EL TÍO VILLORUELA

El tio Garañuela 2

EL TÍO VILLORUELA

El cuervo lanzaba graznidos lastimeros a los últimos rayos del sol poniente de un día frío de enero. Un cielo de alamares, roto en jirones matizados de rojos, azules purísimos y verdes esmeralda, pintaba el paisaje de monte seco y encinar como si se tratara de maravilloso lienzo, inabarcable para los ojos de las personas, pero, sin duda alguna, admirado por los ojos medio yertos por el frío, del ave, desde su silenciosa atalaya. Los mordiscos de la helada , tan corriente en esos días en las llanuras castellanas, comenzaban a dejarse sentir y el pueblo olía al perfume de la jara seca y roble viejo que, ardiendo en las chimeneas de todas las casas, expandía sus humos perfumados por la limpísima atmósfera mientras que el aire pesado por la humedad y el hielo los bajaba al nivel del barro rojizo  que comenzaba a endurecerse con el frío, y creaba ilusiones de montañitas brillantes y nevadas para los pocos viandantes que andaban por la calle.

Por la cuesta de Generoso subía trabajosamente el tío Villoruela. Era un viejecillo que ya pasaba de los ochenta, arrugado como una pasa y encogido por el vientecillo fresco del norte, que afilando sus invisibles dientes por los cristales microscópicos del hielo, cortaba la piel en infinidad de pequeñas laceraciones que dañaban el cuerpo y el alma o hacía resurgir los enrojecidos sabañones que picaban como guindillas secas.

Vestía con un raído pantalón de pana que había conocido tiempos mejores, no había conocido la plancha en su vida y al que la suciedad y el desgaste sacaba bruñidos brillos negruzcos en los que se reflejaban trocitos de un cielo sucio y nublado. Los remiendos y los parches de toda clase de telas ocupaban la mayor parte de su superficie. El barro seco ensuciaba los bajos, torpemente doblados sobre unas botas de material, agrietadas y sucias como el resto de la indumentaria, cerradas por unos cordones marronáceos demasiado pequeños, los cuales dejaban entrever unos gruesos calcetines de lana desbocados, tejidos hacía demasiado tiempo por María, la mujer con la que había compartido su miserable vida y a quien Dios había llamado a su Gloria hacia ya  dos largos años. Una chaqueta también vieja y demasiado grande, que también era de pana, hacía presumir que era el regalo de algún alma caritativa, de aquellas que no sobradas de nada, se compadecen del que tiene  menos que ellos y se desprenden de lo poco que les queda, en un acto de generosidad infinita.

Caminaba despacio, intentando ver, sin conseguirlo apenas, a través de sus ojos pequeños y cansados, recubiertos de cataratas y de legañas húmedas, los barros de la calle y tratando de sortear con poco éxito los barrizales formados por las últimas lluvias, que al ser aplastados por las suelas de las botas, emitían un sonido estentóreo, húmedo y silbante a veces, producido por el barro liviano que escapaba por los entresijos de las media suelas rotas.

El reuma, agarrado a su cuerpo como una sanguijuela, hería inmisericorde sus huesos gastados y agarrotaba sus músculos lacios y ya casi sin riego sanguíneo, produciéndole unos dolores insoportables cada vez que movía con torpeza sus piernas inflamadas por la flebitis, haciéndole gemir y renegar entre dientes, en un especie de rosario inarticulado e interminable.

Las calles del pueblo se apagaban de luz a medida que el sol desaparecía tragado por el encinar y del monte llegaban, tenues, los primeros sonidos de la noche, que el tío Villoruela conocía bien: los balidos y el esquileo lejano de los rebaños recogiéndose en el aprisco, el rebuzno lastimero y entrecortado de un borrico mezclado con el grito soez del arriero, el ulular del búho, oculto en el hueco de la encina, avizor, por si algún ratoncillo inexperto cruzaba el espacio que abarcaban sus expertos ojos noctámbulos, y el graznido de un cuervo, que hizo estremecer su cuerpo al tiempo que su cerebro, que ya no funcionaba del todo, le dictaba sin querer la frase aprendida de siempre :”Cuando el grajo viene al lugar, a grande o a chico viene a buscar”.

