EL MAESTRO

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El Maestro                                                      Como el olivar,

                                                                                     mucho fruto lleva,

poca sombra da.

 

 

Y un día, hace ya muchos años, lo conseguí. Me hice maestro y, cosa curiosa, cada vez que un niño tiene cualquier problema, sea del tipo que sea, no puedo por menos de acordarme de mi venganza… Nunca, en mis muchos años de “enseñante” , he puesto la mano encima a un alumno.

Mi primer destino fue una vieja escuela unitaria de cuarenta y tantos niños, de ocho cursos diferentes, en un aula de apenas quince metros cuadrados, en un pueblo muy pequeño. Tenía adosado un cuartito donde se guardaban algunos mapas, viejos casi todos, rotos algunos…; una bola del mundo descascarillada, un paquete de tizas y mucha, mucha, muchísima suciedad.

En el aula había tres mesas cuadradas para los más pequeños, con unas sillas diminutas, y quince pupitres de dos plazas, medio nuevos. Una pizarra apoyada en un trípode de madera, un puntero, una estantería de pared con una treintena de libros viejísimos, un puntero y un viejo compás de madera. Y nada más.

El primer día tuve ganas de salir corriendo de allí sin volver la vista atrás. No sabía que hacer, ni por donde empezar, ni que decir, ni como organizar aquel desbarajuste. Eso no me lo habían enseñado en la Escuela de Magisterio. Nadie me había preparado para aquel golpe bajo. ¡ Cuarenta niños, de ocho cursos diferentes, todos en un mismo aula, sin nadie que me ayudara a nada… !.

–      Me voy, le dije a mi madre angustiado, cuando llegué a casa. Yo no sirvo para esto.

¿ Qué voy a hacer ? ¿ Por donde empiezo ? ¿ Qué les digo ?

–      ¡Te quedas !, me dijo mi madre- una maestra con treinta años de experiencia-, y empieza por el principio. Conoce a tus niños- mi madre nunca los llamaba alumnos-; habla con ellos, míralos a los ojos y lee lo que te digan. Si no eres capaz de hacer lo que te dicen los ojos de un niño, entonces te vas, porque no sirves para ser maestro. Pero si eres capaz de adivinar en sus miradas la esperanza de aprender lo que tu sabes, el deseo de oír una palabra amable, la ansiedad de saber o la ternura que se adivina en la cara de alguien que te necesita y confía en ti, entonces, nunca más querrás marcharte. Pero hasta que adivines todo eso, te quedas.!

–      ¡ Que lista era mi madre !

Me quedé. Hace cuarenta años que me quedé. Aprendí a leer en los ojos de aquellos niños, a adivinar sus deseos, a escucharlos y a callar mientras me hablaban, a agarrar su mano para guiar sus primeros trazos, torpes, torcidos, ininteligibles. A reír con ellos, a llorar con ellos, a “aprender con ellos” a “ aprender de ellos”. He llegado al convencimiento absoluto que un maestro que no es capaz de aprender nada de un niño, no puede ser buen maestro. . .

Hay quien piensa que la vida de un maestro es algo monótono y aburrido. Total, para enseñar las “ cuatro reglas” sirve cualquiera. Tienen razón. Para enseñar cuatro reglas sirve cualquiera que las sepa, pero enseñar a un niño es mucho más que enseñar las cuatro reglas. Nadie puede enseñar a un niño que no sea capaz de hacerse niño en aquello que enseña; o adolescente o joven. Todos nosotros hemos tenido a lo largo de nuestra vida muchos maestros. De cada uno de ellos hemos heredado algo: un gesto, una caricia, un improperio, un grito, una súplica, una decepción, un hábito, el fundamento de una idea… A muy pocos recordamos, porque muy pocos siguen siendo nuestros maestros. Intentamos despedir de nuestras mentes a aquellos que no nos aportaron nada y, la mayoría de las veces acabamos consiguiéndolo. Y mira que a veces es difícil despedirse de alguien Y mucho menos olvidarse. En una despedida de ciertos alumnos a los que tuve especial afecto logré escribir mis sentimientos sobre las despedidas. Más o menos venía a decir :

“Nadie puede olvidarse de nadie, aunque lo quiera. Es imposible salir del recuerdo y de su costumbre sin entrar de nuevo en el polen que, esparcido por los estigmas abiertos de nuestras almas, rondará entre nosotros, abriéndonos su puerta a caminos y rincones.

