DESPUES DE TANTOS AÑOS ( primera parte)

OLYMPUS DIGITAL CAMERALA ESCUELA DE ESTA HISTORIA

 

Después de tantos años…

 

No es profesor de energía

                                                                                                                                                                                                  Francisco de Icaza, si no de                                                   

                                                                                                                                                                                                  melancolía

                                                    

                                                                                                                                                                                                  Antonio Machado.

 

 

Yo, amigos míos, soy maestro. O al menos lo he sido hasta el día de hoy. No se si seguiré siéndolo mañana, así es que, por si acaso, voy a explicaros, mejor dicho, voy a tratar de explicaros mi última lección magistral… Esta mañana, el director, un señor muy dado a dar disgustos, por cierto, me ha llamado a su despacho, – (no se por qué caray cada vez que un director me llama a un despacho me entra una congoja increíble. Siempre pienso que me van a despedir) – me ha regalado una sonrisa de oreja a oreja, y ha comenzado a hablar con mucha ceremonia de los años pasados, de los años presentes y de los años futuros. De lo que ha cambiado la educación en los últimos años, de que los niños ya no son lo que eran, de que si patatín, de que si patatán… para acabar espetándome a bocajarro lo de la prejubilación. Mira tú que tontería, lo de la prejubilación. Toda mi vida deseando ser un prejubilado y ahora que llega el momento y me lo proponen, pues como que no me apetece mucho.

 

Los directores son personas enormemente convincentes en algunas cosas. ¡Y ladinos…! ¡¡¡ Y largos… larguísimos… !!! Porque, resulta que según él, “soy una persona tan imprescindible para el colegio, que debo seguir viniendo dos días completos cada semana  a trabajar. No puedo dejar colgados a mis alumnos y se necesita “mi enorme experiencia para ayudar a los maestros jóvenes. Así es que daré cinco horas de clase y diez de formación y asesoramiento. Y va, y me lo dice todo de un tirón, así,  como que no quiere la cosa, como sin darle importancia. ¿Se pensará que soy tonto? ¡¡ Coño, dime claramente que soy un derribo, que tengo algunas goteras, que estoy pasado de moda, que necesitas mi puesto para otro más joven y que “Dios me ampare, hermano”!!

 

Y, en realidad, ¿qué esperabas, majete? ¿Acaso pensabas que sonarían las campanas cuando te prejubilaras? ¿O que te regalarían los oídos y llorarían angustiados para que no te fueras? ¿Que el mundo de la enseñanza se hundiría en el abismo cuando tú dejaras de empujarlo?  ¿Crees acaso que eres el Hércules de los colegios? ¿O el dios de los planes de enseñanza?      ¡No eres nadie, “tío”, desengáñate. Eres un número. El número 7.587.196 y  dos números más…! ¡Si al menos hubieras sido político, o futbolista o torero… Yo que se, cualquier cosa importante ¡.¡ Pero maestro… ! ¿Para qué sirve un maestro? ¿Qué produce un maestro?     ¿Has visto en la bolsa alguna acción que se llame Maestros S.A. y que cotice al alza o a la baja?

¿Has conocido a algún maestro al que le  hayan otorgado el Premio Nóbel por su “entrega a la noble tarea de  organizar cabecitas infantiles “? ¿Conoces alguna estatua de aquellas enormes, que adornan los parques públicos o las grandes avenidas de las ciudades, que esté dedicada al Excelentísimo Señor Maestro de Peralejos de Arriba? Si acaso algún medallón de una cabeza calva, que, sujeta a una carilla arrugada, con lentes, en el rincón más oscuro de un parque perdido, de tres o cuatro alumnos que se acordaron de que una vez tuvieron un maestro, que les enseñó a sumar… Nadie lo lee, a nadie le importa, ni a los perros, que se mean sin miramiento alguno delante de las narices de D. Ambrosio. Ni a los dueños, quienes, si a mano viene, hacen lo mismo, con todo el conocimiento. Y, mira, a lo mejor tienen motivos para hacerlo.