– ¡A ver cuando me viene a buscar a mí, de una puta vez, que para lo que sirvo! Que a gusto debe estar la María, donde Dios la haya llevado, más que yo viviendo en esta miseria y en esta pena.

Luego su cerebro se apagó de nuevo y todas sus fuerzas físicas y psíquicas se dedicaron a sujetarse en el trozo de palo que le hacía de bastón para equilibrarse  un poco más, dar un paso más, sobrevivir un segundo más.

Cuando llegó a la plaza las fuerzas le flaquearon por el tremendo esfuerzo realizado para subir la cuestecilla y se apoyó un ratillo en la pared del ayuntamiento, hasta que su débil respiración de normalizó un poco, su gastado corazón dejó de saltar sin control y sus piernas le avisaron que continuaban con él. Sacó un sucio pañuelo del bolsillo del pantalón y se secó la frente, perlada por el sudor, a pesar del frío de la helada, que ya comenzaba a dejarse sentir. Y de sus ojos legañosos saltaron dos lagrimones espontáneos, que resbalaron por sus párpados hinchados y violáceos, primero, por el lateral de su nariz y por las mejillas hirsutas y arrugadas y se estrellaron sin hacer ruido alguno en el suelo que las absorbió con avidez. De vez en cuando, no sabía ya muy bien por qué, se le saltaban las lágrimas y justo en ese momento su cerebro se iluminaba un poco y le enseñaba retales de una vida tan gastada y parcheada como sus pantalones. Y los recuerdos medio borrados la mayor parte del tiempo, se agolpaban en su cabeza, arracimados y prietos como un gajo de uvas pasas, pero nítidos y cristalinos como el agua del caño.

Hasta donde su memoria le dejaba recordar, sabía que había sido labrador, hijo de labrador, nieto de labrador y por lo que el abuelo le había contado, no sabía ya cuando, biznieto de labrador. La tierra había sido su medio de vida y el de su familia. Había amado a esa tierra, la había mimado, había reído y llorado muchas veces con un puñado de tierra en las manos, cuando se la mostraba a sus hijos, cuando se llenaba de frutos tras el esfuerzo hercúleo de un año entero, cuando una pedrea o una helada tardía transformaba la ilusión de la cosecha en la amargura del destrozo y el hambre de la familia, cuando enterró en abrazo amoroso y agridulce a sus padres, a su mujer, a todos  sus hermanos y a dos de sus hijos. La tierra, siempre presente en su vida. Pero se habían entendido bien durante muchos años. También entendía que no siempre había sido pobre de solemnidad, como lo era ahora. En un tiempo pasado su casa había sido la casa de un labrador acomodado, de aquellos de cinco o seis yuntas de buenos bueyes, un par de recias mulas alcarreñas, una yegua portuguesa y tres recios carros de madera de encina, ejes, bujes y bocines de hierro, buena pinaza de alcornoque y ruedas radiadas y forradas con aros de hierro grueso, que eran la envidia de muchos. En la época de la cosecha las eras estuvieron llenas de buenas parvas de trigo, cebada, avena y centeno, que llenaban los graneros de sacos y costales de cereal.

Su boda con María fue sonada por los alrededores y duró tres días. Los familiares y amigos acudieron de todas partes y se comió, se  bebió y se bailó sin descanso, mientras el tamborilero tuvo fuerzas para soplar la flauta y sacudir el tambor, montando alegres jotas que amenizaron la fiesta, y comilonas pantagruélicas regadas por el recio vino de la tierra, bebido en jarra de barro, como mandaba la tradición.

Había tenido cinco hijos, pero dos de ellos se murieron de pequeños. Ahora tenía dos varones y una mujer. Habían trabajado duro, porque los trabajos del campo lo exigían, y había mantenido la herencia del padre durante mucho tiempo. Entendía que los hijos también eran parte de esa herencia, así es que los trataba como si fueran de su propiedad y aplicaba la norma, nunca escrita, pero bien aprendida, de que “quien bien te quiere te hará llorar”, lo mismo que habían hecho antes sus padres con él. No había conocido otra, así es que su conciencia le dictaba que lo estaba haciendo bien cada vez que pegaba a los hijos y algunas veces a la mujer, para que aprendieran a obedecer. Cuando los hijos se cansaban de la dureza de las tareas del campo, sobre todo en los agobiantes calores del mediodía de verano, les dejaba descansar un poco, algún domingo por la tarde, y le daba un par de pesetas, a veces hasta un duro, para que festejaran en el bar. Pero al día siguiente, de amanecida, tanto daba a la hora que hubieran llegado el día anterior, volvían al trabajo.

