EL PAN DE LOS POBRES

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El pan de los pobres

 

                                                                                                            Para Orfe Alfaraz

Desde la cama oía cantar las alondras en las mañana frescas de primavera. Era agradable despertarse viendo como dos o tres rayos de sol se colaban por entre las rendijas de los cuarterones de madera que cerraban las ventanas y que creaban maravillosas composiciones de luz que le hacían pensar en no sabía que mágicos e idílicos sueños etéreos, mientras desde la cocina le llegaba el olorcillo del café recién hecho, mezclado con el olor a tocino frito que la madre acababa de cocinar. Mientras intentaba abrir los ojos, estiró con fruición las piernas, un tanto entumecidas, mientras  colocaba los brazos por encima de las sábanas, estirándolos después por encima de la cabeza, al tiempo que abría la boca desmesuradamente bostezando de una manera exagerada. El frescor mañanero del inicio de la primavera recorrió sus brazos, poniéndole los pelos de punta y de forma muy  agradable se fue extendiendo por el cuerpo mientras un estremecimiento  hizo que toda ella explotara en un placentero estiramiento, al tiempo que un ruidoso bostezo se le escapó, casi sin querer, desde muy dentro de su pechecillo.  Cada mañana era el mismo ritual. Luego saltaba de la cama, se quitaba el pijama, iba al cuarto de baño y con el aroma del jabón de olor aún en las manos, se sentaba a desayunar la leche caliente con cola-cao y las galletas, al tiempo que miraba de reojo la cartera que le acompañaría en su viaje a la escuela. No le gustaba ir a la escuela, ni aprender las tablas de multiplicar, ni el rollo de las reglas de ortografía. Le parecía una maldita pérdida de tiempo, pero la madre se empeñaba en que debía esforzarse y aprender, porque lo necesitaría para cuando fuera mayor. Al fin y al cabo en la casa de los pobres lo único que era gratis era aquello que cada uno podía conseguir y aprender. Y la escuela, hasta que fuera un poco más grande era gratis.

La madre trajinaba en la cocina y el padre ya se había ido a trabajar. Chisporroteaban los leños en la cocina y el calor que desprendían llegaba en oleadas cálidas hasta las piernas primero y a la cara después, llenando la estancia de un calorcillo agradecido que hacía olvidar el fresco del relente de la calle. Las hermanas, un poco más grandes que ella, siempre le apremiaban para que se diera prisa, porque luego les tocaba correr. La escuela estaba al otro lado del pueblo y el camino, con el barro ahora seco como si lo hubieran enganchado con un pegamento invisible, en el que eran bien visibles las roderas de los tractores y las pisadas de las personas más trasnochadoras, tenía el suelo duro y había que ir con cuenta para no tropezarse y caer, porque a veces las suelas de goma de las zapatilla se quedaban enganchadas, como si un ser invisible te hubiera agarrado por los tobillos, y te ibas de bruces . Un poco más tarde, cuando el tibio sol del invierno dejaba escapar sus rayos mortecinos, se iba transformando en un barro pegajosos, como si lo hubieran hecho de babas, y las botas de agua se ensuciaban Si había llovido, en el amino y alrededor del regato se hacían algunos charcos y los niños para distraerse jugaban a ver si el agua le entraba por encima de las botas y, cuando les entraba, que era la mayoría de las veces, se sacaban la bota y la tiraban fuera, pero durante el resto del día el pie hacía un ruidillo extraño, como cuando tienes un globo hinchado y le tocas con los dedos y te salían unos sabañones como cerezas de gordos. Algunas veces, cuando hacía mucho frío, los niños cogían catarros y tenían que quedarse en casa, metidos en la cama o arrimados a la lumbre, en el escabel, bien tapados con una manta.

La madre, o las hermanas mayores, le hacían las trenzas y le ponían en la mano el fardelillo con la comida para el día, porque la casa estaba en medio del campo y no daba tiempo a venir a medio día, así es que se quedaban a comer en casa de un familiar.

– ¡Vamos, pánfila, que por tu culpa siempre tenemos  que llegar tarde…! Luego no tenemos tiempo de jugar con las demás.