La frontera del recuerdo es así de primitiva; parece  hecha de cristal y de  silencio, pero es bulla que que nos ondea, nos radica, nos conva y nos envenena.

Cada vez que se intenta, la evocación, esa conciencia decantada por el tiempo, ese sentimiento tornasolado que hace volver a los seres humanos a sus mejores y sus peores espacios, pondrá la sangre en ristre y el tiempo se transformará en una inefable presencia, en una presencia virgen y criatura.

Y cada vez que una  lágrima traidora aflore al confín fronterizo de tu parte divina y pugne por saltar la barrera de la parte humana, déjala que sea libre y que cumpla con la misión sagrada para la que fué concebida. Luego piensa en nosotros y sonríe.

Yo nunca te olvidaré, amigo. No me olvides nunca, amigo.”

Unos años más tarde, quince o veinte, un grupo de estos alumnos me sorprendieron muy agradablemente con una cena y un recuerdo. Habian grabado para mi, en una placa, este escrito.

“La evocación, un sentimiento tornasolado…

Yo nunca te olvidaré, amigo, no me olvides nunca, amigo”

 

Se me escaparon las lágrimas y acabamos llorando y riendo todos juntos. Luego nos despedimos con unos abrazos enormes.

He pasado mi vida entre niños y sólo de unos pocos guardo memoria. Sobre todo de aquellos a los que no fui capaz de acceder. Accedí a sus mentes pero no a su alma. Y eso, lo mires como lo mires, siempre es un fracaso.

Quiero recordar aquí a dos de ellos. Un se llamaba Manuel  Piña. Desde muy jovencito, casi un niño, vivió en la calle, con todos los peligros que eso conlleva. Sus padres no supieron o no pudieron o no quisieron ver la necesidad absoluta de cariño que Manuel tenía. Creo que sus maestros tampoco. Lo encontré, algunos años después por la calle. Era un chico alto, delgado, desgarbado, con unos increibles ojos azules que transmitían, desde siempre, una inmensa súplica. Iba con otro grupo de jóvenes, chicos y chicas y de dirigió a mí. Le saludé efusivo y le pregunté que era de su vida. Sus palabras se me clavaron en el alma. “ Yo ya no tengo vida, maestro. Con lo poco que aprendí, de lo mucho que quisiste enseñarme, he llegado a los veinte años. No llegaré mucho más lejos. Estoy en fase terminal de SIDA”. Y de aquellos ojos tan expresivos y ahora tan muertos, cayeron dos lágrimas. De los míos tambien. Le di un abrazo y farfullé un atolondrado: “ ¡ Cuanto lo siento, Manuel, por ti y por mí !”. No volví a verlo, pero me enteré que no mucho tiempo despues su madre lo encontró muerto en el lavabo de su casa con una aguja clavada en el brazo. Lo mató una sobredosis de heroína.Una pobre crisálida que apenas abiertos los ojos a la salida del capullo de seda que la protegía, fue devorada por el cuervo hambriento, que la estaba esperando. No le dio tiempo a ver la luz del sol, si acaso a intuir su cegador brillo.

Otro de mis alumnos fue Juan Suñol. Siempre recordaré su afición a las motos. Recuerdo que un dia, cansado ya de intentar enseñarle los más elementales fundamentos de física, pense que, ya que era tan aficionado a las motos, tal vez podría enseñarle algo en el taller  que había al lado del colegio. Así es que hablé con el mecánico y le pedí si era  posible hacer llegar al colegio un motor de alguna moto vieja, explicándole para que la quería. El motor llegó al colegio y Juan no aprendió más fórmulas de física, pero aprendió, yo creo que pieza por pieza, el funcionamiento de un motor de dos tiempos. Algún tiempo despues me lo encontré por la calle. Llevaba un niño de la mano y una chica al lado. Eran su esposa y su hijo Sergio, de cinco años. Me saludó muy cariñoso y me presentó a su esposa. Luego, le dijo al niño : “ Mira, Sergio, este señor és mi maestro”. Dijo és, en presente de indicativo. Yo le corregí amablemente diciéndole : “ Yo fui tu maestro, Juan, hace muchos años”. Y el, tambien amablemente me dijo : “ Usted siempre será mi maestro”.

Luego me explicó que tenía un taller de motos.

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