Un día los hijos se hicieron mayores, se casaron y se fueron de casa. El tío Villoruela, mayor ya, se dio cuenta que se acercaban los malos tiempos, que él ya no era el de antes, que las fuerzas comenzaban a flaquear y que sin la ayuda de los hijos aquello no podía seguir adelante. Así es que, como a los hijos no les iba muy bien, reunió el capitalito que tenía, se fue a ver al notario y redactó su testamento. Luego, una de aquellas anochecidas mandó llamar a los hijos, los reunió a todos en la cocina de casa, cenaron y les explicó sus pretensiones, que eran muy sencillas de entender. A cada uno le había dejado una parte de sus bienes y de su dinero, en lo que él consideraba partes “más  o menos iguales”, según le había dicho “el hombre bueno”; y a la hija un algo más de dinero con la condición de que los atendería cuando fueran viejos. Los hijos oyeron al padre y dedujeron que tierra más o menos, todos habían quedado bien, así es que aceptaron el testamento del padre.

-Ahí “labrastes” la tu ruina, Leandro, le había dicho el tío Donato, el de la Rafaela. A los hijos no se los puede tratar “asín”, y o si no mira lo que dice el “reflan”: El que da lo que tiene antes de la muerte, merece que le den con un canto en los dientes”. Po qué de aquí a poco, que no hay mucho, te veas pidiendo limosnas.

– Coño, le contestó el tío  Villoruela. Malo ha de ser que habiéndoselo “dao” todo de gratis, me fueran a dejar morir en la calle, como a un perro, hombre. Ni los animales, hacen eso. A más, todos “estuvon” de acuerdo con el trato de Arturo, que hizo de hombre bueno y todos dieron el sí.

– Lo que te digo, Leandro: “De aquí a poco, no hay mucho”. Otros que hizon lo mismo que tú, acabaron en las Hermanitas de los Pobres.

El hombre bueno, para quien no lo sepa, era en aquellos tiempos un hombre de confianza que conocía el valor de las posesiones de  la familia y asesoraba al padre en los casos de repartos de herencias, para que después no hubiera “intríngulis”.

Pero a la postre, lo que dijo el el tío Donato se fue cumpliendo. Cuando los hijos se vieron  dueños de dineros y hacienda, se olvidaron de los tratos. La hija que debía ocuparse del padre, arrendó las tierras a los hermanos y desapareció del pueblo. Las malas lenguas dijeron que se había marchado a vivir a Barcelona, donde el marido trabajaba en una fábrica y ganaba un buen jornal. Al principio solían venir al pueblo en verano, pero poco a poco, a medida que los hijos se fueron haciendo mayores, las visitas se fueron espaciando, primero a dos años, luego a tres, luego a nunca.De vez en cuando el tío Villoruela recibía una carta de aquellas que comienzan diciendo: Queridos padres, espero que al recibo de esta anden todos bien de “saluz”, nosotros todos bien a.d.g ( a Dios gracias). En una de aquellas cartas la hija le hizo saber al padre que había decidido poner las tierras de la herencia a la venta, porque querían comprar un piso nuevo, los hijos se habían puesto a estudiar y el dinero no sobraba en casa. Cuando el tío Leandro Pitiegua, el Villoruela, recibió esa carta, notó como si una puñalada le atravesara el corazón y supo que ya nunca aquella hija se ocuparía de los padres, como así fue.

Entonces se le agrió el carácter y como dijo el poeta, Andrés Quintanilla:

“Y se le quedó la pena

encima del corazón.

Se le enturbió la razón;

se le agrió la sangre buena.

