LA HIJA DEL HERRERO

La hija del herrero

LA HIJA DEL HERRERO

Para la prima Montse, que es una delicia de persona.

“Yo soy muy torpe”, me espetó de repente y casi sin que viniera a cuento, una mañana de verano en la cocina de su casa. Todo el mundo me lo ha dicho siempre, desde la maestra de la escuela, has los gatos del “sobrao”. No me acuerdo muy bien de que iba la conversación, pero si me acuerdo que había ido a ver a su padre, Sabas el herrero, que había tenido un ictus y a darle el pésame por la muerte de Gris, su mujer, unos meses antes y al mismo tiempo a copiarle en su ordenador algunas de las fantasías que yo escribo.

– Pues a mi no me parece que seas nada torpe, le contesté totalmente convencido. Lo mismo me da que lo diga la maestra, como si lo dice el “sursum corda”. ¿Por qué vas a ser torpe?

– Que sí, hombre, que sí, que no hace falta que me lo diga nadie; ya lo sé yo. Por eso estoy donde estoy.

– Estas donde has querido estar, creo yo… ¿ Por qué habías de estar en otro sitio?

No recuerdo como acabó la conversación, pero durante mucho tiempo las palabras de Montse, la prima Montse, me machacaron el cerebro y nunca he podido entender el por qué de esa afirmación. Porque a mi me parece que hay que ser inteligente para hacer lo que Montse hace. Y además de inteligente, buena persona. Mi prima Montse, tiene el alma blanca, como una luna llena de verano en noche serena y tierna y delicada, como un enorme pan recién sacado del horno. Es detallista y agradable como solo algunas personas saben serlo. Siempre verás en su cara una agradable sonrisa y aunque los avatares de la vida han forjado su carácter a fuego y duro golpe de martillo, doblándole el espíritu en muchas ocasiones, la materia del buen acero de la que está hecha, ha respondido al trabajo de una inteligencia muy superior y, en vez de haberla transformado en un trozo deforme de metal, resquebrajado por los golpes que la vida le ha dado, ha nacido en ella una preciosa escultura, una de aquellas esculturas griegas de fino mármol que cuanto más las miras más engrandecen tu espíritu, al tiempo que alegran tu alma por la contemplación de algo que teniendo materia de piedra, da la sensación de ser de una delicadeza extrema hecha del más fino y transparente cristal que pareciera poder quebrarse en mil pedazos con el más leve roce, pero que sabes que su dureza interior es indestructible y será inmortal para siempre en los ojos de quien las contempla . Y estás seguro que dentro de ella palpita un  rojo corazón de rubí cuya belleza seguirá brillando para siempre, más allá de la vida y de la muerte, maravillando a los ojos de quien pudiera contemplarlo. Porque ese inmenso corazón está forjado en la fragua del sufrimiento en silencio, de las lágrimas vertidas a solas, cuando el alma, libre de ataduras y etiquetas se muestra en toda su extensión como verdaderamente es, frágil como un delicado espejo de cristal, cuando los ramalazos del recuerdo de los seres queridos, que ya no están, se reflejan en ella vívidos y reales como si aún estuvieran, en sus ensoñaciones y recuerdos, en sus mejores y peores momentos, mirándola combada, – al alma-, por la pena del dolor que lacera la carne con los finos cuchillos del sentimiento. Es lo que hace humanas a las buenas personas. Los ríos de las lágrimas se mimetizan entre las delicadas formas de la bondad y lo que dejan ver son sus aguas cristalinas, puras de origen, donde los rayos del sol de la mañana crea sensaciones de irrealidad, brillos de matices inigualables que fortalecen con sus rayos de pureza a las personas que los rodean.

Y así un día ves que los ojos de la prima Montse crean chispitas de cariño cuando te acercas a saludarla. Y otro día ves con que delicadeza le ofrece a Sabas, su padre, un pañuelillo de papel para que limpie su boca de saliva, porque su cerebro ahora no es capaz de hacérselo notar. O como se alegra de que el padre disfrute con las historias tiernas de un libro que habla del abuelo o de la tía o de las personas con las que le tocó tratar a lo largo de su dilatada vida de herrero del pueblo, intente aprenderse, en reto impuesto con él mismo, un verso demasiado largo, al que hay que ponerle ganas para recordar un trozo. O como se entristece con la añoranza de las personas que un día estuvieron recibiendo sus atenciones de buena hija, buena nieta o buena amiga y de las que ahora recibe bendiciones, porque “siendo tan torpe como ha demostrado ser”, ha alegrado y sigue alegrando la vida de todos aquellos que la conocen.

Yo soy poco listo, pero no hace falta serlo para darse cuenta que la prima Montse es alguien muy, pero que muy especial y que dentro de su pecho late un corazón hecho con un  inmenso rubí rojo, que brillará más allá de la vida y de la muerte en el cariño de los que la rodean y la quieren. Y hay que ser muy listo para que una persona pueda conseguirlo.

Te lo debía desde hace mucho tiempo.

Con mi cariño y mi admiración por ti, prima torpe.

Manolo.

la luna estrella

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