LAS RAÍCES DEL ROBLE

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LAS RAICES DEL ROBLE

 

 

El día 24 de julio de 1961 hacía un calor agobiante. Era uno de aquellos días de verano en los que el sol calienta a mansalva, como decían los campesinos de aquellas tierras. Las chicharras lloraban sus desesperos con furia en los linderos del camino o escondidas entre las hojas de las plantas en un sonsonete repetitivo, ancestral, eterno, que taladraba la mente, ya medio descompuesta por el bochorno. No se movía ni una paja y la asfixia producía en el niño una modorrera que acababa siempre en  la imperiosa necesidad de meter  aire fresco en los pulmones, por lo que boqueaba angustiosamente, como un pez fuera del agua, intentando que el oxigeno, que mantenía algo activo su cerebro,  refrescara su cuerpo. Pero solo conseguía que aquel aire concentrado le abrasara por dentro, como el sol inmisericorde lo hacía por fuera. Tenía el cuerpo empapado en sudor caliente y a veces sentía que de un momento a otro iba a perder el conocimiento y a caerse del burro en el que iba con su padre. Echaba de menos, en esos momentos, el frescor que emanaba del pozo, al lado del cual se había pasado la mañana, viendo bullir el agua transparente y fría que daría vida a las plantas de alubias, patatas, tomates, pimientos, cebollas y lechugas, que, según le había oído decir al padre, prometían una cosecha esperanzadora que les libraría del hambre el resto del año, si no le entraba la maluca del polvillo, que pintaba las hojas con un color amarillento blanquinoso de enfermo de hospital y secaba las vainas verdes de las alubias y los fréjoles, transformándolas en sarmientos retorcidos que, día tras día, iban degenerando en la nada y acababan cayendo al suelo, muertas ya, en un palitroque deforme que alguna ráfaga  de viento  acababa llevándose, vete tú a saber a dónde. Y lo peor de todo era que tras las vainas se secaban las plantas y poca cosa se podía hacer entonces, más que llorar de desesperación y rezar para que la epidemia se parara.

 

– Es lo que tiene ser pobre, decía el padre, que depende uno de “to Cristo”, hasta del polvo de camino. ¡ Vida más arrastrá lleva uno, cojones; te cueces por dentro aquí al sol, “tol” santo día y si a mano viene pa ná.!

 

Luego, miraba al niño y arrastrando un poco las palabras, proseguía :

 

– “Asisque”  tú, galán, estudia…estudia, que no te toque como a mi, andar arrastrao pa no ganar casi ni pa comer. Tú tienes que ser médico, o maestro, como tu madre, que esos lo ganan de sentaos, le cae tos los meses el condumio, haga frío o haga calor, y no tienen que preocuparse de nada más. Tu eres listo y llegarás a ser alguien algún día, ya lo verás.

 

Cuando oía hablar así al padre, se le ponía como un nudo en el estómago y le entraban ganas de llorar. Pero se hacía el valiente, se secaba la nariz sudorosa con la mano y se sonaba los mocos, o se los tragaba, mientras miraba las plantas “mancás”, como las llamaba el padre, y pensaba que había muchas sanas  y que malo había de ser, que se secaran todas. El padre siempre acababa encontrando un remedio y, aunque algunas veces se veía algún corro de color amarillento, al poco tiempo volvían a ser verdes como las otras y el padre se quedaba más tranquilo.

 

– ¡Hala galán, despierta, que ya hemos llegao a casa!, oyó decir al padre.

 

Se había quedado dormido apoyado en la espalda sudorosa del hombre y cuando se bajó del burro estaba empapado en  sudor de arriba abajo. Cuando el animal se vio libre de carga, movió la cabeza repetidamente a un lado y a otro, haciendo abanico de sus orejas para espantarse las moscas y los tabarros, que lo acribillaban inmisericordemente, al tiempo que se sonaba ruidosamente las narices y estiraba y encogía el belfo, enseñando unos dientes enormes y amarillentos, entre los cuales se dejaba ver algunas briznas de hierba o un poco de pienso que se había quedado enganchado en su última postura.