El llanto el pulso serena

y lloró como un valiente…

-Mandan cojones, lo que es la vida. Se lo das todo y no le pides “na”, a cambio, más que unas miajas de compasión cuando uno ya no puede valerse y no te dan ni eso. Si a mano viene le dan antes de comer a los perros que a uno…

De repente notó la helada entrándole por los huesos, clavó el palo en el suelo y trató de incorporarse para seguir avanzando. Pero las piernas no le respondieron como él hubiera deseado  y apenas pudo enderezarse un poco, el corazón empezó a latir con fuerza, desacompasado, mientras que una oleada de calor le subió por la cara primero y por el cuello y la cabeza después, dándole la sensación desagradable del mareo. Se recostó de nuevo contra la pared, las manos ya agarrotadas sobre el palo, mientras notaba como la espalda se quedaba rígida y un dolor insoportable se agarraba a su cintura como una lapa subiendo por su columna vertebral arriba y creándole un dolor lacerante en la nuca, que se quedó rígida y tiesa, y en el pecho que le quemaba como si un clavo ardiendo lo taladrara por dentro. Apretó las encías, huérfanas ya de dientes con fuerza, hasta hacerse daño. Y una terrible blasfemia escapó sin darle tiempo ni siquiera a pensarla, de la boca crispada por el sufrimiento, la angustia y la impotencia:

– ¡Me cago en D…..!,por qué no me matas ya de una jodida vez y dejas de hacerme sufrir. ¿ Que te he hecho yo pa que me jodas asín la vida?

No tuvo tiempo de decir nada más. El vértigo del mareo le dobló las piernas y cayó de bruces sobre los barros, sin que llegara a enterarse.

De la taberna de Nieves, que estaba unos metros más adelante, salieron tres personas, alertadas por el golpe y lo vieron tumbado  en el suelo. Entre el vahído del mareo notó como unos brazos fuertes lo cogían en volandas y lo metían dentro de la taberna, mientras le gritaban cosas ininteligibles, como si le vinieran de muy lejos y el sonido, distorsionado, le aporreara los oídos con la fuerza del sonido de un bombo haciéndole sentir la sensación de que la cabeza le había estallado en mil pedazos. Medio en sueños notaba como lo colocaban en un escaño mientras le desabrochaban la camisa, sucia ahora, además, de barro marronoso y le daban aire con un trapo grande, mientras alguien le ponía en los labios, que le ardían como brasas, un vaso con agua fresca, que le humedeció la lengua primero y le bajaba, lentamente por las gorjas, acartonadas por la tensión, produciéndole una sensación agradable a medida que le llegaba al esófago  y le distendía los bronquios, cerrados a cal y canto, para que un flujo pequeño de aire se fuera abriendo paso hacia los pulmones, hinchándolos poco a poco hasta conseguir ponerlos en funcionamiento de nuevo y oxigenarle la sangre para que su cerebro comenzara a percibir lentamente una medio realidad que le sacó de la modorra y le devolvió  a la realidad.

Intentó abrir los ojos, pero no le respondieron. Sin embargo los oídos, libres los tímpanos de la presión al abrir la boca, comenzaban a discernir las primeras palabras…

– Ya vuelve en sí, pobre hombre, oyó que alguien decía .Ya tiene un poco de color. Menuda jera se ha montado en la cara. Trae un poco de agua caliente en una palangana unos  trapos limpios, a ver si le aderezamos un poco esto. Busca un poco de alcohol Eugenio, que le curamos  este escalabrón, pobre hombre…

-¿Pero qué coño andará haciendo este ánima en pena a estas horas por la calle, con el frío que hace y solo?.

-¿Pues qué quieres que haga, si en casa no lo dejan estar?. ¡Cualquier día, pasa lo que ha de pasar!

-¡Callarse, coño, que ya vuelve en sí…, no tiene la culpa de tener unos hijos que son unos cafres!

No se atrevía a abrir los ojos. Entre la bobez de la cabeza y el zumbido de los oídos, su cerebro comenzaba a funcionar de nuevo, lentamente, muy lentamente, como cuando se despertaba por las mañanas de un sueño inquieto y no sabía dónde se encontraba hasta que no había pasado un buen rato. Pero comenzó a oír de nuevo los débiles latidos de su corazón, arrítmicos y desacompasados, primero y un algo más acompasados después y poco a poco fue volviendo en si. Entonces abrió los ojos y se vio estirado en el escaño de la cocina del bar. Le habían colocado una almohada debajo de la cabeza mientras que Nieves y dos mozos jóvenes trataban de adecentarlo un poco. Notó el escozor del alcohol en la cara y rezongó entre dientes…

-Joder, como escuece…Estarsos ya quietos, hostias.

