EL GALLO DE LOS ESPOLONES DE ORO

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EL GALLO DE LOS ESPOLONES DE ORO

MANUEL PABLOS ESTEBAN

Aquella mañana el corral estaba revuelto. La noticia corrió como un

reguero de pólvora por todo el gallinero: el gallo negro había muerto.

Durante muchos años el gallo negro había sido el terror de todos los

habitantes del gallinero. Y eso que cuando apareció en el corral, apenas

si los demás le habían hecho el menor caso. Era un gallo esmirriado, con

un plumaje negro sucio, feísimo, una cresta de gallo enfermo, medio

caída de lado, los espolones invisibles y sucios y una vocecilla atiplada,

indigna de un gallo y además mal afinada. En fin, que más que un gallo

era un pavigallo.

– ¡Vaya un gallo mas birria!, dijo la gallina roja a sus amigas. ¿De donde

lo habrán sacado?

– Ni siquiera tiene espolones- dijo la pollita roja, hija de la gallina roja,

que estaba en edad de merecer-; ¿quién puede fijarse en un gallo sin

espolones?

– Además, parece tuberculoso, ¿no veis que cresta más fea tiene?, dijo

el gallo de plumas largas.

-¡ Ca…ca…ca…ca…ca!, cacarearon todas las gallinas al mismo tiempo,

de forma burlona. ¡Ha llegado el rey del gallinero, cuidado gallitos, que

os dejará sin pareja!¡No lo hagáis enfadar que os clavará los espolones!

El gallo negro no decía nada. Seguía escarbando en el

basurero, un poco avergonzado y apenas osaba acercarse al grupo de

gallo jóvenes que se pasaban el día estirando las alas y cantando a

pleno pulmón, ¡quiquiriiiiiiiiqui, quiquiriiiiiiiiqui!

Ocurrió, sin embargo, que un día hubo una gran pelea

en el corral, debida, al parecer a que el gallo de las plumas largas osó

proponer acciones no muy buenas a la pollita roja. Naturalmente la

gallina roja, su madre, puso el cacareo en el cielo y, ni corta ni perezosa

fue a pedir explicaciones a la gallina pedraja, madre del gallo de las

plumas largas.

– ¡Parece mentira, dijo la gallina roja a la pedraja, que tu hijo, al que

todos considerábamos un gallo como Dios manda, haya sido capaz de

cometer semejante villanía, con la inocente pollita roja, mi hija, una

joven educada y encantadora, tan inocente y recatada tan…!

– ¡¡Calienta gallos!!!- cortó la gallina pedraja-, que todo se sabe en el

gallinero. ¡Y no alabes tanto a tu hija, porque todos los gallos comentan

que es una descocada, que se pasa el día aireando las plumas y

cacareando en medio de los gallos, y otras cosas que me callo…!

La gallina roja estiró la cresta hasta el infinito al oír

aquella respuesta, afiló el pico, dobló las garras de sus cuidadísimos

dedos y se lanzó como una fiera sobre la pedraja que la esperaba con

las alas abiertas y en actitud amenazante y se enzarzaron en la pelea

más salvaje que se había producido nunca en aquel corral. La que se

armó en el gallinero fue sonada. Los partidarios de unos y de otros se

enzarzaron en una lucha sin cuartel y los picotazos en el cuello, los

desgarrones en la piel producidos por las afiladas uñas de las gallinas y

las cuchilladas de los espolones de los gallos fueron tantos y de tal

magnitud que no hubo congénere que no saliera bien señalado de la

reyerta. Solamente el gallo negro siguió escarbando como siempre en el

basurero ajeno a todo, como si con él un fuera la pelea.

Cuando las heridas hubieron cicatrizado, los

habitantes del corral ya no eran los mismos. habían formado dos

bandos y raro era el día en el que no se liaba alguna algarada entre los

unos y los otros con motivo de cualquier “quítame allá esas plumas”:

una lombriz que todos habían visto al mismo tiempo, tres o cuatro

granos de trigo que un bando había descubierto primero, una brizna de

paja…

El gallo tuerto, que era el más viejo del gallinero y que

tenía un humor de mil demonios, viendo que los conflictos no se

arreglaban, se levanto una mañana al salir el sol, estiró

desmesuradamente el cuello, hinchó los pulmones de aire y lanzó al aire

un quiquiriquí tan estridente que hizo temblar las paredes del gallinero.