 

– Hoy no hay siesta, oyó decir al padre, que tenemos que ir a recoger raíces pa la lumbre, a las tierras que ha roturao el Cojo de Villanueva al lao de la ribera. Así qué mete el burro en la cuadra, échale un poco de paja y media lata de “cebá” y te vienes a comer. Y ten cuidao con la “cebá” que le echas, que va cara.

 

Después de comer, le pusieron al burro una manta, la cincha y los ganchos de madera que se utilizaban para traer leña y enfilaron por la Calle Larga, hasta salir al camino de San Cristobal. En el alto de la cuesta, a la derecha, el cementerio enseñaba algunas de sus cruces por encima de las tapias de piedra. Al niño le daba miedo el cementerio. Allí estaban enterrados el Santitos, el hermano que se había muerto  muy pequeño, y los abuelos Manuel y Josefa, a los que nunca conoció, pero de los que el padre hablaba a todas las horas.

 

– Mira, galán, aquí vendremos a parar todos un día, cuando nos toque. A ver si nos toca de bien viejos… porque el que entra aquí con los pies “palante”, ya no sale.

 

Luego el padre comenzaba a hablar de su padre, que era herrero y que había hecho muchas de las cruces de hierro que había en el cementerio y la cruz con la bola del mundo que había en la torre de la iglesia, que si no llega a morirse tan joven, de un “cólico miserere”, sabe Dios adonde habría llegao. Y de su madre, la Josefa, que era una mujer muy guapa, con unos ojos negros como las moras, alta y fina como un junco, que se quedó viuda con tres hijos pequeños y tiró “palante” con un cacho comercio y haciendo de cocinera en las bodas y con al que el padre estaba muy unido, porque lo llevaba a tos los sitios.

– Y mira, si no se hubiera muerto joven, como el abuelo, ni tu ni yo estaríamos aquí, porque ya tenía juntaos unos miles de pesetas pa comprar un bar de comidas, al lao mismo de la Plaza Mayor de Salamanca. Pero la puta vida es como es, y se murió de un ataque al corazón y aquí nos dejó a los tres, abandonaos en manos de los tíos, que no arrecogieron y la vida nos dieron pa tirar “palante”.

 

Al llegar a la bifurcación del camino tiraron hacia la izquierda, un camino estrecho y en cuesta que, entre el frescor de los encinares iba a parar al vado de la ribera de Villanueva, el rio Cañedo, que en aquella época llevaba poco agua y se podía atravesar fácilmente. Los muladares soltafan un tufo apestoso a orines rancios y basura, cuando pasabas por delante.  Los cucos cantaban su cucú interminable y los gorriones, los jilgueros, los verderones y algún ruiseñor, ensayaban sus cantos mimetizados en el ramaje, a resguardo de los inmisericordes rayos del sol, que picaba en el cogote como un condenado.

 

Al llegar a la ribera, las vacas bravas pastaban tranquilamente la hierba fresca, a pesar del calor, del valle. Algunas estaban echadas debajo de las encinas, rumiando tranquilamente, con los ojos medio cerrados. De vez en cuando algún chotillo hacía un par de cabriolas, como si le hubiera alcanzado un rayo en una tormenta, echaba a correr sin ninguna dirección concreta y se metía entre las ubres de una vaca a mamar. El niño los miraba y se reía como un bobo; sabía que tenían que pasar entre ellas, para llegar a las tierras roturadas, pero no tenía miedo. Lo habían hecho muchas veces y el padre le contó la primera vez que tuvieron que hacerlo, que  las vacas bravas cuando estaban en el campo, si no las molestaban, no se arrancaban, a no ser que estuvieran paridas y molestaras al ternero o les picara la mosca.

 

-¿ Que quiere decir que les pica la mosca, padre?, le había preguntado una vez el niño.

