunque….. esas palabras que había creído oír, no tenían ningún viso de ser una tontería, las guardaría en su disco duro para irlas analizando poco a poco, a lo largo de aquellas tardes calurosas de verano. Salió pues del metro y una brisa que llegaba desde el mar cercano hizo que volara su cabellera color castaño. Se apresuró a cruzar la calle pues la luz del semáforo estaba ya cambiando y ya con un paso más sosegado llegó hasta su casa tarareando la musiquilla del violinista del metro”

El músico, sin embargo era real, sus palabras eran de hombre sabio, sus intenciones honestas y su cariño por la humanidad verdadero. Entendió, no obstante que aquella persona que un día se detuvo a oír sus melodías, porque les comunicaban algo, quisiera darse un respiro, analizar tranquilamente todo aquello que su cerebro se negaba a entender, que no le seguía cuadrando a pesar de haberse esforzado en explicaciones sencillas y decidió cambiar de sitio. En Barcelona había muchos rincones, muchos metros, muchas gentes deseosas de oír sus melodías…Quizás en septiembre la mujer volviera a necesitar sus consejos, quizás no. La vida siempre es un riesgo… Guardó su violín con mucho cuidado en aquella funda de cuero suave, que le había acompañado siempre, dio media vuelta y, sin mirar atrás, siguió caminando hacia otros amaneceres, hacia otros retos, hacia otros mundos.  Quizás en septiembre, pensó de nuevo…

Copyraig.

Derechos de autor

 

Pero no eres piedra

 

Pero no eres piedra

Pero no eres piedra
en la que resbala, sin dejar señales,
insensible, el agua.

Pero no eres rio
que arrastra nostalgias, sin dejar señales,
en sus aguas claras.

Pero no eres noche
que oculta su cara en sombras miedosas,
fantasmas, calladas.

Eres otra cosa:

Eres luna clara, que cambia la imagen
gris, de su alma blanca,
alumbrando sombras,

llantos, esperanzas, miedos, ilusiones,
ternuras, palabras
que solo tu entiendes.

Eres alma hermosa, de miedosas ansias,
de entrega completa,
a los que te aman.

De luces y sombras, qué, en tus madrugadas,
apagas estrellas
y enciendes distancias.

Pero nunca piedra miedosa y callada…
Si acaso eres ninfa
jugando en las aguas.

Manuel.

Copyraig.

 

NIEBLA

 

 

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A mi amiga Carmen Ayuso

Navidad, 2015

Niebla

 

Cada año por Navidad se deprimía. Los recuerdos dolorosos aleteaban a su alrededor y se colaban en su alma con una nitidez de acto vivido y, por más que intentaba alejarlos, no podía. Una y otra vez explotaban en su cabeza hasta volverla loca. Deseaba que el tiempo volviera para atrás, solo unos minutos atrás antes del fatal accidente, para poder retornar a la vida lo que ya no la tenía, al menos en la dimensión en la que las personas estamos, porque en su alma siempre estaba encendida la esperanza de qué, en otra dimensión, algún día, tarde o temprano, se volverían a encontrar. Y era eso lo que la mantenía viva.

Poco a poco aquellos inmensos ojos claros, fuentes ahora de lágrimas diarias, se habían ido oscureciendo con los colores de la pena y habían ido perdiendo aquellas chispitas de luz que un día enloquecieran a tantos hombres hasta el punto de hipnotizarlos y hacerlos perderse en ellos sin remedio. Unas tenues arruguillas acusadoras, comenzaron a pintarse en las esquinas de los párpados y en las comisuras de sus labios, pero aún le daban una cierta sensualidad de juventud no muy lejana, de madurez interesante, cosa que ya no buscaba más que en algunas ocasiones especiales. Porque era mujer y le gustaba sentirse guapa. “Todavía estoy de buen ver- solía decirse en voz alta- y a algunos se les cae la baba cuando me miran”. Y se asomaba coqueta al espejo, se masajeaba la cara, recorría su cuerpo de manera sensual con sus manos, hundiéndolas en sus curvas remarcadas para acabar explotando en una risotada, o revolcándose por la alfombra, o haciendo carotas al espejo o sacándole la lengua una y otra vez. Eso la hacía sentirse bien.

