EL DÍA DE SAN ANTONIO DEL AÑO 19…

 

 

 

Altar iglesia de topas - copia - copiaCapítulo 19

 

 

EL DÍA DE SAN ANTONIO DEL AÑO 19……

(Del libro Piruetas y la Casa de los Mirlos)

 

El día 13 de Junio, festividad de San Antonio de Padua, el santo portugués amigo de los animales, Topas celebra su fiesta mayor. Es el acontecimiento más importante del año. La verdad es que un pueblo pequeño utiliza las fiestas religiosas como manera de  marcar los acontecimientos sociales importantes, pero, de largo, la fiesta mayor era la mejor de todo el año.

La víspera ya comenzaba el jolgorio para la gente joven. La orquesta contratada por el Ayuntamiento tocaba en la plaza mayor del pueblo hasta altas horas de la madrugada. Los niños, los jóvenes y la gente mayor, olvidaban los quehaceres, que siempre eran muchos y se lanzaban a disfrutar del baile, cada uno a su manera. Para los niños, la diversión era correr alocadamente entre las parejas de jóvenes que formaban la rueda del baile, tropezando con todo el mundo, persiguiéndose como paranoicos y recibiendo de paso alguna torta o algún coscorrón, cuando la molestia pasaba un poco de la raya. Los que estaban en los últimos cursos de la escuela, que rondaban los trece  años, comenzaban a sentir los primeros impulsos de la adolescencia, que revoluciona las hormonas y se lanzaban, con muchísima vergüenza a dar los primeros pasos de baile, con alguna de las muchachitas de su misma edad, que casi siempre eran más lanzadas que ellos y solían tomar la iniciativa, en una especie de baile”agarrao”, guardando, eso sí, la distancia reglamentaría entre los que formaban la pareja y procurando esconderse de las miradas inquisidoras del cura y de los maestros, que solían vigilar muy de cerca el que la buena moral y las costumbres se respetaran por encima de todo. Al fin y al cabo era una de las muchas facetas que las propias costumbres de una sociedad puritana les había impuesto; aunque la verdad era que ninguna falta hacia, pues las jovencitas, bien aleccionadas por la madre, ya procuraban mantener a raya a los chicos y casi siempre lo conseguían. De vez en cuando, alguno de ellos salía del grupo donde estaban reunidos la mayoría y se acercaba a alguna pareja de las que estaban bailando y  salmodiando con toda seriedad la  cantinela  legal:”¿Se fía ?”, apartaba al bailarín de turno y comenzaba a bailar a su vez con la chica, eso siempre que la chica de turno no bailara con alguien de su agrado, pues si esto sucedía era la chica la que contestaba:”No, que somos novios”y contra esto no había nada que objetar, sino bajar la cabeza y volver al grupo, entre las chanzas del resto y la frustración del rechazado. Sin embargo raro era el año que al día siguiente de la fiesta no había alguno castigado en la escuela por”pasarse de la raya”y”dar escándalo”, delante de todo el mundo. Ni Piruetas ni sus amigos sabían muy bien que querían decir ninguna de las dos  frases, pero, por si acaso, tampoco lo preguntaban. Muy buenas no debían de ser cuando castigaban por ello y ya habían aprendido que cuando no entendías algo, pero castigaban por ello, mejor era no quererlo saber.

 