La casa estaba lejos del pueblo, en medio de las huertas. Era pequeña y de adobe, como lo eran la mayoría de las casas de los pobres; se las construían ellos mismos, amasando con los pies desnudos el barro mezclado con el barro arcilloso y metiendo la masa en moldes, para que cogiera la forma del abobe. Luego lo dejaban secar al sol y cuando estaba seco lo colocaban, fraguándolo con más barro. A veces recubrían el adobe con cemento por fuera para aislar las paredes de la humedad, pero otras veces, si no había dinero para comprar cemento, lo recubrían con barro mezclado con boñigas de vaca, que también servía como aislante. Algunas veces incluso el suelo era de esta mezcla, por la misma razón. Lo cierto es que cuando habían pasado unos días el olor a estiércol no se notaba y la casa se mantenía caliente.

Cuando preguntaban al padre quien había vivido antes que ellos en la casa, el padre ponía voz cavernosa y les decía que habían vivido los lobos. Entonces sentían un poco de miedo, pero luego la madre se ponía a reír y el padre también y sabían que era mentira, así es que arrancaban a reír todos juntos con una risa nerviosa al principio y franca después. A veces de tanto reír se les saltaban las lágrimas y se miraba unos a los otros y no podían parar de reír y de saltar como locos.

Cuando  las noches de invierno eran lóbregas, oscuras y miedosas, y el viento a lo lluvia arreciaban, se oía el repiqueteo de las gotas en las tejas y  en el camino. Otras veces era el viento el que zumbaba fuera, colándose por las rendijas de las puertas y del tejado y silbando lastimeramente alrededor de la casa y llevándose a no se sabía dónde, las hojas y hierbas secas de los árboles de las alamedas y las huertas, las cuales, apelotonadas rodaban por el camino adelante, se paraban un momento y volvían a arrancar hasta que otra ráfaga de viento las hacía cambiar de dirección y se quedaban enganchadas entre las zarzas de las orillas del camino .

-¿ Padre, por qué silba así el viento?, preguntaba, miedoso, alguno de los niños.

– Son las ánimas benditas, decía el padre, que andan sueltas llorando por los pecados que han cometido.

Entonces, los niños se miraban asustados sentados alrededor de la lumbre y la madre contaba cuentos, de miedo y los niños se arrimaban los unos a los otros, apretándose, como queriéndose proteger de los malos espíritus, hasta que alguno de ellos arrancaba a llorar y los cuentos se acababan y los mandaban a la cama. Pero como todo estaba oscuro, ninguno quería ir el primero, hasta que la madre agarraba el candil, que colgaba en un clavo en la pared y les alumbrara para meterlos en la cama.

Dormían de dos en dos o de tres en tres, para compartir el calor, bien arropados con las mantas de lana y, si la noche estaba muy fría, la madre calentaba ladrillos en la lumbre, los envolvía en trapos gruesos y se los ponía a los pies de la cama, entre las sábanas para que les dieran calor toda la noche. Algunas veces, cuando se despertaban por la mañana, todavía estaban tibios.

En invierno casi todos los días helaba. Por la noche el padre se asomaba a la puerta, miraba el cielo cuajado de estrellas y la luna grande y redonda brillando en lo alto y sentenciosamente entraba en casa y decía : “¡Hoy cae una, que se caga la perra!”. Y los niños entendían que iba a hacer mucho frío, aunque no acababan de ver por qué la perra tenía que cagarse, justo cuando más frío hacía. Por la mañana, cuando un sol miedoso empezaba a desperezar sus rayos por los tesos del Taragudo y señalaba el horizonte desnudo de las besanas desiertas y de las barbecheras y huertas, ahora sin vida, de los alrededores, los cantos janjarreños relucían como una interminable cascada de  brillantes. Un halo blanquinoso lo cubría todo, como un inmenso velo de novia, y las hierbas de los alrededores de la casa estaban envaradas, tiesas, como el cuello almidonado de las camisas que planchaba la madre para los días de fiesta. Luego, cuando la caricia de los primeros rayos del sol las alcanzaba, las gotitas de rocío se antojaban globos diminutos, puros, transparentes, frágiles y resbaladizos y poco a poco dejaban resbalar su frescura sobre las hojas y acababan cayendo sobre la tierra, dura todavía por la helada, en minúsculas explosiones que formaban una manchita de color marrón oscuro que se iba agrandando, agrandando, hasta juntarse con la mancha de otra gota y de otra y de millones de gotas, hasta que todo el paisaje, de color blanco inmaculado, volvía a su estado natural y los mil ocres de la tierra Castellana, pintaban un maravilloso cuadro de colores y contrastes, roto en  girones por el verde oscuro de los valles y los bajonales, que, en medio de los labrantíos, se asemejaban a los remiendos de pana  nuevos, sobre la vieja pana de los pantalones del padre, sabia en sudores, en polvaredas y en lágrimas de desesperación y de rabia, porque a los hombres humildes se les había ido quitando poco a poco el patrimonio, se les dejó solos con su carga de hijos y miseria, con un sueldo de miseria, sin mirada en los ojos desnudos, nublados siempre por la rutina, el miedo, el desespero y la humillación. Los pueblos fueron vaciándose poco a poco y los muertos fueron naciendo en los cementerios.

