EL TIEMPO DE LA ACHICORIA (Las entrañas de la cocina)

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LAS ENTRAÑAS DE LA COCINA

Cuando abrieron de nuevo los ojos y las telarañas de las lágrimas les dejaron ver sin distorsiones lo que había delante de ellos, se dieron cuenta de que tampoco era gran cosa lo que representaba el progreso. Que las palabras de aquellos que pregonaban a pleno pulmón las ventajas de ser libres, en la mayoría de las ocasiones no dejaban de ser, de nuevo, las palabras del charlatán de las ferias que embaucaban a las gentes en beneficio propio o de sus amos, que seguían existiendo a pesar de la finura que gastaban al hablar y el fino cepillado de lo que llamaban educación, y que el obrero siempre seguiría siendo el obrero. Entonces se miraron unos y otros, cruzaron las pocas experiencias acumuladas de aquello nuevo que se llamaba libertad, abrieron los sueños de las quimeras individuales y con las fotografías del sentimiento torpemente enganchadas formaron un mural enorme en donde la palabra más importante se veía distorsionada entre humos de fábricas, cuadras de vacas, ladrillos y polvo de construcciones inacabables, fríos siberianos en invierno y calores tropicales en verano, desvencijadas auto caravanas que si bien tenían el calor de una pequeña estufa maloliente, no tenían el olor a resina o tomillo que se podía sentir en la cocina del pueblo. En la mayoría de los casos faltaban el padre, la madre, los abuelos, los hermanos, que habían sido suplantados por algunos conocidos, los que tuvieron suerte y por muchos desconocidos los que no  la tuvieron tanto, que, además, hablaban un idioma distinto. Cuando fueron capaces de comunicarse de nuevo y se metieron los unos en los caminos de los otros y llegaron a casa foráneas, se dieron cuenta, una vez más, que en todos los sitios estaba escrita la misma palabra y que los desconchones del papel donde estaba escrita eran los mismos.

De repente salieron del sueño y una vez más se vieron engañados. Los facinerosos del engaño, salidos vete tú a saber de qué cloacas malolientes, que les habían prometido una vida nueva, sin agobios, sin rencores, sin odios y sin amos, los sostenían en sus brazos mientras les cantaban, como si de una nana se tratara, consignas y promesas que nunca llegaban a ver, al tiempo que  les observaban atentamente. Cuando volvieron a ser ellos y les preguntaron que querían, solamente salieron de sus bocas, torcidas por el hastío y la pena, dos palabras: agua y pan. Luego cayeron de nuevo en una especie de sopor que les hacía ver interminables horas de trabajo a lo largo de la cadena de una fábrica en un edificio frío y distante en el que la música no era de alondras mañaneras, ni la de los jilgueros y los verderones, sino la risotada soez y malhumorada del encargado de turno y el látigo restallante del insulto para que no se durmieran demasiado, porque había mucho que hacer, aunque siempre fuera lo mismo: meter la pieza bajo una máquina y sacar el  molde que depositaban en la cadena para que otro hastiado una poco más allá metiera el molde bajo la máquina y sacara una pieza que seguía su camino hacia el fondo interminable de la cadena.

Pero la palabra libertad seguía engordando como una idea preñada de esperanzas y fue llenando los contornos, los hombres, los animales, las piedras de los edificios cubiertos de musgo rancio, las paredes y los neones de las grandes ciudades, hasta transformarse en una caricia espectral sin manos o una mirada salida de los cuencos vacíos de unos ojos sin vida, sin figura definida, pegajosa, extenuante, pero falta de consistencia y de contenido.

Hasta que un día, sobre el amanecer de la llanura que había permanecido dormido en la retina del pobre esperando el momento en que el primer rayo del sol pintara la idea, un vendaval de movimientos llenó los espacios de los días de las gentes calladas con una procesión de esperanza renacida en lo que se dio en llamar la conciencia del compromiso, una especie de idea común, igual para todos, que duró muchos días y llenó muchos atardeceres sin que nadie hubiera detectado en todo ese tiempo una lánguida puesta de sol, porque todos corrieron hacía la nueva salida del sol, sin mirar atrás, venciendo el movimiento natural de la Tierra en un giro único, hasta llegar al paraíso soñado, con los pies ulcerados por la carrera, llenos de sudor, jadeando, pero con la cabeza llena de nuevas ideas. Y resultó que en el lugar largamente soñado encontraron ríos de agua fresca, refrescos de idea nueva que estaba muy por encima de la imagen heredada de los padres y los abuelos, rancia ya de tanto haberla usado sin mesura, para que a la postre no produjera nada de lo prometido. Y cada uno cargó su maletilla de la esperanza soñada, que era, creían, gratis, hasta que la idea y la persona quedaron fundidos en una sola masa, en la cual el brillo de la cara y el de la mente, hacía entender que, por fin, se habían desprendido del olor a cuadra y a rastrojo, a monte y a tomillo, para crear un perfume nuevo, verde como la copa de un árbol en primavera y blanco y puro como una nube algodonada de verano. Había nacido el hombre nuevo. El hombre individual que iniciaba un nuevo viaje, sobre una carreta fuerte, cargada de ideas propias, en soledad, eso sí, pero en realidad, ¿no había sido la soledad la compañera eterna de su vida?. En todo caso era, sin duda, la aventura de su alma, la búsqueda del misterio y de la verdad, más allá de las cadenas de la opresión. Las gentes dejaron de estar unidas y el pensamiento se dividió en tantos caminos que a cada uno lo llevó a un sitio distinto, aunque hubieran salido del mismo lugar.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Se olvidaron de la casa familiar que había quedado en el pueblo y con el devenir de los años, del frío extremo del invierno, de los calores abrasadores del verano y de la falta de calidez humana, también cayó vencida y enseñó, triste, las entrañas de la cocina, apenas un costurón  de hollín negro impregnado de miles de historias humanas que  se quedaron enganchadas para siempre al lado de algún desvencijado sillón de mimbre que el último inquilino dejó abandonado como un trasto inútil, en medio de una maraña de ripio ajado, seco y retorcido, cubierto de barro seco, de hojarasca mimetizada entre tejas rotas y clavos sarrosos que enseñaban sus peligrosos dientes por doquier, como dientes sarnosos del esqueleto momificado y triste de lo que un día fue una casa y ahora era un amasijo deforme, una especie de antesala de una muerte anunciada, huérfana ya de ninguna historia, que en poco tiempo se convertiría de nuevo en lo que fue en sus inicios, un solar triste en medio de la tristeza de una historia acabada de repente, sin un final feliz. El pobre que allí vivió un día se había quedado sin historia, diluida entre las miles de casa arruinadas, cada una ya sin su propia historia, relegada al olvido y la desparición para siempre.