Los mozos eran los que solían montarlas gordas en el baile de la noche y a cualquier hora del día, mientras duraban las fiestas, pues siempre había un grupo que solía abusar del vino y las bebidas alcohólicas en general, de manera que cuando era la hora del baile la lucidez de la mente estaba algo perturbada y raro era el año que no se formaba alguna pelea entre dos machos que pretendían la misma hembra, en la cual intervenían los amigos primero y los familiares después, de uno y otro bando, montándose un jaleo monumental que casi siempre solía acabar cuando el alcalde y el juez de paz imponían su autoridad, acababan separando a los contendientes y la bronca se terminaba de la misma manera que había empezado, eso sí, casi siempre con algún ojo morado, una camisa hecha jirones, o un pantalón nuevo desgarrado y la famosa frase:”Venga, echarlo en vino y dejaros de tonterías, que a la postre sois todos del mismo pueblo”. Porque eso sí, si acaso los contendientes no eran del mismo pueblo  y el forastero se propasaba lo más mínimo con alguna moza, y a veces si propasarse nada, la que se montaba solía ser más seria. No era la primera vez que estas peleas acababan con el baile, con los forasteros apaleados o con alguno lanzado al agua de un cahozo, eso si no tenía que intervenir la guardia civil y acababan todos en el calabozo del Ayuntamiento hasta que se serenaban los ánimos. Incluso en alguna ocasión habían salido a relucir navajas, botellas rotas y otros artilugios, aunque bien es cierto que no era muy corriente que esto llegara a ocurrir. El padre de Piruetas le había contado que eso no era nada, que cuando el bisabuelo Miguel era joven, los mozos de Topas y los de los pueblos de los alrededores se citaban en la raya del pueblo para pelear y que a él le habían dicho que una vez que esto sucedió, el bisabuelo Miguel al que llamaban “el Cuadrao”, porque era muy alto y muy fuerte, arrancó el tentemozo de un carro y se lió a palos con los de fuera y armó”la de Dios es Cristo”, que aquel día si no salen corriendo los forasteros se hubiera podido formar una muy gorda, que decía la gente que incluso muertos pudo haber habido aquel año.

 

Aunque también es cierto que lo normal era que las fiestas transcurrieran sin incidentes, con la orquesta tocando pasodobles, valses, tangos y otras muchas piezas y la gente bailando animadamente. Cuando entre pieza y pieza se hacía un descanso se formaba la rueda del baile. Las parejas iban dando vueltas, paseando en círculo y charlando animadamente los unos con los otros. Si la pareja eran más novios las conversaciones solían ser más íntimas y sólo entre los dos. Mientras tanto la gente mayor, se situaban alrededor de la rueda del baile para ver con quien estaban bailando sus mozos o sus mozas y de paso para vigilar que no se propasaran en el abrazo, porque la decencia, la moral y el buen nombre de la familia debía estar por encima de todo y a nadie le gustaba andar en boca de los demás por estas cosas. Que ya se sabía que las comadres  se encargaban de propagar bulos por el pueblo y que”donde había habido diez, ponían cien”y hacían daño a toda la familia, porque lo que decían los entendidos que”quien pierde la misa y la honra, no la recobra”. Y entre la gente pobre, la honra es sagrada, que al fin y al cabo”ser pobre pero honrao”es lo más grande que uno puede ser.

 

Las abuelas y los abuelos, que estaban ya con achaques, se llevaban su silla o su taburete de casa, se sentaban a la orilla de la pista de baile y se dedicaban a vigilar y a criticar a todo el mundo, señalando sin ningún pudor y hablando a voz en grito para que todo el mundo los oyera, sobre cualquier cosa que les llamara la atención.

 

De vez en cuando los matrimonios de una cierta edad se lanzaban a la rueda a bailar un pasodoble,”para que fueran aprendiendo los jóvenes”

 

y ponían en ello todo su empeño, entre las risotadas de los hijos más pequeños, quienes a su vez bailaban en parejas del mismo sexo, moviendo, alocadamente, los brazos, dándose pisotones inmisericordes y destrozando el ritmo de cualquier pieza musical con sus torpes movimiento asíncronos. Aquel día los niños se iban a dormir tarde y nadie les decía nada. A Piruetas y a sus amigos les encantaba el baile de San Antonio.

 

Pero en realidad la fiesta era mucho más que el baile. Solía durar dos días, además de la víspera y cada uno de ellos tenía su propio encanto.Procesión volviendo iglesia 2

 

