EL AVECILLA HERIDA

 

 

EL AVE HERIDA  (Fin de una historia)

 

 

 

Era el principio de la primavera, cuando la naturaleza comienza a desplegar sus mejores galas, el sol baila alegre en lo alto del cielo y las aves, que emigraron intentando escapar del frío invernal, vuelven a sus antiguos nidos, buscando, pienso yo, la calidez del blando plumón que les mimó en su más tierna infancia y que quedó, no se sabe como, enganchada en un rinconcillo cualquiera de su incipiente cerebro.

 

Un día cualquiera, lo digo así porque no me acuerdo del día exacto, tropecé, sin pretenderlo, con una avecilla herida que pedía, con sus piares lastimeros, una mano amiga que le ayudara a curar las costras abiertas, que un maltratador, de esos que hay a miles entre el género humano, le había infringido sin ninguna piedad, dejándola tan dolorida, tan mermada, que apenas si se atrevía a asomar su cabecilla fuera de la seguridad de su nido, que tampoco era el suyo. Sus lamentos se extendían por los cuatro costados, intentando llamar la atención de todos sus amigos, mostrando su desesperación a cualquier persona que quisiera ayudarle. Pero los hombres, acomodados en sus trabajos y sus rutinas, no tenían tiempo de pararse un momento, de hacer un alto en sus banales vidas, para atender la súplica desesperada del pobre ser. Así su angustia y su desesperación fue creciendo día a día, hasta el punto de pensar que quizá la muerte podría ser una solución que la liberara de tanto sufrimiento.

 

Yo, para mi desgracia a veces, soy un comprometido defensor de la vida y un convencido defensor de la ayuda a los demás. Así es que no tuve ni un sólo momento de duda. Mi prioridad, desde ese momento, sería ayudar a que el ser herido volviera a ser feliz algún día, aparcando proyectos, horas de descanso, tertulias familiares…y compromisos de ayuda anteriores. Me metí en el alma del avecilla y nos entendimos desde el primer momento. Ella necesitaba consuelo, horas de escucha, alguien que le dijera que no estaba sola, que había muchas personas dispuestas a ayudarle a curar sus heridas, que no todo el mundo era malo, que había gente que la quería, que le suavizaría sus heridas, que entendería su pena y se engancharía a ella para compartirla, al tiempo que, poco a poco, con suavidad, sin prisas, dedicando tiempo, paciencia y sabiduría le ayudaría a levantare del nido del miedo, para instalarla en el nido de la alegría de volver a vivir. Fueron horas interminables, angustias interminables, llantos lastimeros y súplicas desesperadas, compartidas minuto a minuto, segundo a segundo. El dolor de las heridas, poco a poco, fue mitigándose. De vez en cuando, el cerebro del ave volvía a revivir el tiempo de los maltratos y la desesperación de no entender por qué se habían producido, y el dolor y la desesperación reverdecían como las hojas primaverales. Pero cada reverdecer del dolor, iba creando una rama nueva a la que agarrarse con fuerza para hacer que una herida medio cicatrizada, acabara de cerrase. Al final de la primavera, el ave herida se había curado de muchos golpes y empezó a cantar y sus trinos eran alegres y armoniosos. Su bello plumaje brillaba al sol del principio del verano con todo su esplendor. Había conocido a un jilguero, experto en canto, y una nueva ilusión hizo que sus ganas de vivir fueran en aumento y sus ganas de querer, hicieran renacer de nuevo su esperanza en un futuro lleno de felicidad.

 

Pero la bestia maltratadora volvía y volvía a intentar martirizar a su víctima, porque no podía sufrir la idea de que algún día el ave pudiera ser feliz como lo había sido antes, incluso quizá más feliz. Y cada vez que eso pasaba, cada vez que el malvado maltratador aparecía con la intención de hacer daño, el avecilla, todavía herida, dejaba de cantar, sus cantos armoniosos se volvían retorcidas vibraciones discordes y escondiendo la cabeza entre su hermoso plumaje, bañaba con llanto amargo el suave plumón de su cuerpecillo, sacudido ahora por las contracciones de la amargura. Cuando esto pasaba yo, que había cuidado con mimo aquella avecilla, me sentía el hombre más infeliz de la tierra, porque de alguna manera sabía que ella no entendía por qué mi protección, que un día le había ayudado tanto, ahora no surtía el efecto de alivio de entonces.

 

Y un día, de repente, de una manera fortuita, estúpida, desesperanzadora, me di cuenta de que en realidad, probablemente mimetizado entre los cantos lastimeros de la avecilla, había un mensaje que no había sabido captar. Fue al acercarme a su jaula de cristal que el avecilla giró su cabeza e hizo un gesto de disgusto al verme.”Está cansada, pensé, pues no podía concebir que el gesto hubiera sido de desprecio. Seguramente los ratos tan amargos que está pasando, hace que mi compañía no le resulte grata en este momento”. Y justo entonces, como si el ave se hubiera sentido avergonzada de su comportamiento, balbuceó una melodía torpe, como de disculpa por el mal gesto realizado, que interpretado en el idioma de los humanos venía a decir algo así como: ” no me había fijado en tu presencia, los reflejos del cristal no me dejaron ver tu cara, pero no me molesta tu compañía, no lo interpretes de esa manera…Es más, necesito desesperadamente tu compañía”. Evidentemente yo sabía que no era verdad, que mi presencia empezaba a incomodarla, que aguantaba mi compañía porque un posible resquicio de su mente le dictaba que no estaba bien ser tan desagradecida con quien tanto se había preocupado por ella. Me tragué la pena, intenté componer el gesto y le susurré algunas frases entre cariñosas y alentadoras, haciéndole ver que no me había dado cuenta; pero supe que nuestra relación se estaba acabando…, que ya no era grata mi presencia por más que ella se esforzara en crear algún canto alegre, que sonaba a miserere, y que empezaba a serle molesto.

 

Hoy, por fin, he descubierto que tenía razón. De nuevo el avecilla, al verme cerca de su jaula, ha dejado de cantar, se ha alejado de la jaula en la que siempre ha tenido la puerta abierta y ha volado a no sé qué lugares, lejos de mí. Si pudiera hablar cara a cara con mi querida avecilla le diría que no es necesario que haga esas cosas; que duele menos decir las verdades a la cara, que tener que ocultar los sentimientos que ya, probablemente no existen o son tan mínimos, que es peor que si no existieran. Que está lista para volar por ella misma, que seguramente es lo que otras aves amigas le han dicho, y que no es necesario que escape de la mano amiga, que la acarició en los malos momentos, que suavizó sus heridas y que le dio cariño. Que no es necesario que cante sin ganas, o que interrumpa sus cantos cada vez que note mi presencia, porque nunca más volveré a acercarme a su jaula, es más, he abierto de par en par las puertas de esta jaula para que se vaya lejos, para que haga su vida, que es suya, sin tener que huir de mí, sin tener que dar explicaciones de su conducta y que no se preocupe del mago, porque otras aves necesitan su ayuda y a ellas se dedicará a partir de ahora… y aunque me he arrancado un trozo considerable de mi alma y no sé por qué están pasando las cosas… ya nunca más me acercaré a tu jaula. Eres libre de volar como quieras, pero vuela alto, muy alto, siempre en la dirección de los cielos azules y claros y siéntete libre, porque la libertad es una potestad del alma humana y debe usarse sin mesura, pero con sentido común. Y ojala la vida te dé todo aquello que te mereces. Yo seré feliz si ese día, aunque sea en la distancia, oigo tus alegres trinos que anuncian que eres dichosa. Te lo deseo de todo corazón.

Fin de la historiaImagen

 

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