Y cuando volvió el silencio y las gentes del pueblo se habían esparcido por innumerables caminos, la tierra marrón, seca, rastrojada, con sus eternos tonos ocres que la definían como un Kandinsky de muerte que quisiera dar las  pautas sobre las propiedades emocionales de cada tono y de cada color, solo en la respuesta del alma de quienes existieron y ahora ya no estaban para pintar los surcos, derrengados, duros de las heladas, con los pinceles de sus vidas. Y de pronto, entre el cansancio de los ojos escudriñando la rutina de la corteza pelada de la inmensidad del paisaje, apareció la figura de un hombre que permanecía sentado en un peñasco, mimetizado en el inmenso cuadro de la llanura. Hubo un momento en el que la conjunción del hombre, la tierra y el cielo, crearon un diálogo breve y se comprendieron. Seguía siendo el mismo hombre de siempre, con los ojos hundidos en las cuencas, la frente estrecha, los pelos sucios y revueltos, asomando por debajo de la boina, que un día fue negra y ahora estaba teñida de un color indefinido, mezcla de curtidos de sol, helada, sudor y lágrimas, el jersey de lana parda tejido por su madre al amor de la lumbre en los larguísimos días del invierno, entre una helada y otra, que llevaba pantalón de pana multicolor, atado con una lía a modo de cinturón, la camisa tiesa por el sudor y la suciedad, debajo de la cual se adivinaban unos músculos fuertes, correosos, sin gota de grasa. El asunto es que se quedaron mirando como embobados, la tierra, el cielo y el hombre y se hablaron en silencio, pero con el encanto que brota de la naturalidad del frescor de la pureza y del sabor de la inocencia. Y de repente el hombre se agachó sobre la tierra seca, llenó las cuencas de sus manos nervudas y callosas de arcilla, la lanzó al aire con mimo, como si fuera una niña pequeña, riendo como un loco y tratado de cogerla de nuevo con su gorra, y levantándose de un salto se dejó caer como fulminado por un rayo de esperanza sobre los surcos desdibujados se revolcó en la aridez de la besana muerta, como un animal, regocijándose sin mesura; luego se abrazó a una encina cercana en un lazo apretado, salvaje, de animal en trance, bebió el agua fresca de un manantial cercano hasta que no pudo más. Por fin se desnudó y, junto a la desnuda tierra, giró encima, hirió su cuerpo con la grava, golpeó sus costillas con los surcos se sumergió  en ella en un acto de amor profundo, que no fue otra cosa sino una ofrenda de amor. Toda la noche se la pasó enterrado dejando sólo fuera la punta de la nariz y los ojos. Pasearon por sus párpados pequeños escarabajos negros como sus pensamientos y un gusanillo perdido buscó cobijo en su nariz. El estornudo nervioso provocado por la respuesta espontanea de su pituitaria, lanzo al gusano a varios centímetros de su nariz al tiempo que le devolvía la consciencia transportándolo de nuevo al mundo real y poco a poco  se fue dando  cuenta que el cuerpo y la tierra habían adquirido la misma calidez y se habían fundido en un abrazo fraternal y agradable. Y una risotada animal y regocijante resonó en medio de la llanura muerta y fue rebotando de árbol en árbol, de peñasco en peñasco, de teso en teso, de hondonada en hondonada, hasta perderse en la inmensidad del páramo.

Cuando salió el sol, el hombre  se dio cuenta que ya sabía pensar y que hasta entonces no había pensado nunca. Un labrador de pueblo como él tenía  la vida organizada y dentro de ese orden le habían arrebatado, antes de nacer, el pensamiento. Sólo le habían dejado el instinto. Se dio cuenta de que por primera vez aquella noche había amado y, la tierra, a la que se entregó en el más firme anhelo de amor, le ofreció la humedad de sus entrañas y el abrazo de su textura libre. Y que ese abrazo les había unido para siempre en una alianza firmada y rubricada con sudor humano y con lágrimas amargas, que nada ni nadie sería capaz de separar, como antes había pasado con sus padres y sus abuelos .El hombre y la tierra habían sido, por fin, libres y de esa unión iba a nacer el futuro.

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