 

– Pues cuando a un animal le pica la mosca es que se le mete dentro de las narices un tabarro o una abeja y comienza a picarle dentro de las narices y eso duele muchísimo y, como no se pueden “arrascar”, porque no tienen manos y no saben, comienzan a correr como si se volvieran locas y atacan a todo lo que se le ponga en el camino, ya sea hombre, animal o planta. Una vez, a uno que yo conocía, que era un vaquero de Villanueva, un novillo que le había picado la mosca lo persiguió y no tuvo más remedio que tirarse entre unas zarzas y gracias a eso se salvó; y a que llevaba unos perros de presa que se le engancharon al novillo en las patas y en los belfos y lo hicieron escapar…

Era lo único que al niño le daba miedo, así es que mientras pasaban entre el ganado, subidos al lomo del burro, no hacía más que mirar de reojo a los animales por ver si alguno le picaba la mosca, porque si así fuera sabía que estaban perdidos, por qué con lo viejo que era el burros y dos personas encima… y encima no tenían perros de presa. De manera que cuando dejaron atrás la vacada y se internaron entre las encinas del otro lado del valle, respiró tranquilo.

 

Cuando llegaron a la besana roturada el padre le explicó cuáles eran las raíces que tenían que recoger. Sobresalían de la tierra como enormes gusanos algunas y otras estaban ya completamente fuera. Fueron haciendo montones separados unos de otros estratégicamente y cuando el padre pensó que ya tenían la carga las fueron colocando en los ganchos, enganchándolas unas con otras para que no se cayeran por el camino, hasta que el padre dijo que ya estaban llenos a “coguelmo”, que quería decir que ya tenían todas las que podían llevar. Entonces desanduvieron el camino por el mismo sitio  que habían venido y cuando estaban a punto de llegar a la ribera, apareció en la lejanía un chico joven montado a caballo, que enfiló directamente hacia donde iban, con el ánimo de cortarles el paso.

 

– Buenas tardes, saludo, alzando un tanto la voz. ¿ De donde venís?

 

– Pues ya ve, dijo el padre de forma cordial, de recoger unas cuantas raíces de la besana roturada de ahí arriba.

 

– ¿ Y quién le ha dado permiso para hacerlo? Por qué no sé si sabe que estas tierras tienen dueño.

 

– Pues el permiso me lo dio D. Alicio, dijo el padre. Lo concozco desde siempre y echaron un pregón en el pueblo diciendo que el que quisiera recoger raíces fuera a las casa de Villanueva, diera el nombre y le darían permiso para recoger las raíces. A ustedes no le sirven para nada y a los pobres, como nosotros, nos solucionan la lumbre todo el verano. SAdemás le limpiamos la berbechera.

 

– ¿ Y tu quién cojones eres?, dijo con insolencia el joven, mientras el caballo caracoleaba nerviosamente alrededor.

 

– Pues yo soy Germán, de los herreros de Topas y conozco a D. Alicio porque tenía un comercio y todas las semanas les llevaba la compra a casa…

 

– ¿ Y donde tienes el permiso ese que dices que te ha dado mi abuelo?

– Pues lo tengo en casa, pero vamos, que en la lista estoy y don Alicio…

 

– Déjate en paz de tanto D. Alicio, si no tienes aquí el papel, ya está descargando las raíces donde las has cogido. ¡¡Que todos vosotros sois iguales, que os conozco!! ¡¡¡Os gusta mucho que os regalen cosas, pero luego apuntaros en la lista por si un día os necesitamos, no lo hacéis nunca. ¡Así es que ya estás tirando las raíces, y márchate antes que llame a la Guardia Civil!

 

– Pero D.  Alicio me dio permiso…

 

– ¡¡ Ni D. Alicio, ni hostias, que tires las raíces te he dicho.!! Y cuando traigas el papel vuelves a buscarlas.

 

El padre bajó la cabeza, comenzó a desatar las sogas con las que había sujetado las raíces para que no se cayeran por el camino y fue tirando una a una todas las raíces al suelo. Cuando hubo acabado el joven del caballo le miró despectivamente, escupió en el suelo y salió al galope. El niño se había quedado mudo por el asombro. No entendía nada. Miraba al padre que se limpió dos lagrimones con el torso de la mano y lo notó triste.

 

– ¿ Que vamos a hacer ahora, padre?