La mañana del primer día se centraba en torno a la fiesta religiosa. La gente se vestía con sus mejores galas. Muchos estrenaban traje nuevo ese día y, casi todas las jovencitas, solían ir los días anteriores a la fiesta a Salamanca  a”comprarse los majos”, es decir, los vestidos nuevos, las medias de cristal y los zapatos de punta de aguja y competían entre ellas y entre las familias que lo podían hacer, para ver quien llamaba más la atención por su elegancia. Las familias menos pudientes llevaban vestidos más humildes pero eso sí, cada uno dentro de sus posibilidades, procuraba ponerse lo mejor que tenía. A las once de la mañana las campanas repicaban a fiesta mayor; algunos años los mozos competían entre ellos para ver quien hacía el mejor repique de campanas y justo es decir que algunos eran verdaderos  expertos en este arte. A Piruetas se le ponía un nudo en el estómago cuando oía tocar las campanas, pues era el momento justo en que la madre llenaba la palangana de agua caliente, la templaba con agua fría, lo ponía en cueros dentro del recipiente y lo enjabonaba de arriba abajo, de la cabeza a los pies, frotándole las rodillas y los calcañales con el estropajo de esparto, hasta que no quedaba en ellos ni una mota de suciedad, dejándoselos tan enrojecidos por el frotar, que Piruetas tenía miedo que algún día le rompería la piel a tiras. Pero a pesar de las muchas protestas y de los lloriqueos en algunas ocasiones, la madre ni se inmutaba. Si acaso, cuando la hartaba, lo callaba de un soplamocos y le amenazaba con no ponerle la ropa nueva y dejarlo en casa y entonces Piruetas callaba y aguantaba todo lo que le hiciera sin rechistar, aunque de sus ojos cayeran a veces lágrimas como huevos de pardal. Después lo vestía con la ropa nueva, lo peinaba a raya con un esmero digno de la mejor peluquera del mundo y le arreaba un par de besazos en la mejilla mientras le decía:”¡Madre mía, que guapo eres, que pareces un pincel!Ya puedes tener cuidado de no ensuciarte antes de misa, que te arreo una paliza que te acuerdas. Anda, vete a casa del abuelo, que te vean lo guapo que vas, que algo te caerá.” Y Piruetas, más contento que unas Pascuas, salía disparado a casa del abuelo a ver que se caía. El abuelo siempre guardaba algunas monedas a mano para los nietos y eso que no es que sobrara demasiado, pero uno o dos duros solían caer, mientras le decía”Toma, anda, pa que te compres un pirulí y unas almendras. Y a ver si te acuerdas de traerme alguna, que a mí me gustan mucho. Ah, y no le digas nada a los primos, que para todos no llega”. Ya sabía el abuelo que Piruetas tenía la siguiente parada en casa de los primos y que lo primero que hacía era enseñarles el duro que le había dado, en tanto les  decía:”Pero no le digáis al abuelo que os lo he dicho yo, que luego me riñe”. Así es que cuando los primos, Paco y Angelita  se acercaban a casa del abuelo lo primero que salía de sus bocas era:”Abuelo, ¿nos das un duro como el que tiene Manolito, que no nos ha dicho que se lo has dado tú?”. Y el abuelo, que ya tenía los duros preparados, estallaba en una carcajada y, mientras hacía ver que se enfadaba, sin conseguirlo nunca, replicaba:”Me cagüen sanes, melón, mira que te he dicho que no les dijeras nada. Trae pa acá el duro que así estáis todos iguales”. Era entonces cuando intervenía la Angelita, que era la más grande y decía al abuelo:”Pero abuelo, si te hemos dicho que no nos ha dicho nada”- y remarcaba exageradamente aquel no, poniendo cara de tonta -; el abuelo, que disfrutaba de aquellos momentos con sus nietos, como sólo un hombre bueno sabe hacerlo, ponía cara de sorpresa y les contestaba:

 

– ¡Ah, bueno, si no os ha dicho nada es otra cosa! A ver si me queda alguna perra por los bolsillos para vosotros, que me vais a arruinar. Y sacaba otros dos duros y abría a todos dentro y los achuchaba y les hacía cosquillas y se reían como locos mientras le llenaban la cara de besos.

 

 Cuando el abuelo se cansaba de la broma siempre les hacía lo mismo. Ponía cara de dolor y comenzaba a lloriquear, mientras les enseñaba el dedo índice de la mano derecha, doblado por los nudillos y, eligiendo al más pequeño le decía suplicante.

 

– Mira que daño me habéis hecho, me habéis doblado el dedo. Ayúdame a enderezarlo.

