ZORONO ( primera parte)

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ZORONGO
La nieve caía mansamente al otro lado de la ventana. Desde donde me encontraba
podía ver un pedacito de cielo cuajado de pequeños vellones que lo cubrían casi por
completo. era muy bonito ver nevar desde un lugar abrigado. Me parecía estar ante un
enorme postre salpicado de nata y la boca se me hizo agua. También se me ocurrió
que, en algún lugar del cielo los pastores de Dios debían estar esquilando sus ovejas y
que los copos de nieve eran la lana que se le escapaba entre los dedos.
Veía como las montañas lejanas cubrían su vergonzosa desnudez con un manto de un
blancor inmaculado, como queriendo esconder tras él sus feas costras de piedra. Me
invadió una enorme sensación de bienestar, una sensación tan agradable que olvidé
totalmente el sitio donde me encontraba: el colegio. Pensaba en lo bien que se lo
estarían pasando en ese mismo momento los gorriones, volando incansablemente por
el cielo infinito, jugando con los copos de nieve, charlando alegremente – en el idioma
en el que charlan los gorriones-, bajo el alero de un tejado cualquiera, sin tener que
estar encerrados en una sórdida escuela. “Seguramente a los gorriones los copos de
nieve que les caen en el pico, deben producirles la misma sensación de cosquilleo que
a mí, cuando me caen en la nariz. Tanta gracia me hizo este último pensamiento que
sin darme cuenta del lugar en el que me hallaba, comencé a reír como un loco.
Cuando quise apercibirme era demasiado tarde. Mi risa había sonado en el silencio de
la clase, como una descarga de fusilería. Pude ver al maestro dar un respingo, como si
lo hubieren herido de muerte, en tanto clavaba en mí unos ojos redondos como platos,
tal era la impresión que había recibido. Se había hecho un silencio sepulcral en la
clase. Mis compañeros me miraban con compasión, con una sonrisa burlona en los
labios que yo pude traducir como :¡ La que te va a caer encima, majo!
“-Payasos de tres al cuarto, hipócritas!”, pensé para mis adentros.
La rabia que sentía en aquel momento debía ser la causa de que estuviera rojo como
una amapola, según pude deducir del calor que repentinamente había notado en mi
cara. esto me producía un enorme fastidio.
– ¡ Ay, Xavi, Xavi…..! oí decir al señor Pablos en tono paternalista. ¡ Te pasas la vida
pensando en las musarañas. Seguro que ni siquiera has comenzado a hacer los
ejercicios… , ¿apostamos algo?
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No había terminado de hablar cuando ya lo tenía encima, señalándome
acusadoramente con el dedo índice de su mano derecha. Ni siquiera me había dado
tiempo a volver la plana y, por el rabillo del ojo, pude ver con espanto como la hoja de
mi cuaderno de ejercicios estaba blanca, inmaculada, sin un solo rasguño de lápiz.
-¡Lo ves, calamidad!, decía el maestro. ¡Ni uno sólo!.¡Creo que tendré que hablar con
tus padres, muy seriamente, un día de estos!
Dejó caer con fuerza la libreta sobre la mesa y se alejó farfullando algo que no pude
entender. Metí la cabeza entre los hombros, avergonzado, no tanto por no tener
hechos los ejercicios, como por el ridículo que había protagonizado ante todos mis
compañeros. No me preocupaba demasiado la reacción del profesor. Sabía que era un
buen hombre que se esforzaba en enseñarnos cosas, que se preocupaba de inculcarnos
normas de buena educación. Seguramente lo de hablar con mis padres, no había sido
sino una amenaza…
Comencé a mirar con desgana el primer ejercicio:
“ De los alumnos de una escuela suspenden el primer examen 1/3 del total…
-¡Ya empezamos amenazando!, pensé yo. Y seguí leyendo. ¡…el segundo lo suspenden
1/3 de los aprobados anteriormente…!
-¡ Eh, oye, Xavi!, sentí que alguien me llamaba.
