A NARCISO YEPES

nARCISO yEPES 2

A mi amigo Narciso Yepes,que

fue una maravilla de persona y

un guitarrista excepcional.

Con mi recuerdo y afecto .

 

 

 

CONCIERTO DE GUITARRA DEL MAESTRO YEPES

 

Estabas tú, Narciso, tocando la guitarra,

arabescos de notas en sus cuerdas formabas,

la magia de tus dedos, que en sonora algarada

casaban en concierto el bordón y la cuarta,

la requinta y la prima… ¡ resonancia – decías -,

todo lo hace la caja, todo lo hace la caja !

En la plácida tarde sonaba una pavana :

damas y caballeros, vestidos de oro y plata,

al compás de tus notas entretejían danzas:

caminaban altivos, marciales desfilaban,

inclinaban sus testas ante las bellas damas,

que, en coquetos mohines – tal vez aparentaban -,

deshacían la rueda y luego la formaban

enlazados los talles a las estrellas claras…

En tanto los señores, al fondo de la sala,

devoraban asados a pura dentellada.

Estabas tú, Narciso, probando tu guitarra:

hacías sonar el tango que describiera Tárrega,

danzaba el molinero, suspiraba la Alhambra…

En noche tormentosa, de amenazas preñada,

encendió el fuego fatuo su llama imaginada,

sollozaban las quenas, suspiraban las flautas,

y al ritmo trepidante que marcan las maracas

atronó el altiplano: caballos en manadas,

búfalos encelados, indios en danza brava,

el cóndor, en lo alto, avizor, vigilaba

la cumbre andina, virgen, de nieve blanqueada,

de picachos agudos, de oscuras hondonadas,

de templos misteriosos, de selva inmaculada

de ríos azulados, de preciosas cascadas…

Estabas tú, Narciso, jugando en tu guitarra :

la diosa Sarasvati, esposa que es de Brahma,

la madre de los Vedas, que el escrito inventara,

con su etérea belleza, sus brazos acunaban

un tambor, un rosario, un libro, una albahaca;

acudiendo al reclamo  de tu música cálida,

aseguro, y es cierto,  que yo la vi prendada,

y en su sabiduría, de diosa imaginada,

escondía su vina, tal vez avergonzada,

y se sentó a escucharte en silencio, callada.

Estabas tú, Narciso, sonando en  tu guitarra:

cuatro angelines rubios, de testa ensortijada,

asomaban, curiosos, su carita rosada

y se quedaban quietos, escuchando. Parada

ante la verja, la Virgen, sonriendo, los miraba.

Estabas tú, Narciso tocando tu guitarra:

en tenues estertores Castilla se apagaba

encendiendo rumores, susurros, besos, cábalas.

Entre los viejos muros de la iglesia, grisácea,

jugaban los vencejos. La noche se acercaba.

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