 

Y cuando el inocente de turno enganchaba su mano al dedo del abuelo y tiraba con todas sus fuerzas, este, dejaba escapar un sonoro pedo mientras reía frenéticamente al tiempo que  gritaba.

 

– ¡Menos mal que no se me ha roto, menos mal que no se me ha roto, que menudo ruido ha hecho!

 

Y Piruetas y sus primos rompían a reír o a gritar, mientras a grito pelado cantaban a coro:

 

– ¡¡El abuelo es un marrano, el abuelo se tira pedos, es un marrano el abuelo!!

 

Y era entonces cuando alguna de las mozas de la casa se asomaba la porche para recriminar al viejo  diciéndole que si no le daba vergüenza, que todo el mundo estaba pasando para ir a misa, qué diría la gente… Pero al abuelo Andrés, el Cuco, todo  eso le daba igual.De repente sonaba el grito esperado por los niños a lo largo de todo el año, pues solamente el día de  San Antonio era posible oírlo en aquel pueblo.

 

– ¡¡¡Ha llegado el heladeeeeeero. Helaaaados…, poooolos…, mantecaaaados…, coooortes de naaaata, de freeeessssaaa, tres guuuuuustos. Estoooooy en la plaaaaaza!

 

– ¡¡El tío polero, el tío polero!!- gritaban los niños alborozados -, al tiempo que salían corriendo por la calleja arriba. ¡¡Yo quiero un polo de naranja… Y yo de limón… Y yo de fresa!! ¡¡¡Yo de dos pesetas… Yo de dos cincuenta… yo  de…!!!

 

El carrito del heladero era de un color blanco inmaculado. Los recipientes que contenían el helado acababan en una especie de inmenso cucurucho metálico de latón plateado, que tenía forma de cúpula de pagoda china. A Piruetas le recordaban las torres de una iglesia de Rusia que le había enseñado la madre en una fotografía de un libro, al tiempo que le decía.”Fíjate, hasta en Rusia, que son comunistas y dicen que no creen en Dios, hay iglesias. Las cosas que hay que ver…”

 

 

 

Luego venían los confiteros, con sus carritos llenos de golosinas: pirulís de forma de paraguas recubiertos con una capa de galleta, cayadas de colorines de un rico caramelo, puros de chocolate, puros multicolores, caramelos, pipas, regaliz y las almendras garrapiñadas. No se concebía la fiesta sin haber comprado el cucurucho de almendras garrapiñadas. Eran el alma de la fiesta. Grandes, pequeños, abuelos, mozos, forasteros… todo el mundo compraba el paquete de almendras. Todo el mundo obsequiaba con almendras a los demás; y con perrunillas, exquisitos dulces hechos en casa con formas de estrella o de corazón o cuadrados, con su trocito de almendra en el medio, con su capita dorada, brillante, hecha a base de yema de huevo en la tahona de Blas, los días anteriores. Y con moritos, las actuales magdalenas, hechas también en casa y con anís y con coñac y con vino. El día de la fiesta”no puede haber pariente pobre”, decía el padre. Y a Piruetas eso le sonaba bien, pues acostumbrado, como los demás, a sentir hablar de escasez, de lo poco que entra en casa, de reventarse, total para qué, de lo de la dieta del pobre:”patatas pa almorzar, patatonas pa comer y patatinas pa cenar”, aquella abundancia, aunque fuera pocos días al año, aquellas ollas a rebosar de carnes diversas, de filetes de ternera en aceite, de pollos en pepitoria, de corderos lechales, de quesos,  de frutas… de las famosas natillas de la abuela Dolores, con aquellas galletas nadando encima y”a comer lo que se quisiera”, hasta que se acabara la fuente… le creaba una especie de cosquilleo en el cuerpo, le entraban ganas de correr, de saltar, de gritar. Y de repente se volvía loco, y corría sin parar y saltaba y reía como un bobo, sin contenerse, sin querer parar, hasta que, sin saber por qué, se le llenaban los ojos de lágrimas y le entraban ganas de llorar de alegría.repicando las campanas 2

 

 

 

