A LA ABUELA DOLORES, LA CUCA.

cielos de Ferran 3

RETAZOS DEL AYER

                                                                                                                                                                              A la abuela Dolores, allá  donde esté.

 

   ¿ Dónde fueron, Dolores, los antiguos arados

el mugir de los bueyes y el potro sayagués ?

¿Dónde los recios carros, de costales cargados ?

¿ Dónde las dulces uvas de los vinos dorados ?

¿ Adónde se ha marchado el buen abuelo Andrés ?

¿ Que ha pasado, Dolores, con los viriles mozos

que contaban luceros en el amanecer ?

¡ Aquellos que partían, bebiéndose los gozos,

el páramo infinito en infinitos trozos

desde el nacer del día hasta el anochecer !

¿ Dónde han ido, Dolores, las muchachas lozanas

que juntaban gavillas, que trillaban la mies,

que cantaban alegres en mañanas tempranas

amasando los panes en tahonas cercanas

o acarreaban agua en el atardecer  ?

Alentabas, Dolores, tus sueños imposibles

que hablaban, fantasiosos, de volver al ayer.

No entendiste el mensaje de lazos invisibles

que amarraron las almas con nudos irrompibles

y marcaron caminos a un nuevo amanecer…

Guardabas, recelosa, entre marcos ambiguos,

recuerdos obsesivos, retazos del ayer;

vigilabas, calmosa, patrimonios antiguos,

juntabas, sonriendo, tus pedazos, exiguos,

manteniéndote erguida, como un viejo ciprés.

Buscabas los silencios de las sombras amadas

en los seres etéreos, que sientes y no ves,

persiguiendo sus huellas en las níveas almohadas,

venteando sus rastros en cuadras arruinadas,

siguiendo las pisadas de inexistentes pies.

Ni plúmbeas madrugadas, gélidas cual diamantes,

cromáticos albores de la Eterna Deidad,

ni exotéricas danzas de sílfides errantes

ni cuchicheos morbosos de ocultos nigromantes,

rompieron las constantes de tu fiel soledad

Pero el pasar del tiempo quebrantó tu estructura

trocando reciedumbre en plácida vejez,

hasta que un día cualquiera, vencida tu bravura,

entornaste los ojos con serena dulzura,

pensaste que debías seguir tu singladura

rompiste las amarras y te fuiste, también.

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