-Estese quieto usté y no se mueva que lo estamos limpiando un poco.

-¿Qué me pasó?, acertó a decir medio balbuceando.

-Pues que le va a pasar, hombre de Dios, que se ha caído  en medio de los barros. ¿A quién se le ocurre andar a estas horas y con este frío  solo por la calle, hombre?¡Si casi no ve y apenas puede andar!¿Cómo le dejan andar por ahí, con el frío que hace?.¿Le han dado de comer, hoy?

No quiso contestar. Era muy dolorosa la respuesta y prefirió quedarse callado. Pero la verdad es que no había comido, ni merendado, ni cenado. Algunas veces, cuando eso pasaba y ya no podía aguantar el hambre, iba a casa de algún conocido y le pedía un rescaño de pan. Y la gente del pueblo, pobre de recursos pero rica, muy rica en generosidad y compasión, lo sentaban a la mesa y le servían un plato de lo que hubiera para los demás, con delicadeza la mayor parte de las veces, con rudeza y rabia otras, no  contra él, si no contra quien le hacía pasar esas vergüenzas, unos hijos con el corazón de piedra.

Notó como las lágrimas le  humedecían los ojos, resbalando por sus mejillas heridas, produciéndole un ligero escozor, y un sabor salado en los labios, crispados por el dolor.

-Pobre hombre, dijo uno de los presentes. Que se lo haya dado todo a esos buitres y ahora se vea así…¡Me cago en la madre que los parió, mil veces. Se merecen la muerte!.¡ Si no fuera más que coger el mazo y partirles la cabeza, cabrones, más que cabrones!

-Habrá que avisarlos, al uno o al otro, porque no creo que ellos salgan a buscarlo.

Uno de los hombres salió de la taberna y enfiló a casa del Colás, el hijo grande. Apenas traspasó la puerta de la taberna, la helada le pegó una bofetada en la cara y se enredó la bufanda alrededor del cuello, tapándose cuidadosamente la boca y las orejas. El aire de la respiración, al contacto con el frío, se quedaba enganchado en forma de pequeñas perlitas de hielo a la lana de la prenda, creando pequeños espejos que brillaban bajo la tenue luz de las bombillas del alumbrado público. El cielo estaba limpísimo y millones de estrella titilaban en el universo, enviando otros tantos guiños a los ojos que las contemplaban como si nunca las hubieran visto, a pesar de haberlas visto tantas veces.

_ Hasta las estrellas están tiritando, pensó. Hay que joderse, lo poco que somos comparaos con todo lo que hay ahí arriba y entodavía nos creemos que somos algo y nos andamos poniendo zancadillas los unos a los otros. El día que se caigan, vamos apañaos, se acabaron las chulerías.

Las botas de cuero chapoteaban en el barro de la calle. Algunos charquitos pequeños se habían helado y los frágiles carámbanos estallaban en minúsculos cristalitos cada vez que la bota alcanzaba a pisarlos, haciendo un ruido de cáscara rota. Las bombillas del alumbrado público, de cuarenta bujías, creaban círculos de luz alrededor del poste, pero unos metros más adelante las sombras iban ganado terreno y apenas se distinguía nada.

_ Menos mal que ahora hay linternas, si no cualquier día se partía uno la crisma.

La casa de Colás estaba cerrada a cal y canto Dentro se oía el rumor de conversaciones y el crepitar de la leña en la lumbre y podía apreciarse el tufo aromático de las jaras al quemarse. La puerta tenía dos cuarterones y en el de abajo había una gatera redonda de mediano tamaño, para que los gatos entraran y salieran sin molestar y tuvieran la casa libre de ratones. En el cuarterón superior había un tirador de latón, que un día fue gris plata y ahora era una mezcla de colores producidos por la decoloración de las capas y tenía un poco de sarro en las esquinas. No había llamador, así es qué el hombre aporreó la puerta con los nudillos seguidamente, al tiempo que gritaba para dejarse oír: ¿Quien vive?.

La puerta tenía la tranca puesta, así es que tuvo que esperar que le abrieran. Oyó como las conversaciones callaban y las personas cuchicheaban sigilosamente, al tiempo que el crujido de las sillas al levantarse y ser arrastradas por el suelo de barro de la casa, hacían entender que alguno venía a abrir.