Algunos confiteros llevaban escopetas de balines o de flechas. Los mozos y menos mozos las utilizaban para jugarse las almendras, individualmente o en grupos. El confitero colocaba las dianas y los grupos de jóvenes marcaban las distancias desde las que se habían de encarar las dianas. Había verdaderos expertos en el tiro a la diana. Y eso que las escopetas solían estar bastante desequilibradas. Los nuevos, que no siempre tenían por qué ser los más jóvenes, aunque si solía ser así, pagaban  casi siempre. Los más veteranos se reían de ellos, mientras se guardaban en los bolsillos los paquetes de almendras garrapiñadas que acababan de ganarles. Algunos se llenaban los bolsillos de paquetes a cuenta de los ignorantes.”Así se aprende,- decían para consolarlos -; todos hemos aprendido de la misma manera.”A Piruetas le gustaba ver las competiciones de tiro de diana. Su padre tenía en casa dos escopetas de cuando la tía Luisa tenía comercio, con sus flechas correspondientes y, desde bien pequeño el padre le había enseñado a disparar.

 

– Lo más importante para clavar en el centro es aguantarse la respiración, decía siempre el padre. Así no se mueven los pulsos y no te desvían el tiro. Luego tienes que asentar bien los dos pies en el suelo, una miaja separados y por último encarar bien la ranura de la soleta con la punta del boliche de la escopeta y con el centro de la diana. Si aprietas suavemente el gatillo y no te mueves es un blanco seguro.

 

Cuando los mayores se habían cansado de tirar y no había nadie, el confitero permitía que los más pequeños probaran suerte, siempre que no anduviera cerca la pareja de la guardia civil, pues aunque solían hacer la vista gorda nuca se sabía con quien se las podía jugar. No era la primera vez que un cabo un poco resabiado le había dado algún que otro disgusto. Piruetas ganaba casi siempre, para eso le había servido el entrenamiento. Una vez ganó incluso un paquete de tabaco y un mechero que regaló a su padre. El padre le dio un duro y con ese dinero se compró bombas y fulminantes. Las bombas eran pequeños paquetes que contenían un explosivo de pólvora, que cuando los niños los lanzaban con fuerza sobre el suelo a sobre las paredes, producían una pequeña explosión. Algunas veces los mas tremendos las lanzaban en el suelo entre las parejas que estaban bailando y les quemaban las medias de cristal recién estrenadas a las mozas. Más de cuatro cachetes se habían ganado a cuenta de eso. Los fulminantes eran un pegote de fósforo enganchado en un cartoncillo fuerte, que cuando se rascaban sobre las piedras se incendiaban y producían sonoros chisporroteos. Por una peseta te daban una tira de diez y no era el primer galopín que rascaba con tanto ímpetu que se dejaba el fósforo enganchado en el dedo y se producía una dolorosa quemadura. Pero lo más peligroso, con mucho, era lo que hacían algunos de los mayores con los petardos, pues una vez encendida la mecha los aguantaban en la mano hasta que explosionaban, en vez de lanzarlos al suelo. No era el primero que, con tal de hacerse el valiente, se había quemado seriamente un par de dedos.

 

