LOS TIEMPOS DEL “¡mira…mira, que te…que te” (Primera parte)

MANGA DE CAFÉ

LOS TIEMPO DE LA ACHICORIA

Hubo una época en que las gentes pobres no tenían dinero para comprar café. La raíz de la achicoria tostada y molida, era el sustitutivo del café del pobre. Se hacía en un puchero, al arrimo de la lumbre. Cuando el agua hervía se echaba un puñado de achicoria que teñía el agua en una especie de engaño de café. La gente pobre echaba una brasa de la lumbre dentro del puchero, porque decían que así tenía más cuerpo. Luego se colaba con el famoso colador de manga y se servía bien caliente. En los días de fiesta los hombres le solían añadir un chorro de aguardiente o de coñac, el famoso “carajillo”.

Eran los años del hambre. El país acababa de salir de una guerra fratricida y cruel y todavía lloraba a sus muertos. En una guerra civil pierden todos. Hubo padres que perdieron a sus hijos, jóvenes, en la flor de la vida, porque con dieciocho años y sin haber visto nunca un fusil de los llevaban a matar a otros al frente de batalla. Me lo contó Bienve, un viejecillo traumatizado, que tuvo suerte y volvió a casa, “no sé pa qué”, decía, porque ya no tengo ninguno de mis amigos, los han matado a todos. Cuando llegué al cuartel me dieron un fusil lleno de sangre seca, de uno que habían matado de un tiro en la cabeza, me dijeron. Lo tuve que limpiar con trapos y agua, engrasarlo, y aprender a usarlo, porque yo no sabía ni donde se metían las balas. Cuando me enseñaron, me llevaron al frente y me decían que tenía que tirar a matar a los que había al otro lado del río. Anduvimos por el frente del Guadarrama y Madrid y luego por la zona del Ebro. Nadie me dijo nunca por qué tenía que matar a otros que eran como yo y no me habían hecho nada, pero el sargento siempre decía : “Si no matáis os matan”. Así es que yo tiraba a todo lo que se movía. No sé si llegué a matar a nadie, porque allí había un “fregao” de todos los demonios y las balas iban por donde le daba la gana. Si te tocaban, estabas “aviao”, así es que nos pasábamos el día medio escondidos, para que no nos vieran. Pero cuando decían “zafarrancho de combate”, teníamos que correr “p’alante”, venga a pegar tiros y rezando pa que no te tocara una bala y te dejara en el sitio. Eso no se puede olvidar nunca, ver a muchachos como nosotros que de repente se paraban y se caían “p’atrás”, o “p’alante” y antes de llegar al suelo ya estaban muertos. A los que no se morían daba lástima verlos gritando y llamando a sus madres, a sus mujeres o a sus hijos, sin que nadie les hiciera caso. Teníamos tanto miedo, tanta hambre y estábamos tan sucios que, en los días de calor te quitabas el “jarsey”, lo dejabas encima de una piedra y se lo llevaban los piojos…

Más de un millón de muertos de toda clase social, dejaron el campo sin gente joven, las fábricas sin mano de obra, los hijos sin padre y los padres sin hijos. Y con muchos miedos y muchos rencores que pasaron de generación en generación y nunca se perdonaron. Hubo gente que aprovechó el momento para denunciar a otros con los que estaban enemistados, diciendo que no iban a misa en un bando, o que si iban a misa y rezaban, en el otro bando, para que los escuadrones de la muerte, los comisarios políticos por un lado y los falangistas por otro, aparecieran un día en el pueblo con sus coches negros y sus camionetas, detuvieran a un padre de familia, se lo llevaran y apareciera muerto, si aparecía, a las afueras del pueblo, cosido a balazos y con el tiro de gracia en la cabeza. Los familiares los recogían y los enterraban en silencio y el silencio y el miedo a ser el siguiente se apoderaba de sus mentes, les hacía bajar los ojos al suelo, perdiendo la mirada en su interior, un volcán de rabia, de rencor y de miedo  y los enmudecía para siempre. No se hablaba nunca más del muerto, porque “las paredes tenían orejas”, el amigo podía ser el enemigo y los parientes podían ser los chivatos de comisario político o del jefe de la falange local, que eran intocables e implacables.

Algunas familias, de las dos Españas, nunca volvieron a ver a sus hermanos, a sus padres o a sus hijos. Un agujero, en una cuneta cualquiera, sirvió de tumba. Todavía hoy, después de ochenta y seis años más tarde, de una victoria para algunos, de una reconciliación y de una mal llamada democracia, algunos siguen en ese agujero… Y lo que es la vida, esos cuerpos que non se ven ya, dan vida a las amapolas que, año tras año, siguen naciendo encima de los muertos como una hermosa manta de colores que quisiera tapar la fealdad y la miseria que se esconde bajo sus rojos pétalos y alegrar la vida a los que solo contemplan el exterior de las cosas.