 

Porque yo mismo os he de confesar que me hice maestro por venganza. Así, como suena, y mira que suena mal. No por vengarme de mi maestro, aunque tuviera motivos sobrados para hacerlo, ¡que a mí me tocó un maestro…!; sino por vengar a los alumnos .No se si recordáis unos versos de Antonio Machado que empezaban así:

 

 

Una tarde parda y fría                     Es la clase. En un cartel

de invierno. Los colegiales                 se representa a Caín

estudian. Monotonía                          fugitivo, y muerto Abel,

de lluvia tras los cristales…( …)         junto a una mancha carmín

 

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

¡que lleva un “palo” en la mano.!*

 

 

*Evidentemente el lector sabe que el verso no dice eso                  

 

Yo fui a esa escuela. Mi maestro fue el que pinta Machado, pero con mucho peor genio, muchas peores ideas y mucha, mucha, muchísima mala leche. Y con un palo en la mano, en vez de un libro. O mejor dicho, con una colección de palos de mimbre, que tenía clasificados por grosor en una especie de papelera que solía visitar muchas veces al día, en un rincón de la clase.  Porque D. Miguel, que así se llamaba, era de aquellos maestros, que llamaron cursillistas del 36, a quienes pilló la guerra civil estudiando y, habiendo perdido tres años de estudios por alistarse en el ejército y siendo del ejército vencedor, hicieron maestros, y a falta de otros recursos para enseñar, de los que solían carecer,   utilizaban la vara para enseñar y aplicaban la famosa frase “La letra con sangre entra”, sin percatarse que, como dijo alguien de cuyo nombre no logro acordarme : “ Con sangre sí, pero con la sangre del maestro, no con la del alumno”. D. Miguel lo de la sangre lo llevaba a rajatabla. Recuerdo perfectamente frases célebres de don Miguel como : “ A ti te pateo yo las entrañas , si mañana vienes a la escuela sin saberte todas las tablas “. O “ Te arranco las orejas de cuajo si dentro de cinco minutos no has acabado las cuentas”. Y tal cómo lo decía lo hacía. El pobre “Chemané”, diminutivo de José Manuel, un pobre idiotizado, que era incapaz de aprenderse las vocales, tenía los lóbulos de las orejas literalmente arrancados de la cara a base de tirones. Y a Valentín, el del tío Cartucho, que era un desmemoriado total, le habían reventado las yemas de los dedos de los palos que le daba con una regla negra, en forma de prisma cuadrangular y con los  cantos de latón que solía utilizar para pegar en las puntas de los dedos,  porque era incapaz de aprenderse las Obras de Misericordia.” La primera, decía con regocijo, es enseñar al que no sabe” y le sacudía un dolorosísimo  palo en la punta de los dedos, mientras el pobrecillo chillaba y escondía la mano bajo el sobaco, para intentar mitigar el dolor. “ ¡Chilla. chilla,- decía el maestro- , que como no te las sepas aún te quedan trece!.”

D. Miguel solía vengar en los hijos, los defectillos de los padres, pero la tenía especialmente tomada con Pedro el del “Telero”, despectivo utilizado por ser un pobre hombre que se dedicaba a vender telas con un carrillo cubierto con una especie de toldillo curvo, de estructura de cañas y recubierto con una lona. Tenía cinco hijos y ningún otro recurso que no fueran las cuatro perrillas que le dejaban las telas y una especie de comercio con el que no sacaba, seguramente, ni para pagar los impuestos.  Y una mula, pequeñita y a la que se le contaban todos los huesos de su cuerpo por encima de la piel,  que cariñosamente llamaban “Niña”. Le daban de comer un día sí y otro no; el día que no tocaba comer el pobre animal se lo pasaba rebuznando escandalosamente sin que nadie le hiciera ni el menor caso.

– ¿ Por qué “rosna”(*) la Niña, Juan ?, le preguntábamos los chiquillos que vivíamos en el toral .

-No “rosna”, canta, decía Juan. Canta de hambre. Cuando uno tiene hambre y canta, se le pasa la gana. De eso se yo mucho…

La Niña acabó muriendo de hambre. La tiraron a un regato. Tenía los ojos muy abiertos y la enorme bocaza enseñaba todos los dientes, como si quisiera rebuznar por última vez. Y como no acababa de morirse los hijos de Juan le echaban agua por los agujeros de la nariz con una lata vieja, de aquellas de sardinas en aceite  de un kilo. La agonía del pobre animal debió de ser animal, valga la redundancia.