Pero sin duda alguna lo más emocionante de la fiesta era la capea de vaquillas. Se celebraba el segundo de los días de fiesta y era un acontecimiento que nadie quería perderse. Ir a buscar las vacas era un prerrogativa de los quintos. De madrugada, mucho antes de la salida del sol, los quintos preparaban los caballos, los engalanaban con variopintos adornos y partían hacía la finca de turno para traer las vaquillas. Era  una costumbre de antiguo, muy arraigada en el pueblo, que los dueños de las dehesas de los alrededores cedieran a los quintos media docena de vacas bravas para que las pudieran capear la tarde del segundo día de la fiesta. Y, aparte del baile y de la  misa con la procesión del Santo Patrón por los alrededores  de la iglesia, era la que tenía más identidad. Los mozos y algunos que ya no lo eran tanto, galanes en sus caballos, garrochas al hombro, arreaban la punta de vacas, arropadas por algunos cabestros, formando una bonita estampa a través del frescor matutino de los valles y en medio de los caminos que, discurrían retorciéndose parduscos entre el verdor de las cebadas y los trigales de la meseta, brillantes de sol, en los que la brisa matutina formaba  precisos vaivenes con los movimientos de  las cabezas de las  espigas que, cual mimosas olas verdes, venían a romper en los linderos del terreno, en una especie de ballet eterno, inmenso, sincrónico. De vez en cuando, el ruido de la tropa levantaba alguna liebre encamada en el frescor de las orillas del trigal, la cual, sorprendida en su sueño, daba un par de botes estrambóticos y se perdía rauda, tragada por la inmensidad de la llanura verde. A medida que se acercaban al pueblo crecía el nerviosismo entre la gente a caballo. El que hacía de mayoral del grupo estaba pendiente de cada uno de los movimientos de los caballistas, pues entre ellos siempre había el pariente lejano, llegado a última hora que, inconsciente del peligro que tenía el ganado que arreaba se metía en medio de las vacas, con peligro evidente de sufrir algún percance grave. Pero lo que verdaderamente preocupaba a todos era”la espantá”. Siempre había un grupo de gente que, cuando la punta de vacas llegaba cerca del pueblo, salían al camino a espantarlas, haciendo ruido con todo lo que tenían a mano. cohetes, cazuelas, tambores, palos, porras. Los animales, asustados, rompían por donde podían y, a pesar de los esfuerzos de los jinetes que arreaban la manada para que todas las vaquillas llegaran juntas al corral del Concejo, raro era el año que no tuvieran que ir en busca de algunas que se había escapado por las alamedas o por los caminos de los alrededores del pueblo, con el peligro que esto conllevaba, pues en su espanto embestían a cualquier cosa que se moviera, ya fueran personas o animales, como le había pasado al Moreno, a quien una vaquilla le mató la yegua a la orilla del regato del camino del molino, justo detrás de la iglesia. Capítulo 19-2capítulo 19-4CAPEA 2Piruetas y sus amigos fueron a verla y la imagen del animal muerto quedó grabada en sus cabezas para mucho tiempo. La yegua estaba tumbada de costado, justo al lado del regato, con un boquete del tamaño de una pelota de frontón en medio de la barriga por el que asomaba el paquete intestinal y corría un hilillo de sangre. Tenía los ojos, que miraban sin ver al infinito, enormemente abiertos, como si la muerte la hubiera pillado por sorpresa, velados y fijos en ninguna parte en tanto que  la boca abierta conservaba un rictus extraño, con las filas de dientes  sucios asomando por entre los belfos, que pareciera que se estaba riendo de todos. Pero la rigidez de las patas daba a entender que el animal estaba bien muerto.

 

– Y entodavía gracias que no se cebó con el Moreno, – decía Manolo, el vaquero de la dehesa de Villanueva -, que si se encela con él a estas horas tendríamos que estar lamentando una desgracia más grande; que con estos animales no se pueden hacer estas salvajás, porque si tu vas de ley y no los molestas, ya puedes pasar por el medio que no te  se mueven. Pero si tocas un churro de una vaca parida o haces una espantá, ya puedes buscarte una buena encina donde subirte, si es que te da tiempo. Que mira lo que le pasó al Melecio de San Cristóbal, que tuvo que tirarse entre unas zarzas pa que no lo matara una vaca y gracias a que llevaba un perro de presa que le candó los dientes en los morros y la hizo escapar, que o si no allí lo asa vivo.

 

Lo normal, no obstante, era que las vacas y los cabestros entraran todos juntos en el corral. Algunos mozos un tanto osados, solían entrar entre la manada y cuando estaban dentro se apiñaban en un carro que  habían colocado cerca de la puerta de la plaza. Era como una especie de prueba de valor, que consistía en salir corriendo desde el carro hasta alcanzar la seguridad de la puerta, en tanto citaban a las vaquillas que corrían tras  ellos poniéndolos en buenos aprietos la mayoría de las veces. La gente del pueblo gustaba de ir a ver los encierros colocándose en la seguridad de lo alto de los carros, las paredes del corral o el campanario de la torre de la iglesia, que era el mejor sitio porque se veía venir a las vacas mucho antes; en cuanto aparecían alguno hacía sonar las campanas y la plaza y los alrededores se llenaban de gente.