Cuando la pena la invadía escapaba de casa y se marchaba pasear por el campo y la ciudad, como le había aconsejado mucha gente, pero sobre todo un amigo desconocido al que se había agarrado con una cierta desconfianza al principio, con escepticismo después y con cariño fraternal, del bueno, al final. Y sabiendo que siempre le hablaba con el alma, recurría a él en algunas ocasiones para que le aliviara un poco las penas.La chimenea encendida

 

Aquella tarde había niebla y estaba en casa tumbada en el sofá, al abrigo del fuego que la mantenía agradablemente relajada. Miraba la televisión, pero a aquella hora no había nada que le interesara, así es que se puso el anorak y las botas, un gorro de lana en la cabeza y enfiló campo a través, sin rumbo fijo. La niebla le mojaba la cara con sus minúsculas gotitas y le hacía sentir una sensación de frescor muy agradable. A lo lejos, unas encinas enseñaban, mimetizadas entre el blancor de las nubes bajas, sus ramajes invernales, movidos levemente por un vientecillo desagradable que acrecentaba la sensación de frio, haciéndolas aparecer como figuras fantasmagóricas o mágicas. Un sol medio muerto comenzaba a caer hacia el poniente, como un punto de luz opaco, difuminado entre la niebla baja, negando la luz a la Tierra. Las botas hacían un ruidito acompasado sobre la gravilla y, a lo lejos, se oían los balidos de un rebaño que volvía a las corralizas y el chillido quejoso de una grajuela, que seguramente tenía frío.

Caminaba por el sendero que rodeaba el monte, escuchando, un tanto miedosa, los ruidos del atardecer de invierno.

cropped-cropped-cropped-invierno-en-las-alamedas.jpgDe repente, al lado del río que discurría alegremente desde el monte al valle, vio, difuminada entre la niebla, una niña pequeña que jugaba con el agua intentando sacarla de la regatera con su cubo azul. Parecía no darse cuenta de su presencia, pues continuaba susurrando alegremente una canción que le resultaba conocida, aunque no se acordaba del por qué, al tiempo que seguía sacando el agua y riendo como solo saben reírse los niños.

La niebla distorsionaba la figura, toda blanca, de la niña, que seguía riendo y cantando como si la presencia de una persona no le importara lo más mínimo… Y aquella canción…aquella canción… era…era… la canción que cantaba su hija siempre, cuando iba al colegio, cuando jugaba en casa, cuando…

Se acercó sigilosamente, con el alma saltándole como enloquecida en el pecho, la respiración agitada, la ansiedad disparada y, de repente, la niña giró la cara sonriente, la miro intensamente a los ojos, se levantó y se fundió en un abrazo que la traspasó de parte a parte, al tiempo que le acariciaba la cara y la llenaba de besos.

–  Hola mamá, le susurró. Pensaba que ya no vendrías… por la niebla, y eso. Estaba a punto de irme a casa yo sola. Me ha gustado mucho el árbol que hemos puesto, con esas luces de colores tan bonitas. La estrella nueva me encanta, quería decírtelo. Y gracias por dejármela poner a mi…Lo que no entiendo es por qué estás siempre tan triste y por qué lloras por Navidad cada año.

Melba (2)El abrazo le pareció eterno, interminable. No sabía cómo, pero de repente su alma se había inundado de alegría, de gozo, de una dicha imposible de describir con palabras… La miraba arrobada, incrédula. Los labios le temblaban y las palabras se le quedaban atascadas en la garganta y se negaban a salir. El corazón le latía como un potro loco y no era capaz de desprenderse de ese abrazo, que quería fuera eterno. Reaccionó cuando la oyó decir:

–  Mami, me estás haciendo daño. Suéltame un poco, que me vas a asfixiar.

–  Pero…- susurró-, pero ¿qué estás haciendo aquí?, le preguntó con un enorme temblor en los    labios.

–  Me aburría en casa y había salido a pasear contigo. Pero cuando vi el agua me adelanté un        poco con el cubo para jugar hasta que llegaras… ¿no te habrás enfadado?