Una de aquellas mañanas de invierno apareció el niño en casa. Era pequeño, debía tener unos diez años, la carita sonrojada, congestionada por el frío y las manos tan ateridas que los dedos se negaban a estirarse y permanecían encogidos, como protegiéndose de algún terrible mal. Era el hijo de otro hombre humilde, que arrancaba remolachas con un picachón en una huerta cercana, y tenía la misma edad que uno de los hermanos más pequeños . Y siendo, como era, una mujer de buenos sentimientos y un alma blanca y redonda como una luna grande, y una ternura de pan recién hecho, metió las manos heladas del niñito entre sus manos callosas y calientes y lo arrimaba a la lumbre y le decía palabras de cariño y de consuelo mientras al niño se le caían unas lágrimas de agradecimiento, grandes, puras, cristalinas, que caían en el suelo de la cocina y ascendían hasta su alma quedándose en ella para el resto de sus días, como un bálsamo agradable que cura cicatrices.

Luego cortaba un trozo de pan tierno, lo untaba con un poco de manteca, espolvoreaba por encima un poco de azúcar y se lo ofrecía al niño con aquellos ojos tristes, pero tiernos, como el propio pan mientras le decía : “ Toma galanito, es pan de pobre, pero ganado con un sudor honrado”

El niño alargaba la mano, agarraba el pan con delicadeza y al calorcillo de la lumbre y entre las risas del amigo, que siempre le pedía un cacho, se comía aquella delicia mientras que su corazón se desbordaba de felicidad y en su alma quedaba grabada la frase, “Es pan de pobre…” para siempre.

Entonces la madre se iba a sus quehaceres mientras les decía : “quietos ahí un rato hasta que haga menos frío, porque si no se os llenaran las manos de sabañones como las mías y los sabañones pican mucho.”

Y les enseñaba sus manos,rudas y fuertes, de mujer campesina, enrojecidas por los sabañones, encallecidas por el trabajo, pero a los ojos de los niños dulces y acariciadoras, como las manos de la madre más fina del mundo.

Su padre era otro de aquellos seres humanos que oyó que en el país había un nuevo amanecer y corrió a gran velocidad hacia la salida del sol, venciendo el giro eterno de la Tierra, porque correr y no para había sido siempre la escuela de su vida, la única escuela que en verdad había conocido, el nuevo amanecer en una España una, grande y libre, según rezaban los panfletos de los predicaban la justicia social, que mojaba la calle con el líquido del agasajo fácil que habían traído de repente de no se sabía que nubes, mojando la tierra con la consigna fácil, con el retal de la historia antigua colgando de sus pantalones y sus camisas azules, el brazo fuerte y nervudo estirado orgullosamente señalando un sol naciente de esperanza. Regalaban frases altisonantes, que los humildes colgaban en sus casas, en sus escuelas, en los pórtico de las iglesias, en los ayuntamientos en los bares e incluso en los nichos de sus muertos. El padre, el hermano, el hijo fusilado, era un héroe, un muerto si historia relegado al olvido, que los hombres humildes miraron como un nuevo amanecer que adornaba su apellido con un nuevo lustre que les hacía pervivir por encima de los demás en su apellido, en las palabras del cura, en las historias del abuelo en el sillón de mimbre desvencijado.