– ¡Sape, coño, engarrio!, oyó que decía Colás. Siempre están por el medio, estorbando. ¿ Quién es?.

– Gente de paz, que no quiere guerra, contestó el aludido. Soy Pedro, el de David.

El cuarterón superior de la puerta cedió hacia atrás y en el marco abierto apareció la cara seria de Colas, un poco enrojecida por el calor desprendido de la lumbre.

_ ¡Coño, Pedro, que se te ha perdido por aquí a estas horas, con el frío que hace, hombre!

– Pues ná, que estaba en el bar y hemos recogido a tu padre, que se ha caído en la plaza y se ha escalabrao, el hombre.

– ¿ Y qué hostias anda haciendo a estas horas por la calle?

-Eso tú lo sabrás, que es tu padre, pero se ha abierto una brecha en la cabeza y se ha mareao. Nieves lo anda curando y adecentándolo un poco, que con el barro se ha puesto hecho un Bendito Cristo.

-Este, como no se muera pronto, acaba matándonos a todos.

¡ Me cago en crista, que no hay manera de hacer que se quede quieto en casa! En cuanto te descuidas se ha marchao y no sabes donde anda.No aparece ni a las horas de comer y luego le va pidiendo a la gente un mendrugo de pan, dicendo a todo el mundo que no le damos de comer, el muy cabrón, que nos tiene a tos avergonzaos.

– ¡Pero no hables asín de tu padre, animal, que es tu padre!, le respondió David. Es un pobre viejo, enfermo y solo, que na más quiere una miaja de cariño, que a lo que veo, aquí no se le tiene.

¿ Que va a hacer el hombre, sentarse a morirse en un rincón?.¡ Mira las horas que son y ni os preocupáis de adonde anda! ¡Me cago en lo que se menea, que os lo ha dao todo, pa que lo tengáis tirao por tol pueblo, como si fuera un perro!

-¡Cuatro tierras nos dio, cuatro tierras y una burra vieja! ¡Y a menudo precio nos están saliendo!

No quiso seguir oyéndolo. Se dio media vuelta al tiempo que sentenciaba:¡Hijo eres, padre serás, cual hicieres tal tendrás!. Tu sabrás lo que tienes que hacer, yo ya te he venido a avisar, que no es poco. Oyó un portazo a sus espaldas y un grito de loco a continuación:¡¡¡Como no se muera pronto, este cabrón nos mata a todos a disgustos!!!

¡Pobrecillo, pensó, que vejez más mala le están dando. Valdría más que amaneciera muerto en cualquier esquina. Por lo menos dejaría de sufrir! Y sin querer se le vinieron a la memoria las coplas que el padre le había enseñado de pequeño y que se le habían quedado clavadas para siempre en el alma:

Padre, si se va el abuelo,

no le dé entera la manta,

saque usté el cuchillo y corte,

qué con la mitad le basta.

Ten compasión hijo mío,

mira que está vieja y mala.

No importa padre, no importa,

la otra mitad se la guarda,

para cuando usté sea viejo,

por si acaso lo despachan.

Lloró abrazándole el padre,

y el abuelo quedó en casa.

Más no espere buenos frutos

quién da malas enseñanzas.

Las campanas de la iglesia tocaban a muerto aquella mañana fría del mes de enero. Estaba nevando desde hacía tres días. Eran las siete y comenzaba a clarear, apenas una raya anaranjada, una pequeña abraxa en el límite del monte, que perfilaba de luz, débilmente, los contornos de las encinas y señalaba que el nuevo día iba a comenzar en breve. El viento traía y llevaba los copos de  nieve haciendo remolinos que se perseguían, alocados, como si jugaran al escondite, metiéndose por todas partes, hasta que encontraban un recodo o un montoncito de paja que los detenía un momento, para volverlos a soltar de nuevo en cuanto soplaba primera ráfaga de viento helado. Algunos pardales, medio yertos por el frio, esponjaban las plumas al tiempo que  escarbaban entre los montoncitos de nieve buscando algo que comer. hacía un frio glacial y no se veía un alma por la calle. Las chimeneas comenzaban a lanzar bocanadas de humo que olían a perfume de resina jara y roble, los cuales en cuanto salían por la boca de la chimenea, se diluían en el aire purísimo de la mañana. Las gentes, alertadas por el tañido de las campanas, saltaban de la cama y se arrimaban a la lumbre, preguntándose quién habría muerto.