– No, mi niña, ¿cómo me voy a enfadar? Y la abrazó de nuevo. ¡Madre mía, mi niña…mi niña querida, mi ángel, mi pequeña del alma, mi vida!

La niña la miraba ensimismada, sonriente, contenta. La cogió de la mano cariñosamente y mirándola a los ojos directamente le susurró…” Vámonos a casa, que empieza a hacer frío”.

Unos densos lagrimones inundaron su cara, pero esta vez de alegría. La había encontrado donde menos la esperaba y ahora ya no se le iría nunca. Y sin darse cuenta le apretaba la mano con todas sus fuerzas, como queriéndola amarrar para siempre…

  • ¡Ay…!, gritó la niña. ¡Me estás haciendo daño, “pulga”! ¡No me aprietes tan fuerte!
  • Perdona, cariño. Es la emoción de haberte encontrado de nuevo.
  • ¿De haberme encontrado de nuevo?, dijo la niña extrañada… Yo siempre he estado contigo. Pero si me llevas a todas partes. Menos mal que cuando hablas con los mayores y cuando juegas con Samu, puedo escaparme un rato. Si no…siempre me tienes a tu lado. Me parece que estoy siempre castigada… Igual me pasa con “la tata”, que desde que es mamá, me hace menos caso que antes. Pero yo lo entiendo: el bebé es tan bonito que algunas veces me quedo mirándolo cuando duerme y me meto en sus sueños a jugar con él.
  • ¿Pero cómo sabes que tenemos un bebé?
  • Uy, mamá, hija. A veces pareces tonta. ¡¡¡Que vivo con vosotros!!! ¿Es qué no te enteras cuando te hablo?
  • Pero no puedes vivir con nosotros. Tuviste un accidente y…te fuiste al cielo- y el llanto salió espontáneo, desesperado, triste…Topas desde el cielo.
  • ¡¡¡Ves como no te enteras!!!, dijo la niña cariñosamente. Mamá, ahora yo vivo con vosotros de otra manera, en espíritu, en vuestra alma. Y me comunico con vosotros a través de vuestro pensamiento. Pero cada vez que me piensas o me recuerdas, yo vengo y hablo contigo. Recordamos tiempos pasados, alegrías, penas…todo lo que tú piensas yo lo vivo, incluso tus malos genios, tus desesperaciones, tus lágrimas… Tus lágrimas, tus desesperaciones, tu pena…eso no lo entiendo. Si me tienes en tu cabeza y en tu alma ¿Por qué piensas que me he ido? Siempre voy a estar contigo, nunca me iré. No me gusta que estés triste. Víveme con alegría, no con tristeza. Yo quiero verte riendo, como tu reías siempre, cómo ríes ahora algunas veces. No quiero verte triste, ni enfadada, ni de mal humor…Yo quiero a mi mami valiente, no a mi mami asustada… Algún día, cuando tu viva en la dimensión que yo vivo, volveremos a ser como antes. ¿Y sabes qué, mama?, nos comunicaremos como ahora, con el pensamiento y no tendremos secretos, aquí los secretos y los malos rollos no existen, todo son buenos rollos. ¡Venga, mamá, que tú eres alegre, deja de llorar y ríe…!!!

Llegaron a casa, se tumbaron abrazadas en el mismo sofá, al lado del mismo fuego…

Sonó el timbre de la puerta. Se despertó sobresaltada y, todavía medio amodorrada por el sueño salió a abrir. Oyó los gorgoritos de Samuel y medio aturdida todavía abrió la puerta.

Se encontró con la carita de su nieto que le sonreía y le alargaba los bracitos desde la sillita de niño, y con la cara de su hija, un tanto triste, un tanto seria.

  • ¡¡¡Vamos, hija…ya era hora! Llevo llamando ni sé cuánto rato. ¿Dónde estabas?
  • ¡En el cielo, susurró, estaba en el cielo!

Abrazó al nieto y lo beso apasionadamente: “¡ Pobrecito mi niño, viene heladito. Ven con la yaya, cariño, guapo…!”. Y le llenó la cara de besos.