Los años de la achicoria fueron años de hambre, porque el país quedó totalmente arruinado y la mayoría de la gente no tenía ni donde caerse muerto. Labraban el trozo de tierra, que era lo único que la guerra no se había podido llevar, desde el nacer del alba hasta el ocaso, con las espalda a la helada en invierno y la barriga a la sombra en verano, en una curva interminable que deshacía los cuerpos y llenaba el alma de negras esperanzas; porque después de todo un año de trabajar sin descanso, apenas si quedaba nada, una vez pagados los impuestos, los abonos y la escasa comida que podían permitirse comprar.Durante muchos años, los cobradores de la muerte, una especie de recaudadores de impuestos del gobierno, se presentaban en la casa de los labradores a cualquier hora, naturalmente sin previo aviso, para inspeccionar la miseria, que era lo que había en la mayoría de las casas, en forma de cosecha. Porque hasta aquello que los pobres  habían ganado con tanto sudor, tenía que ser declarado, para que los que “habían ganado la guerra”, llenaran las arcas del estado y las de los que manejaban esas arcas, con los tributos del sudor, las lágrimas y el hambre  de los que tanto habían sufrido para recoger unas pocas fanegas de grano con las que poder mantener a sus familias. Y eran implacables si descubrían o creían descubrir, que un labrador había declarado menos cosecha de la que en realidad había cogido, porque, aparte de robársela, las multas eran espantosas, condenando al hambre a la familia que pillaban en renuncio. De nada servían las lágrimas ni los ruegos, los hijos llenos de mocos y enfermedades o la mujer, medio muerta por el trabajo, el dolor y los partos anuales. Multa o cárcel para los dueños de la  miseria; comida abundante y buenos trajes para los que en su vida habían doblado el espinazo.Los esclavos del siglo XX ahogaban sus penas con el vino hecho en casa, que se metía en el alma con la fuerza de un toro, nublaba a veces la razón de las gentes y se olvidaban de ser buenos. Mientras tanto   las manos y los pies de los trabajadores, encallecidos ambos, se llenaban de sabañones o de ampollas, que dolían o picaban como un demonio, pero nadie iba al médico por esas menudencias, porque el médico cobraba una “iguala” cada mes y muchos no podían pagarla. Al médico se iba cuando no había más remedio. A veces, muchas veces, el médico ya no podía hacer nada. Entonces la gente enterraba al muerto, como una cosa natural, daba igual la edad que tuviera, murmurando por lo bajo, como si el médico tuviera la culpa de la miseria. “Lo que el médico yerra, lo tapa la tierra”, se solía decir. Los obreros de las fábricas, en las ciudades donde había fábricas, eran un enjambre de personas que se movían al toque de la sirena, ganando salarios de miseria por jornadas inacabables de trabajo. Pero su vida no era mucho mejor que la del labrador. Algunos se vinieron del pueblo a la ciudad, porque allí ya no había futuro y malvivían en los suburbios de las grandes ciudades o en los pueblos de los alrededores, en un piso pequeño, con muy pocas comodidades, compartiendo a veces cocina y water  con los demás habitantes del rellano, en unas condiciones insalubres, una celdilla en el panal. Pero sus caras tenían el mismo rictus de miedo y de tragedia. Y la vida seguía igual al día siguiente.

El pan negro hecho de centeno, se imponía al pan blanco en un sitio donde se cultivaba tanto trigo candeal. Las patatas, los garbanzos y las judías, junto con algunas verduras, en el tiempo en que las había, era el menú diario de los pobres. La fruta era un lujo y el pescado salía tan caro que, en casi todas las familias, se repartía una sardina entre dos o tres personas, cuando se podía comprar, que eran pocas veces. El chorizo, el salchichón, el jamón, el tocino, la morcilla y el farinato del cerdo que la familia criaba en casa, se estiraban para hacerlos durar para el verano, que era la época en que el cuerpo necesitaba rehacerse de las inhumanas condiciones del trabajo diario. Eso las familias que podían criar un cerdo, que no eran todas… Los que no podían, enviaban a los hijos desde que eran unos niños, a trabajar “an  ca l’amo”, que era uno de los que siempre había vivido mejor que los demás, a cambio, la mayor parte de las veces, de que le dieran de comer poco y mal, que era más de lo que le podían dar en casa, hasta que cuando se hacían un poco más grandes, les hacían de criados para todo por un salario de esclavo.

 

LA FAMILIA DE LOS CUCOS, MI FAMILIA, HACE 78 AÑOS

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La gente comía de todo. Yo conocí a una familia que se comían los lagartos que podían cazar, fritos, como si fuera pescado. Y cuando cazaban un bastardo, lo cocían con patatas y era una comida o una cena exquisita. Yo comí, una vez que me invitaron y me pareció muy bueno, pero cuando se lo dije a mi madre me amenazó con dejarme ocho días en casa si volvía a hacer esas “marranadas”. Todavía sigo sin entender por qué, pero el  “¡mira, mira!” “ ¡que te, que te!”, “¡como me hagas ir!”, “¡tira p’adentro que ya hablaremos tu y yo!”, o el famoso “¡ya verás cuando venga tu padre!”, me hizo desistir de preguntarlo. Porque eran los tiempos en los que los padres, los abuelos, el cura y el maestro, eran los “amos” de los niños. Y cuando la discusión se alargaba más allá de lo necesario se acababa de repente con un pescozón, un zapatillazo en el culo, un par de tortas o un tirón de orejas, que, contrariamente a lo que dicen los psicólogos actuales, nunca nos dejó traumatizados. Y eso que luego el razonamiento que te daban era acorde con los pescozones, porque casi siempre era aquello de : “Quien bien te quiere… te hará llorar”. “Haz lo que yo te diga y no ,lo que yo haga” y el famosísimo artículo único de todos los maestros de este país, “La letra con sangre entra”, pero como dijo un famoso pedagogo de este país, nunca especificaron si era con la sangre del niño o con la del maestro. Yo puedo afirmar que siempre, siempre, era con la del niño.

Los labradores eran las gentes del pantalón y la chaqueta de pana, que era la ropa que se podían comprar. Las abarcas de goma y las botas de agua, era el calzado diario. Cuando el pantalón se rompía o se gastaba por el uso, se remendaba con un trozo de pana de otro pantalón o con un trozo de pana nuevo, si se podía comprar. La pelliza de lana para los días de fiesta, que quitaba el frío de las heladas, era patrimonio de unos pocos y tener un abrigo o una gabardina, era un lujo. ( Continuará)

 Planta de la achicoria

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