 

– Nada. No podemos hacer nada, son los amos de todo esto y algunos no son buena gente. Pero tú no te preocupes, que ahora nos vamos a ir a hablar con el amo de verdad, con D. Alicio, que es a quien yo conozco.

 

Y el padre, que estaba harto de ser pobre y de que lo machacaran por serlo, enfiló por la ribera abajo, camino de las casas de Villanueva.

 

Cuando llegaron a la dehesa era media tarde. En el portal de la casa los amos y alguna gente más que el padre no conocía, estaban sentados en el porche de la puerta bebiendo limonada fresca. Miraban al hombre  y al niño subidos en el burrillo con una cierta curiosidad, hasta que al llegar a su altura, el padre bajó del burro, se quitó la boina negra que llevaba siempre en la cabeza y dirigiéndose al grupo saludó.

 

– Buenas tardes nos de Dios. Que les aproveche.

 

– Buenas tardes, saludaron los contertulios.

 

Un hombre mayor, que llevaba un sombrero cordobés de color gris, con una gruesa cinta negra alrededor, se levantó del grupo, miró al padre y al niño y jocosamente dijo:

– Coño, Germán, ¿qué andas haciendo por aquí a estas horas? ¿ Este rapaz es tuyo?

 

– Buenas tardes D. Alicio. Pues mire, vengo a pedirle un favor. Y sí, el rapaz es mío, tiene diez años .

 

– ¿ Y que se te ofrece, hombre? ¿ Has vuelto a abrir el comercio?.¿ Pero tú no te habías casado con una maestra?

 

-Si señor, con ella sigo casado.

 

El resto del grupo miraba extrañado la escena, sin intervenir para nada, pero siguiendo los acontecimientos con una cierta curiosidad.

 

– Bueno, hombre, pues tú dirás.

 

Y el padre fue relatando lo que le había sucedido con las raíces y con el joven. La gente del grupo se miraban intrigados los unos a los otros y cuchicheaban por lo bajo, mientas que D. Alicio se ponía serio al tiempo que iba envarando el cuerpo, como si la tensión no le dejara doblarse. Cuando el padre acabó de relatar los echos, D. Alicio bajó los ojos, sacudió la cabeza a un lado y a otro, miró al resto del grupo y dirigiéndose al mayoral, que estaba un poco  más alejado, le dijo:

 

– Vete a buscar a Antonio y dile que no le quite los arreos al caballo y que venga inmediatamente. Ensilla la jaca negra y vente tú también para acá.

 

Cuando el mayoral se alejaba, D. Alicio le llamó, se separó del grupo y estuvo un momento hablando con él. Luego se acercó al padre, le dio una palmadita en la espalda y le dijo:

 

– Mira, tú me conoces desde hace muchos años. Yo soy un hombre serio y distante, con quien lo tengo que ser, pero mi palabra vale más que mil contratos. Sin embargo para mi una persona no es solo un criao, ni un esclavo. Y hay momentos y momentos. Nadie tiene derecho a machacar a nadie, por muy humilde que sea y tengo un nieto que hoy va a aprender una lección que espero le sirva para siempre. Porque si no es así, todo lo que hemos pasado no hace mucho, no sirve para nada. Ya sabes como es la gente joven. Si le pasas la primera, te toman la delantera enseguida. Y eso no es bueno para nadie.

 

Desde las cuadras se acercaban el joven y el capataz, llevando los caballos agarrados por las riendas. Cuando llegaron a la altura de los demás el joven trató de justificarse diciendo que él no sabía  quién era el padre, que no llevaba el papel encima, que él creía que estaba robando…

D. Alicio le miró de arriba abajo y le contestó:

 

– Aprende bien lo que te voy a decir: Nunca confundas la pobreza con la honradez y nunca menosprecies a nadie porque creas que eres superior, porque entonces no eres nadie. Y aprende a confiar en los demás, porque puede que algún día los necesites. Si te dijo que tenía mi permiso, ¿ por qué crees que miente, porque no va subido en un caballo?. No te equivoques nunca, si no sabes tratar a la gente como se merece, mereces que la gente te trate como tú te mereces. A esta gente no le estamos dando nada, nos estamos dando mutuamente, ellos se llevan lo que nos estorba y nosotros nos quitamos el estorbo del medio. A ellos le sirve y a nosotros también. Nos hacemos el favor mutuamente. Nunca vuelvas a hacer nada parecido en mi finca. Yo no te he dado permiso para que seas guarda. Ya tengo guardas que saben tratar a la gente. Ya sabes lo que tienes que hacer, vete y hazlo.