-¿ Qué quieres?, respondí dirigiéndome as mi compañero, al tiempo que volvía la cara
hacia él.
Vi que me miraba con extrañeza, en tanto giraba la cabeza a un lado y a otro, como si
buscara a alguien con la mirada. Pero viendo que los demás compañeros estaban
concentrados en el trabajo, me respondió poniendo cara de tonto: ¿ Me hablas a mí?.
– ¡Como que si te hablo a ti?-respondí a mi vez un tanto enfadado. ¿Acaso no
acabas de llamarme?
– ¿Quién, yoooo…?, me respondió de nuevo. Yo no he dicho nada…
– ¡Mira, percebe…!, le susurré amenazadoramente. ¡Deja de tomarme el pelo,
que no estoy para bromas. Con qué … a ver si tengo que partirte los morros!.
Mi compañero estiró el pescuezo como si le apretara el cuello de la camisa, al tiempo
que tragaba saliva con dificultad. Se puso lívido, como un muerto, y sin decir ni una
sola palabra más se enfrascó de nuevo en la tarea.
“Este ya no molesta más hoy”, pensé yo. Y seguí con la misma desgana de antes el
ejercicio. “ …y solamente 1/3 de los aprobados en la segunda prueba superan la
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tercera, con lo que el número de aprobados es dieciséis. ¿Cuántos alumnos se
examinaban?.
-¡Toma ya, cualquiera adivina este jeroglífico…! ¿ Por donde empiezo?
– “¡Chiiiissss…. Xavi, volvió a decir la mima voz de antes. ¡Aquí, en la ventana!”
Miré hacia la ventana, pero lo único que pude ver fue la nieve que seguía cayendo
silenciosamente y había formado unos montoncitos en la repisa exterior. Pensé que mi
compañero se burlaba de mí y, ni corto ni perezoso, le sacudí un terrible codazo entre
las costillas que le hizo doblarse al tiempo que lanzaba un apagado grito de dolor.
-¡¡¡¡Bestia…!!!, susurró, ¿puede saberse que te pasa?. ¡ Si lo vuelves a intentar me
chivo.!
– ¡Y yo le diré que me estás molestando y que no me dejas trabajar!, le contesté airado
mientras lo miraba de reojo.
Casi al mismo tiempo la voz se oyó de nuevo:
-¡“No ha sido él, he sido yo. Estoy atrapado en la junta de la ventana”!
Mire la junta de la ventana y me quedé de piedra. Me froté los ojos con fuerza y volví a
mirar. ¡No podía ser, seguro que estaba soñando!.Pellizqué mi pierna con tanta fuerza,
ue estuve a punto de soltar un grito de dolor. Evidentemente no soñaba. Colgando del
ángulo derecho de la ventana, en la postura más ridícula que yo había visto en mi
vida, había un personajillo no más grande que una moneda de dos euros, que se
debatía penosamente, intentando soltar un trozo de manga que se le había quedado
enganchada. Tenía la cabeza redonda como una pelota de ping-pon, un cuerpo
bastante bien formado y proporcionado para su tamaño y vestía un elegante traje de
esmoquin, bajo el cual asomaba una camisa blanquísima y una alegre pajarita de
lunares pequeños, azules y verdes. Calzaba unos pequeños zapatos de color negro. Era
moreno, como yo y tenía el pelo del color de mi propio pelo. Y un detalle increíble:
llevaba unas diminutas gafas exactamente iguales a las mías y torcidas del lado
izquierdo, como yo las llevo siempre. Cuando descubrió que me había fijado en él, se
iluminó su cara con una amplia sonrisa, al tiempo que decía:
– ¡ Menos mal, chico… Creí que no me verías. Llevo aquí colgado media hora. haz el
favor de ayudarme a bajar.!
Alargué mi mano y desprendí de la ventana a aquel ser diminuto, el cual, cuando se
vió encima de la mesa, saltó ágilmente y aterrizó en medio de mi libreta abierta.
¿Quién eres tú?, le pregunté asombrado.