Los gallos y las gallinas, medio adormilados todavía, soltaron un

cacareo de sorpresa al tiempo que saltaban inconscientemente de los

palitroques que formaban el gallinero, presos del pánico, intentando

escapar por donde fuera de no sabían que peligro. Pero el gallo tuerto,

poniéndose en medio de la salida en actitud amenazadora, emitió un

galleo sordo que hizo retroceder a todos los demás y, aclarándose la

garganta con un rápido movimiento del gorguero galleó:

 ¡Ha sido el gallo tuerto!¡Esto un puede seguir así. Este corral se está

convirtiendo en un infierno! No se oyen sino

gallofas entre unos y otros, en vez de hablar

claramente de vuestras diferencias. Las gallinas

están nerviosas y la producción de huevos baja sin

cesar. El amo amenazaba el otro día en

convertirnos a todos caldo de pollo, si esto

continuaba así. Hay que hacer algo y pronto, si no

queremos acabar todos en la cazuela

inmediatamente. De lo contrario, os juro por el gallo de la gran cresta

roja, que soy capaz de cogeros uno a uno y convertiros en carne

envasada. Y ya sabéis que yo no amenazo nunca en balde! Y lanzando

un sonoro galleo, como si se hubiera sacado de lo más profundo de su

garganta un grano de trigo que llevara atravesado desde hace mucho

tiempo, dio media vuelta y salió del gallinero.

El silencio que provocaron sus palabras fue total. Nadie

osaba lanzar ni el más mínimo cacareo. Sólo el gallo gago, algo

nerviosos, emitió una especie de cacareo raro, interminable:¡Ca…qui…ca…ri…quí!. Pero la perorata del tuerto surtió el efecto

buscado y esa misma mañana el consejo de los gallos se reunió en

medio del corral y decidió que las partes debían parlamentar para tratar

de solucionar el problema. El gallo de la Cochinchina, que tenía

enamoradas a todas las pollitas con su traje de húsar, tomó la palabra y

dijo:” Hemos oído esta mañana las palabras del tuerto; yo creo que tiene

razón, esto debe acabarse, por lo tanto hemos de buscar una solución.

– La solución es muy sencilla, dijo jactancioso, un gallo de combate,

primo hermano de la pollita roja. El gallo de las plumas largas debe pedir

perdón públicamente a la pollita roja.

-¡De eso nada -dijo el gallo pintado-, nunca se vio en el gallinero

semejante humillación. La pollita roja es una corre lindes, todos

lo sabemos…!

– ¿Ya empezamos con cacareos a destiempo?, dijo de nuevo el gallo

tuerto enfadadísimo.

– ¡Yo tengo una proposición que hacer…, si es que se me permite

hablar!, dijo garganteando el gallo negro.

– ¡Tú lárgate a escarbar el cebollino, piojoso!, dijo el gallo de pelea.

¿Quien ha pedido tu opinión?

– ¡Yo, la he pedido, ¿acaso no estás de acuerdo, araña torpes?, dijo

enseñando peligrosamente sus garras el gallo tuerto… ¡Habla, negro, te

escuchamos!

El gallo de pelea iba a decir algo, pero se lo pensó mejor, agachó la

cabeza hasta el suelo y no dijo nada.

– A mi me parece que la solución es muy sencilla. El gallo de las plumas

largas debe casarse con la pollita roja. Así serán de la misma familia y la

ofensa quedará borrada.

-¡Muy buena idea!, dijo el tuerto. ¿Alguien tiene otra mejor?¿Todos

estamos de acuerdo?…

Los gallos alzaron y bajaron tres veces la cabeza en señal de aprobación

y ninguno abrió el pico.

-¡Admitida por unanimidad!, sentenció el tuerto. Y otra cosa: desde hoy

el gallo negro, que ha demostrado ser más inteligente que ninguno de

todos vosotros, formará parte del gallinero y será mi protegido. ¡Ay de

aquel que sea capaz de murmurar sobre él!

Y así fue como el gallo negro entró a formar parte del gallinero, con

pleno derecho. El gallo de las plumas largas se casó con la pollita roja.

La gallina roja y la gallina pedraja se hicieron comadres inseparables y

se pasaban el día cacareando sobre lo guapos que eran sus nietos. El

gallo negro, protegido ahora por el tuerto y guiado por su inteligencia,

que era muy superior a la de los demás, fue haciéndose poco a poco el

dueño del corral. Y así fue como un buen día decretó que cada miembro

del grupo debería pagar un impuesto en grano, por lo que cada uno

recogiera escarbando en el corral, que se guardaría en lugar seguro, por

si en invierno hubiera escasez de comida. Y otro día el decreto fue que

nadie podría escarbar en otra parte del corral que la que él y el tuerto le

asignaran. Y otro día…

Al mismo tiempo fue creándose una guardia personal,

formada por ,los gallos más jóvenes, que escuchaban embobados sus

cacareos y falacias y que, dirigidos por el gallo tuerto, al que tenía

fascinado, hubieran sido capaces de dar su vida por la de su amo y

señor, que es en lo que se había convertido el gallo negro. Poco a poco,

lo que al principio fuera una pacífica convivencia, se convirtió en una

tiranía insoportable, hasta que un día…

Estaba amaneciendo y el sol de mayo comenzaba a

desenredar sus hermosos cabellos rubios, cuando los habitantes del

corral comenzaron a estirar sus entumecidos miembros saludando al

astro rey con sus cánticos. Uno a uno fueron abandonando el cobertizo

y, tras ellos, contoneándose exageradamente, los gallos jóvenes, de

plumaje blanco como la leche, formaron un pasillo colocándose a ambos

lados de la puerta del gallinero, por el que el gallo negro pasó erguido y

estirando tanto el cuello que parecía que lo tuviera almidonado. En ese

momento todos los jóvenes al unísono, soltaron al aire un quiquiriquí

fortísimo, que fue contestado con un quiquiriquí ridículo del gallo

negro. Y no había caminado dos pasos por el corral, cuando sus

espolones refulgieron al sol de la mañana como ascuas de fuego.