Hasta que un día se les abrieron los ojos y empezaron a soñar con una nueva vida más allá de la justicia social caída en la cloaca del olvido que olía a ponzoña y a mentira, aquella en la que los facinerosos los había tenido sumergidos, anestesiados, reventados al borde del camino por la miseria el hambre y el cansancio, hasta que casi exhaustos pidieron un trozo de pan y un poco de agua y vieron que lo único que habían conseguido era un mendrugo de pan duro, labrado por ellos mismos para que los ricos comieran la esencia y les cedieran el despojo. Y las palabras Libertad, Patria, Grande y Una se les cayeron de las manos y  fueron llenando los alrededores de las casa, las calles, los caminos, los senderos, los regatos, los ayuntamientos, las iglesias, las plantas e incluso las piedras, con un verdín pegajoso, solidario, que resultaba vivificador, ahora sí, que aguijoneaba sus muslos subiendo por su cuerpo hasta llegar al alma. Y fue entonces cuando cada uno de ellos se identificó con su propia esencia, se olvidó de la palabra humillación, de la palabra esclavo, de la palabra miedo, tiraron abajo los carteles de la justicia social encubierta y colgaron nuevos carteles con las palabras Libertad, Verdad, Cultura, Pensamiento… Decisión Propia.

Fue cuando volvió el silencio y las gentes se fueron por los infinitos caminos, que el único hombre que permanecía sentado en una roca con la mirada sobre el suelo se dio cuenta que estaba solo de nuevo, como al principio. Tuvo una conversación con la tierra y le desnudó su alma. “Soy un labrador pobre, le dijo, como lo fueron mis padres y he trabajado la tierra desde que tengo uso de razón. Me han engañado tanto y tantas veces, que ya no puedo creer en nada ni en nadie . Creo que he sido pobre, pero también honrado desde mi nacimiento.”

Tenía los ojos tristes, la frente estrecha, los pelos revueltos cubiertos siempre por una boina negra ya vieja y deslustrada por los soles y las heladas, las manos grandes y calludas y los pies anchos, cubiertos por unas abarcas recias y unos calcetines de lana gorda y parda, que su mujer le había tejido el último invierno, al amor de la lumbre, entre una helada y otra. Tenía unos pantalones remendados, de pana, atados con una lía y la camisa de campesino tiesa del sudor y  la suciedad, dejaba ver unos brazos fuertes, oscuros, sin una gota de sebo. Se arrodillo sobre la tierra parda y llenando el cuenco de sus manos, la estrujo como con rabia, la beso y abriendo lentamente las manos la dejo resbalar poco a poco, como con mimo, para que el aire fresco del amanecer  formara entre sus manos y el suelo una cabellera que se alargó hasta perderse en la lejanía; luego se fue a la regaterilla del agua fresca del pozo y bebió con las manos un poco de agua, dejando, como antes hizo con la tierra, resbalar entre ellas la que le sobraba.

Pensó en su familia y decidió que ya tenía algo por qué luchar. Y como por casualidad, sin pretenderlo puso el pie izquierdo sobre una pisada casi fósil y su abarca quedó acoplada perfectamente; por curiosidad llevó el otro pie hacia adelante y cayó en la otra huella que el tiempo había dejado seca sobre la corteza dura de un cerro ahora fangoso. Aquellas pisadas desconocidas fueron su identidad. Se dio cuenta que la tierra que tenía por nueva no era otra que la suya y que solamente poniendo un pie encima de la huella de otros pies que le precedieron en el tiempo aquella tierra acabaría siendo suya para siempre. Se puso a andar sobre la huella de sus pasos secos y añejos y al poco rato avistó la alameda que acababa de plantar, en el fondo del valle. Luego, vio la vaca que acababa de comprar, “para no pasar más hambre”, como le dijo a sus hijos y que todo estaba vivo de nuevo y que quizá lo peor ya había pasado. Sin darse cuenta sus pasos le habían llevado a lo alto del teso del Naciente y girándose pudo ver nítidamente los cuatro paredones blanqueados del cementerio que dejaban ver las cruces de los muertos por encima de ellos;  estuvo parado un rato pensando y  mirando lo que parecía muerto y lo que alrededor  se mostraba vivo. Por primera vez se dio cuenta de que todos los muertos que él recordó acompañar al cementerio, incluidos sus padres y sus abuelos y hasta algunos primos y hasta amigos, no fueron otra cosa que cuerpos sin contenido que se movieron por dar de comer al cuerpo, copularon para apaciguar el deseo del cuerpo  y se murieron para deshacer el cuerpo en la nada. Le vino a la mente la imagen del alma. Y fue entonces cuando pensó en ese Dios aprendido en la escuela y en la iglesia que siempre  estuvo al corriente de todo esto: de la gran mentira de los tiranos, de la vejación de las esclavitudes, del sufrimiento de la madre a la que se le murió el hijo por no tener dinero para pagar la medicina, del médico salvador que le hubiera devuelto la vida. No entendió que ese Dios, que tenía el poder infinito, la voluntad infinita de hacer el bien, se inhibiera cuando el bien debía ser hecho; no entendió que dejara actuar impunemente al tirano; no entendió que dejara llorar a los hijos, o que dejara matar incluso al suyo, sin mover un dedo. Y lloró amargamente por no tener la suficiente inteligencia para entenderlo.    Dios era una palabra intocable, pronunciada en cualquier lugar, a cualquier hora. Dios era el signo del poder que tenía voluntad infinita y a quien había que suplicar el bien y el perdón. Y su intención de alma buena, se quebró, como un cristal frágil en mil pedazos, mientras la duda corroía su espíritu.