 

Pero lo mejor de la fiesta era la capea. Muy temprano, los labradores colocaban los carros formando círculo alrededor de la plaza de la iglesia, encarados los laterales hacía la puerta del corral del Concejo y cerrando así cualquier posible salida de las vaquillas hacía las calles del pueblo; cuando el espacio entre dos carros era demasiado grande, se colocaban cañizos de madera, para que sirvieran de burladero a los atrevidos que bajaban a la plaza. Un escabel colocado encima del carro o unas sillas de anea y el graderío estaba formado. Las autoridades del pueblo, el cura y la pareja de la guardia civil, ocupaban el carro mejor situado, estratégicamente colocado a la sombra de la casa de la  Eudosia y de la puerta del corral de los Honorios. El resto de la gente se apilaba como podía entre los demás carros, creándose a veces verdaderas discusiones entre los que pretendían que el carro era suyo y allí no subía nadie y los que buscaban acomodo entre los huecos dejados por los otros. Siempre acababa habiendo sitio para todos. Los más jóvenes y los de mediana edad, solían acomodarse bajo los carros, detrás de las ruedas o entre los cañizos. Cuando la trompeta de la orquesta daba la señal, la primera vaquilla saltaba al ruedo. Los mozos y algunos mayores, trataban de dar algún pase a la vaca de turno con cualquier trapo que tuvieran a mano, ya fuera una manta, un mantel viejo o una chaqueta que, casi siempre acababa hecha jirones. Algunas veces los que eran más valientes, divertían al personal haciendo proezas delante de la vaquilla y casi siempre acababan con una buena voltereta y con los pantalones rasgados de arriba  a abajo, entre los gritos angustiados de los familiares, los chillidos histéricos de las mozas y los aplausos y vítores de los demás. De vez en cuando algún maletilla aprendiz de torero, aparecía por el pueblo con algún capote de colores vivos, rojo y amarillo, o con alguna muleta rojiza, ya ajada, y se armaba la revolución pues, al principio, todos los demás se retiraban y le dejaban lucirse un rato, pero después todo el mundo pretendía emularlo con éxito dispar, acabando indefectiblemente con la invasión en masa de la plaza, momento que aprovechaba la vaquilla para ir repartiendo testarazos a diestra y siniestra entre las risotadas del público que se divertía de lo lindo. El maletilla de turno solía salir a hombros, daba  igual como hubiera sido su faena y acababa bebiendo en los bares o comiendo en casa de cualquiera si es que tenía hambre. El día de la fiesta comía y bebía todo el mundo.

 

Tras la capea se retiraban los carros y se preparaba el baile que solía durar hasta altas horas de la madrugada. Al día siguiente la plaza estaba desierta, el pueblo volvía a la monotonía de siempre. Solamente algunos trozos de papel de colorines, algún petardo olvidado, algún perro olisqueando aquí y allá o los carros donde la orquesta había estado tocando, rompían esta monotonía. Quedaba por delante un largo y caluroso verano, como tantos otros. La siega, las huertas, las eras y el sol, ese inmisericorde sol castellano que cae a plomo sobre la reseca tierra, que macera a las personas, apergaminando sus cuerpos, preparándolos poco a poco para volver a ella.

 

– Lo malo de la fiesta – decía el Tirandalias- es que siempre acaba acabándose.

 

– Y que ya no hay otra hasta el año que viene – decía Pepe Morros-.

 

– Y que comer, lo que es comer como Dios manda,- decía Boni -, ya no se come hasta otro año.

 

– Peor lo tiene la yegua del Moreno, dijo Aris, que esa sí que ya no come más.

 

Y como si un resorte  los hubiera movido al mismo tiempo, salieron trotando hacía el camino del molino para ver la yegua muerta.Capítulo 19-6

 

 

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3 pensamientos en “EL DÍA DE SAN ANTONIO DEL AÑO 19…

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  2. Manuel, da igual ser de Castilla León que de Aragón. Se puede cambiar algún localismo, pero, en el fondo, en todos los pueblos igual. Ya te lo he comentado alguna vez; y si algo es inventado, podía ser cierto con toda certeza.

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