– ¡Santo Dios, dijo la pollita roja, tiene los espolones de oro!

-¡¡¡Tiene los espolones de oro!!! cacarearon a un tiempo todas las

gallinas.

-Pero… ¡si no tenía espolones!, dijo la gallina roja.

– ¿De dónde los habrá sacado?, se oyó cacarear a todos los habitantes

del corral.

Y como si de pronto se le hubieran abierto las puertas

de la razón, un ramalazo de incredulidad cruzó por la mente de todos

los habitantes del gallinero: “¡El trigo que teníamos recogido! Ha

vendido el trigo que habíamos recogido. Nos moriremos de hambre este

invierno!”

– Esto no puede seguir así, dijo el gallo pintado, hay que pedir cuentas a

ese rufián. Y lo haremos ahora.

– Yolo haré, dijo el gallo de pelea al tiempo que soltaba al aire un

sonoro quiquiriquí.

Y enfrentándose al gallo negro, que rodeado de su guardia personal se

entretenía en dar brillo con su pico a sus espolones de oro, le dijo:

– Dime, gallo negro, ¿de dónde has sacado esos espolones de oro?

– Y a ti que te importa, botarate, le respondió el gallo negro.

– ¡Maldito seas ladrón, le dijo con rabia el gallo de pelea. Has vendido

nuestro trigo. Nos moriremos de hambre este invierno, canalla!

-¡Cállate baboso!, chilló el tuerto saliendo del gallinero. ¿Quién eres tú

para hablarle así al jefe?

– ¡No te tengo ningún miedo, tuerto del demonio!

Ninguno tenemos miedo de ti. Eres demasiado viejo para asustar a

nadie. Y este pendejo de protegido que tienes es un ladrón. Ha robado

nuestro trigo para comprarse unos espolones de oro!

Se hizo un gran silencio en el gallinero. Algo decía que

iba a ocurrir una desgracia en el corral de un momento a otro. El

ambiente era enormemente tenso. Los gallos jóvenes levantaban sus

picos, desafiantes, por encima de sus blancas plumas, mientras movían

nerviosamente sus crestas rojas y dejaban escapar de sus gargantas

unos leves cacareos nerviosos, en tanto hacían un círculo, cada vez más

apretado, alrededor del gallo negro. En medio del corral, el gallo de

pelea y el tuerto levantaban y bajaban una y otra vez sus cabezas y

ensayaban interminables piruetas, estudiándose detenidamente, tensos

los músculos y prontas las garras para clavarlas de manera

inmisericorde en la garganta del contrario. El gallo de pelea ensayó, de

pronto, una treta y el tuerto cayó en la trampa. Cuando quiso rectificar

ya era demasiado tarde, pues viejo como era, le fallaron los reflejos y

cayó al suelo, revolcándose en su propia sangre, con la garganta abierta

por un certero zarpazo del gallo de pelea. Su único ojo se movió en

círculos incontrolables, terriblemente asustado por la sorpresa y un

momento más tarde se quedó quieto, mirando fijamente el infinito, sin

verlo, mientras que sus patas se encogían y estiraban, impulsadas por

los estertores de la muerte, en una especie de ballet paranoico. Luego,

en un último estertor, se quedaron rígidas para siempre.

El gallo de pelea alzó al cielo su cresta teñida por la

sangre de su enemigo, hinchó salvajemente los pulmones y, abriendo

las alas desmesuradamente lanzó al aire el quiquiriquí más

estremecedor, más desafiante y más ronco, que se recordaba nunca en

aquel gallinero. El sonoro canto fue rebotando de corral en corral, de

calle en calle, de alameda en alameda, como un grito de libertad, y se

perdió poco a poco entre las ramas de los remotos encinares.

Los gallos jóvenes recularon asustados, arropando con

sus plumajes inmaculados la figura difusa del gallo negro y se retiraron

lentamente hasta perderse en la oscuridad del cobertizo. Nadie volvió a

verlos jamás. Cuando a la mañana siguiente el sol barrió con su escoba

de luz las tinieblas de la noche y el amanecer se impuso a la oscuridad,

encontraron al gallo negro en su rincón. La cabeza le colgaba inerte,

balanceándose a impulsos de la brisa, bajo los palitroques del gallinero,

mientras que su cresta, de un color gris azulado ahora, seguía cayendo

ridículamente doblada, señalando blandamente los primeros rayos del

sol naciente.

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Un pensamiento en “EL GALLO DE LOS ESPOLONES DE ORO

  1. Lo que he leido es precioso grascias manuel por dejarmelo leer ya segure leyendo; es que me encata lo que escribes me haces cojer vicio con la lectura y ojala tubiera yo esa imajinacion de cualquier cosa hacer una historia enhorabuena

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