– Soy Zorongo, respondió él.
-¿ Zorongo?…¿Que és Zorongo?.
– Zorongo es mi nombre. ¿Tan raro te parece?
-¡ Bueno…verás, balbuceé un poco azorado. es que no es normal…!
-¡¡¡Es normalísimo!!!, replicó indignado Zorongo, sin dejarme acabar la frase .Ocurre
que a vosotros, los humanos, cualquier cosa que no os gusta os parece anormal. Sois
muy dados a juzgar, en vez de pensar.
_ Bueno, bueno, perdona. No he querido ofenderte.
_ No me has ofendido, me dijo un poco más calmado. ¡ A mí no puede ofenderme
ningún humano, porque soy muy superior a vosotros!.
Pero me di cuenta que le había ofendido, y mucho.
-¿ Cómo has llegada hasta aquí?, pregunté.
– No puedo decírtelo con exactitud, me replicó. Quizá a través de un rayo de sol. O tal
vez en un copo de nieve. Puede que haya sido una ráfaga de viento quien me haya
traído hasta este lugar. Incluso puedo haber viajado en tu bolsillo. Lo cierto es que
debo haber aterrizado mal, porque ya ves donde estaba.
– ¿ Y de donde has salido?… Quiero decir que cual es tu país.
-Mi país es “El país de la fantasía”. Un lugar maravilloso donde convivimos en
tranquila armonía duendes y princesas, cisnes y ratones, gnomos y libélulas, brujas y
hadas…
– Ya entiendo, dije. ¡Así es que tu eres un duende!.
– ¡ Ah, no, me respondió. Estás muy equivocado. Soy muchísimo más que eso. Yo he
creado a todos los duendes del mundo, y a todas las hadas, cisnes, enanos y ratones de
los cuentos!¡¡¡Yo soy mucho más, muchísimo mas importante que todos ellos juntos!!!,
gritó muy excitado.
-¿Me estás tomando el pelo?, dije yo a su vez, también bastante enfadado.
-Pudiera tomarte el pelo fácilmente. Pero yo jamás, ¿lo entiendes?, jamás miento.
-¿ Nunca, nunca?.
– ¡Nunca!, me respondió muy serio.
– Bueno, le comenté un poco apesadumbrado, pues perdona. Me gustaría seguir
charlando contigo, pero es que tengo trabajo, y el profe acaba de meterme bronca, ya
lo has visto.
– Sí, si, ya lo he visto. Te lo mereces, por gandulete. Pero no te preocupes, yo puedo
hablar contigo mientras trabajas, sin interrumpirte. Incluso puedo ayudarte, si quieres.
-¿Tú sabes matemáticas?¿Entiendes estos problemas tan raros?
– ¡ Pues claro, me respondió riendo. ¡Yo inventé las matemáticas!
-¡Venga ya…! eso habrá que demostrarlo, respondí yo sin creerme lo que estaba
oyendo.
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-Pues te lo demostraré, me dijo, al tiempo que cojía mi lápiz y comenzaba a resolver el
problema. Verás, es muy sencillo: Sólo hay que tener en cuenta que al principio había
3/3, puesto que todos los alumnos de la clase forman una unidad entera. Pero la
segunda vez que se examinan, la unidad entera la forman solo 2/3, puesto que el
primer tercio ya ha suspendido…
– ¡ Madre mía, exclamé, eres un pozo de ciencia!…
-Lo soy, me respondió todo convencido. Lo soy en realidad. A veces hasta yo mismo me
asusto de mi propio poder.
-¿Tanto poder tienes?
-Tanto, me dijo bajando un poco la voz. Muchas veces pienso que mi creador no
debería haberme dado tanta responsabilidad. Es muy difícil poder saberlo todo, poder
hacerlo todo, poder destruirlo todo…
Y mientras hablaba vi como la viveza de sus ojillos, negros y brillantes como el carbón
de piedra, se apagaban lentamente, como si un sol invisible acabara de ocultar el
último de sus rayos en un lejano atardecer.