 

Luego se dirigió al padre y le ofreció un vaso de limonada para él y para el niño. El padre quiso rechazarla, pero no se lo permitió. La limonada estaba fresca y al niño le supo a gloria. Siempre había creído que los ricos no hablaban con los pobres, porque eran diferentes. Pero ese día aprendió que, a veces, los ricos eran sorprendentes. Años más tarde, cuando el niño se hizo mayor y trató con muchos ricos, aprendió que la virtud no está en ser rico o pobre, si no en saber serlo.

 

Se despidieron y se fueron con el mayoral y con el joven, que los llevaron hasta donde habían dejado las raíces. Cuando llegaron, el padre comenzó a recoger la leña y a colocarla en los ganchos, pero el mayoral no le dejó. Se volvió al joven y mirándolo directamente a los ojos le dijo:

– Ya sabes lo que ha dicho tu abuelo que hagas. Cuanto antes acabemos, antes nos vamos. Siéntate Germán, vamos a echar un cigarro. Y el mayoral y el padre se enzarzaron en una conversación de hombres, mientras el joven recogía la leña del suelo y la iba cargando en el borrico. Cuando acabó, el padre ató las sogas como antes, se despidieron de los dos hombres y emprendieron el camino a casa.

– ¡No sé si no parirá esta carga, porque mandan cojones lo mal que la ha cargao ese pánfilo. No sirven pa na!

Los últimos rayos del sol les daban en los ojos y les hacían cerrarlos cada vez que salían al claro. Una orquesta de pájaros llenaba el campo con sus trinos y las mariposas multicolores bailaban un vals fantástico entre los anaqueles de las flores salvajes. Cuando llegaron a la altura del cementerio el padre se santiguó y murmuró : Aquí es donde los ricos y los pobres se hacen iguales. Pero mientras se llega aquí…

 

                                                                  Manuel Pablos

 

 

 

 

 

 

 

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5 pensamientos en “LAS RAÍCES DEL ROBLE

    • Gracias de nuevo,Maria.Yo vi muchas de estas cosas y viví el miedo de la gente a “los que tenían la sarten por el mango”, y demasiadas .lágrimas de impotencia cuando llegaban los pagos y no había ninguna perra en casa … Y todo eso se tiene que escribir, para que esta gente joven que creen que son los únicos que “lo pasan mal “, sépan lo que otros, con muchos menos medios, y con mucho más miedo,tuvieron que pasar. he visto tu Blogg de bordados y bolsos,etc. Y me ha gustado mucho. Saludos.Manue

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      • Gracias a tí Manuel . Lo nuestro no tiene mucha importancia, a mi me gustan tus relatos porque me transportan a mis raíces, eres el transmisor de quienes no pueden plasmar por escrito lo que pasaron, aunque escuchar a nuestros mayores contar sus vivencias no tiene desperdicio, porque como dirían ellos, “pluma” no tienen, pero se expresan de maravilla.

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      • Gracias de nuevo, María. Intento poner por escrito algunas de las vivencias que tuve, fundamentalmente para que no se pierdan ni en mi memoria ni en la memoria de los demás. Porque los mayores, como tu dices, se van muriendo y se llevan con ellos, en el siglo XXI, la historia de cada día, sus luchas, sus malos y buenos momentos, sus tragedias y sus amores, que en realidad es la verdadera historia de un pueblo. Yo, que ya soy un jubilado parcial y tengo mucho tiempo libre, me dedicaré a ir dando a conocer estas historias. No se si llegan a la gente, porque nuestra gente no son muy dados a escribir, pero las estadísticas demuestran que muchos, ayer hubo 778 visitas al blogg, si las miran, al menos. Gracias de nuevo y es un placer contar contigo como lectora.

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