De repente el rumor circuló de boca en boca, de puerta en puerta, de casa en casa, hasta hacerse un solo murmullo:¡Se ha muerto el tío Villoruela!. Dicen que lo han encontrado muerto esta mañana, al levantarse. Pobre hombre, que Dios lo tenga en su Gloria. Ya dejó de sufrir! Y las gentes se persignaban y comenzaban a rezar en voz baja, por los vivos y por los muertos, como era costumbre hacerlo.

Mandaron venir al médico y les dijo que no se les ocurriera tocar nada, que lo dejaran donde estaba porque tenía que verlo para poder hacer el certificado de defunción. Como era amigo de los padres se acercó a casa antes de ir a certificar la muerte del viejo y el padre se fue con él. Luego nos contó que estaba tendido en un jergón de paja, debajo de la escalera del desván que arrancaba del cuerpo de casa. Estaba vestido con su chaqueta remendada y sus pantalones sucios y tenía las botas puestas. Una manta vieja era todo el abrigo que tenía encima. Tenía la cara azulada, las manos agarrotadas por el frío y los ojos y la boca desmesuradamente  abiertos. El médico certificó la muerte como un paro cardiaco con fallo multiorgánico, causado por una hipotermia aguda que le había producido bradicardia, bradipneapoliuria, y una desnutrición causada por una dieta inapropiada, hipocalórica e hipoprotéica. Como ninguno de los familiares entendía el significado de lo que el médico había escrito, se lo preguntaron.

-Quiere decir que se ha muerto de frío, de hambre y de sed. ¿Queréis saber algo más?.

Pero todos callaron y el médico salió de la casa con lágrimas en los ojos.

El cura llegó también inmediatamente, y pidió que alguien le cerrara la boca y le cerrara los ojos, como muestra de caridad cristiana. El sacristán le pasó la mano por los párpados para cerrárselos y una vecina vino con un pañuelo blanco y pasándoselo por el maxilar inferior se lo ató con un nudo en la cabeza para que la boca quedara cerrada y le juntó las manos cruzándole los dedos, que ya comenzaban a presentar rigor mortis, y acto seguido comenzó con el ritual cristiano diciendo las oraciones en latín, como era preceptivo entonces:

”Ego te absolvo a pecatis tuis in nomine patris et filius et spiritu sancto.

Libera me, Domine, de morte aeterna, in die illa tremenda:
Quando Coeli movéndi sunt et terra.
Dum veneris iudicare sǽculum por ignem.
Tremens factus sum ego, et Timeo, dum discussio vénerit, atque Ventura ira.
Quando Coeli movendi sunt et terra.
Dies illa, dies irae, calamitátis et misériæ, muere magna et amara valde.
Dum veneris iudicare sǽculum por ignem.
Réquiem aeternam dona eis, Domine: et lux perpetua Luceat eis.Requiescat in pacem. Amén.

Kyrie, eleison. Christe, eleison. Kyrie, eleison…

Luego hisopó al muerto con agua bendita y dirigiéndose a la familia les dio el pésame y se despidió de ellos diciéndoles: Que Dios os perdone, como vuestro padre os habrá perdonado.

Al lado del jergón la nieve que había entrado por la gatera había formado un pequeño montón blanco, la única señal de pureza en aquella inmundicia. En el ventanuco de la cocina se posaron dos cuervos y graznaron escandalosamente, hasta que alguien les espantó y desaparecieron volando hasta el tejado de la casa de en frente, acechando los despojos que su sentido agudo del olfato les dictaba que había dentro de la casa.

Al día siguiente lo enterraron con un traje de pana negro, nuevo. El pueblo entero acudió a su entierro, pero muy pocos se acercaron a dar el pésame a los familiares.

La hija de Barcelona tampoco vino al entierro del padre. Nadie ha vuelto a verla por el pueblo nunca más.

M. Pablos

Martorell, mayo 2013.

Este relato está basado en hechos reales, sin embargo el autor advierte que ni los personajes ni los diálogos tienen por qué serlo estrictamente. Son fruto de la imaginación del autor  y que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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