– ¿ Tu puedes hacerlo y deshacerlo todo, dices?.
-¡ Bueno, casi todo. Todo solamente puede hacerlo quien me creó, que es mucho,
muchísimo más inteligente que yo!, dijo con mucha humildad.
– ¿ Y quien es ese creador?, le pregunté muy intrigado.
– Vosotros, los humanos, lo llamáis con diferentes nombres: Dios. Alá, Buda, Zeus,
Zoroastro… Yo lo llamo simplemente el Creador.
– Así, ¿tú puedes tanto como Dios?.
– Casi. Pero no pretendo ser tanto como él, ni siquiera puedo asemejarme a Él. Sé muy
bien que es mi Creador y que al igual que me creó podrá destruirme en cuanto
quiera…¿ ¡En fin, sigamos con el problema…!
– Verás, si no te importa…preferiría seguir hablando contigo.
– ¡ No te gustan las matemáticas, ¿eh?, dijo un poco serio Zorongo.
-No demasiado, le respondí yo.
-¿Y por qué no te gustan?
-¡¡¡ Son un rollo!!!, le respondí de muy mala gana.
– No lo creas, me dijo él. En realidad son muy fáciles. Solo necesitas cultivar tus ideas.
– ¿ Cultivar mis ideas?¿Como se cultivan las ideas?
-¡ Pues verás, dijo Zorongo, las ideas se cultivan haciendo todo aquello que te
propongas. Pero… para poder hacerlo… debes ser muy sincero contigo mismo…y con
los demás.
-¡ Yo soy muy sincero conmigo mismo y con los demás…!
– Sí, claro, me dijo. ¿Entonces por qué te encierras en tu cuarto diciendo a tus padres
que vas a estudiar y te pones a leer tebeos, a jugar con la Nintendo o a hacer cosas
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peores que no te quiero nombrar?¿ Por qué les dices que no tienes deberes y en
realidad tu problema es que no los quieres hacer?.Por qué escondes la agenda y dices
que te la has dejado en el colegio?¿Por qué mientes al profesor, diciendo que has
acabado el trabajo, cuando sabes que no lo has acabado?¿Por qué te corriges mal los
dictados y dices que no tienes faltas, si sabes que te cogerá y tendrás un castigo?…
– ¿ Pero como sabes todo eso?, respondí extrañado. No me digas que has estado en mi
cuarto y te has chivado a mis padres y al maestro, le dije un poco molesto.
– Pues en realidad así ha sido, porque ya te he dicho que lo puedo hacer todo.
Escúchame, voy a contarte una historia que te aclarará un poco las ideas.
_Oye, verás…, es que llevamos mucho rato charlando y el maestro me va a reñir, si no
hago los problemas.
_¡No te preocupes por el maestro, no se entera de nada porque yo lo estoy
entreteniendo!
-¿Pero cómo lo vas a estar entreteniendo si estás aquí conmigo?
– Yo puedo estar en miles de sitios a la vez, ya te lo he dicho antes .Y hacer miles de
cosas a la vez. Mira al maestro y mira tu libreta.
Sé que no os lo vais a creer, pero cuando levanté la vista vi que el maestro estaba
totalmente concentrado, escribiendo sobre una libreta algo que yo no podía ver. Y
todavía algo más sorprendente. El resto de los chicos de la clase guardaban un silencio
absoluto. Pero lo más increíble de todo, lo que era imposible que hubiera pasado, es
que cuando miré mi libreta, los problemas estaban perfectamente hechos, sin un
tachón y con un orden que yo no había sabido hacer en mi vida.
_¿Tu has podido hacer todo esto al mismo tiempo?, le pregunté abobado.
– Pues claro, me respondió, ya te he dicho que puedo estar…
– En miles de sitios a la vez, le respondí yo acabando su frase.
– Bien, continuó. te había dicho que podías hacer todo lo que te propusieras y que
nunca debes engañarte a ti mismo. Voy a contarte una historia, para que me entiendas.

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