Pues, como iba diciendo, D. Miguel la tenía tomada con Pedro, el telero, así es que, día sí, día no, le sacudía por cualquier cosa que hubiera hecho su padre :” Le dices a tu padre que hoy te pego por que el otro día, cuando pasé por tu puerta, estaba diciendo palabrotas”. Y le daba unas bofetadas que restallaban como tiros. Al pobre Pedro se le llenaban los ojos de lágrimas, pero ni lloraba, ni decía palabra alguna. “… Y que si no está de acuerdo, que venga y me lo diga -proseguía el maestro-  pero que se ande  con ojo porque está al caer el cobro de la ayuda  familiar …”.

Porque ese era otro de los “encargos” de D. Miguel. Pagaba la ayuda familiar que el gobierno daba a las familias numerosas, 125 pesetas al mes, mejor dicho, 100, porque las 25 se las “regalaban” cada una de las familias, por el agradecimiento de cobrar cada primero de mes… Y si alguno se “olvidaba” de dejar los cinco duros, el mes siguiente no estaba en la lista, había que reclamar a Madrid y no cobraba hasta el mes próximo, si es que “en Madrid habían contestado el oficio”, que si no habían contestado igual estaba tres meses sin cobrar y, ya se sabe, que en tiempos de hambre vale más comer poco que no comer.

Un día, Juan, el telero, se cansó de aguantar al maestro y lo esperó a la salida de la escuela. Hubo un juicio y lo desterraron del pueblo. El maestro siguió pagando la ayuda familiar bastantes años más. Pedro, el telero, emigró a Alcalá de Henares, donde un pariente lo colocó en un bar que tenía y, a base de mucho trabajo, acabó montando un pequeño restaurante que ahora llevan sus hijos. No quiere ni oír hablar  de D. Miguel.

 

D. Miguel sólo enseñaba tres cosas en la escuela : Cuentas y problemas, dictados y caligrafía, y religión. Decía que para ser labrador con eso bastaba. Las cuentas, para no equivocarse al contar los capitales; los problemas de áreas, hectáreas y metros cuadrados, para saber lo que tenían, lo que cogían y lo que sembraban. La caligrafía y los dictados para poder valerse y no ser como los padres, que la mayoría tenían que firmar haciendo una cruz… Y la religión para aprender a no ser soberbios y conformarse con la cruz que Dios nos da a cada uno. Que lo que decía el Caudillo era cierto : “ ¡ Por el imperio se va hacia Dios”!

 

La caligrafía de D. Miguel era única. Cada tarde, después de explicar o preguntar la Historia Sagrada, cogía la tiza, yo creo que con mimo, borraba el encerado y con una preciosa letra inglesa escribía en la pizarra para que los niños lo copiáramos en nuestros cuadernos de limpio, frases lapidarias. Nunca podré olvidar, por el impacto moral que me causaba- yo tenía entonces ocho años-, esta preciosa frase :

 

“Pecador, alerta, que la muerte se acerca. No te acuestes en pecado, no amanezcas condenado”.

 

Evidentemente era una frase que provocaba larguísimas vigilias las noches posteriores, porque cualquiera de los muchos ruidos de la noche en una casa de pueblo, era la llegada inminente  de la muerte con su guadaña, que venía a buscarte . Así es que no era raro que por la tarde, cuando salíamos de la escuela, nos acercáramos a ver a D. Antonio, el cura del pueblo, para pedir confesión. A veces no tenías de qué confesarte y yo recuerdo haberme inventado cosas como : “ me acuso de haber dicho coño y coña”, aunque fuera mentira y por si acaso…

 

De manera que, habiendo vivido estas experiencias y otras por el estilo, me prometí a mi mismo que vengaría a los niños a los que mi maestro, D. Miguel, había mancillado con sus malas artes y sus nefastos ejemplos…  ( CONTINUARÁ)

 

 

* Rosnar : regionalismo que significa rebuznar

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