Volvió la cabeza hacia atrás, luego hacia el cielo, miró también el suelo, busco a Dios en su rincón y encontró el vacío que nace de la desconfianza creada por el engaño deformista. Solo la tierra abrió sus entrañas de amor y lloró junto a él. La tierra recibió sus lágrimas con dulzura y en el lugar donde un día se fundieron el hombre y la madre tierra, brotaron, espontáneamente, unas matas de rosales silvestres  que, ni el paso de los años, ni los veranos más tórridos, ni los inviernos más gélidos han podido nunca secar. Quedó perpetuado para siempre como “El Rosal del Labrador”, un labrador de Castilla, de Aragón, de Andalucía o de Extremadura. Un inmigrante de Alemania de Suiza, de Argentina… un hombre humilde.

Manuel Pablos Esteban

Febrero 2013

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6 pensamientos en “EL PAN DE LOS POBRES

  1. Se tiene que apreciar mucho a Orfe y a su familia para hacerle este regalo tan bonito. Yo me alegro porque, les conozco, son parte de mi familia y todo lo que cuenta me es muy cercano.
    Qué será que nos tira tanto nuestra tierra chica y necesitamos expresar las duras experiencias .
    Mi sobrina me envió Piruetas y la Casa de los Mirlos. Me encantó, fue como volver a los años de infancia. Salí de Topas a los catorce años.
    Enhorabuena.
    Saludos:
    María Calzada

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    • Muchas gracias, María:
      Efectivamente, para mi los padres de Orfe, la señora María y el sr. Antonio, fueron una referencia de infancia, porque mi padre, Germán, tenía una huerta al lado de donde vivieron y, en muchas ocasiones yo iba a su casa, porque Boni (q.e.p.d) y yo éramos quintos y jugábamos muchas veces por allí. Pero todos tenemos momentos especiales en la vida, que se nos quedan grabados. Yo tengo muchos momentos, muy buenos, grabados en mi alma de niño, de esta gente, que siempre fue una buena gente, al menos para mi. Gracias por leer mi relato y me alegro mucho que Piruetas te gustara.
      Un cordial saludo.
      Manuel

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    • Hola soy orfe creo que si no me confundo eres hermana de Agustina una melliza lo de parte de la familia se agradece Pues yo por ser la mas pequeña y vosotros marcharos casi no nos conocemos pero siempre le he oido hablar a mis hermanos miy bien de vosotros un abrazo

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      • Orfe yo si te conozco un poco menos que a tus hermanos mayores. Y `por supuesto por nuestra parte siempre ha existido hacia vosotros cariño y muchos recuerdos. Disfruta de esto tan bonito que te han escrito y guárdalo como un tesoro, la parte que se refiere a tus padres me emociona especialmente. Saludos a todos.

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  2. Esto es un honor para mi y para mi familia mil gracias por este recuerdo tan bueno de mis padres.. Que voy a decir yo pero es verdad que heran buenos y cariñosos y tambien es cierto que tubieron que luchar mucho y lo pasaron muy mal para sacar a seis hijos sin tener nada de todo corazon GRACIAS

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