EL LOBATO, (historia de una amistad)

SACO DER ARPILLERA

                  PRÓLOGO

Hubo un tiempo en nuestras vidas el  cual nuestras mayores preocupaciones eran rellenar los pequeños espacios con cosas pequeñas que, sin embargo, era lo que llenaba en plenitud nuestras ansias de vivir.

Nuestras almas eran como delicadas fuentes de cristal, transparentes, puras y cristalinas como el agua de una fontana virgen, pero quebradizas como la gota que salta de ella y se deshace en mil micro gotas con la suavidad del soplo de la brisa fresca.

Y sin embargo disfrutábamos de estos momentos, daba igual que fueran importantes o menos importantes, con una intensidad que nunca más fuimos capaces de reproducir. Actuaban de forma asíncrona los cinco sentidos, cada uno por su lado, formando una especie de orquesta loca que, sin embargo, no se sabía cómo ni por qué, sonaba maravillosamente.

Nos entusiasmaba el vuelo de una mariposa que aleteaba a la caída de la tarde, entre los parterres de las flores silvestres, pintando increíbles cuadros costumbristas que ningún pintor sería nunca capaz de poder reproducir. Y sin embargo nuestras pequeñas almas sentían como una alegría salvaje que te recorría todo el cuerpo, te embotaba los sentidos y te dejaba extasiado, mirando sin ni siquiera comprenderlo, el milagro de la naturaleza en toda su extensión.

Nos entristecía una puesta de sol porque era la frontera de nuestros disfrutes de aquel día y vivíamos el momento con la desesperación de quien no espera ver otras miles de puestas de sol a lo largo de su vida, porque todavía no sabíamos que la vida iba mucho más allá del día siguiente.

Éramos pobres de solemnidad en bienes y no nos importaba lo más mínimo si el dinero existía o no existía, porque en caso de tenerlo, que no era casi nunca el caso, no sabíamos qué hacer con él, no nos servía para nada. Pero éramos millonarios en sentimientos, casi todos buenos, de manera que incluso aquellos que nos habían dicho que no eran buenos, sí que lo eran en nuestras mentes, aunque no lo fueran en las mentes de quien trataban de imponernos sus pensamientos, casi siempre viciados por los años que nosotros no teníamos. Porque sus almas no podían ser puras  como las nuestras.

Nuestras pequeñas-grandes preocupaciones, acababan casi donde empezaban y no iban más allá de los valores primarios, pero eternos, de la amistad, el cariño hacia los demás, la seguridad que nos daban de unos padres pobres, pero con el cariño temblándole en las manos y en las almas; un cariño que en pocas ocasiones eran capaces de manifestar en voz alta, porque nadie les había enseñado a hacerlo. Muy por el contrario siempre les habían hablarlo de que “no era de hombres”, manifestar según que sentimientos, ni en los peores momentos de su vida. Así es que aprendieron a ocultarlos en un semblante siempre serio, incluso en sus labios o en  sus ojos, siempre crispados por algo, siempre tristes incluso en las alegrías. Pero en el fondo de su alma estaba íntegro el cofre de los sentimientos no manifestados y algunas veces, cuando nadie los veía, explotaba en mil cristales transparentes, como cuando el vaso, que ha sido duro una vida entera, se te cae de las manos y estalla en mil pedazos, extendiendo pequeños fragmentos diamantes imaginados por doquier. Pero cuando eso pasaba, recogían sin dar oídos a sordos, los mil pedazos rotos y volvían a recomponerlos, no se sabía cómo y el vaso, lleno de cicatrices y con alguna resquebrajadura, volvía a servir de nuevo.

Solo los niños fuimos capaces de romperles esos cofres de tesoros amasados con el sudor, las lágrimas y las amarguras aprendidas y desparramados con el abrazo tierno de los padres momentáneos de la protección o el amor más hermoso. En nosotros vertieron, sin ni siquiera saberlo, la jarra del instinto, el vino dulce que llenaba por un momento nuestras pequeñas mentes con la satisfacción de saber que sí nos querían, aunque no nos lo dijeran.

Este escrito trata de pintar ese cuadro de los sentimientos infantiles, con la suavidad de los pinceles de quienes, sabiendo que un día fueron niños, intentan ser mayores sin acabar de conseguirlo.

Esta historia, o como queráis llamarla, ha sido escrita al alimón por María Calzada y Manuel Pablos. Deseamos la disfrutéis.


 

EL LOBATO

 

Un relato escrito por :

María Calzada y

Manuel Pablos

308Azuela

Todas las tardes cuando salía de la escuela el padre ya le había dejado sobre el murete de adobe de la conejera, el saco de arpillera y el hocín o el “zolacho”, para ir a buscar la hierba para los conejos. Al padre le había dado por criar conejos, porque decía que era la manera de comer carne todas las semanas, sin que le costara un duro, así es que había traído tres parejas de conejos y les había montado una conejera que ocupaba todo el espacio de la carretera que había debajo de la tenada de jara, a la derecha del corral. El suelo era de peña, así es que no les permitía hacer huras, por lo que les había fabricado unas conejeras de madera, con un cajón adosado que se comunicaba con la conejera mediante un agujero, que era la paridera. Con unos trozos de material había hecho una puerta en la parte de arriba de la paridera y había colocado una piedra pesada para evitar que los gatos o los perros se comieran las crías. Al niño se le salían los ojos cada vez que una coneja paría, seis u ocho gazapos y el padre levantaba la tapa de la paridera para que los viera. Eran apenas del tamaño de un gatín chico y no tenían pelos, pero si tenían una suave piel, que le pareció tan delicada como la piel de un bebé recién nacido. No abrían los ojos y tanteaban el espacio con unas patitas pequeñillas y sonrosadas, colocándose a veces, torpemente, unos encima de los otros, emitiendo un sonido gutural casi imperceptible, al tiempo que sacaban unas lengüecillas pequeñas y carnosas de un color rosa pálido. El padre no dejaba que los tocaran mucho, porque decía que la coneja los aborrecía y luego no les daba de mamar y se morían. Algunas veces, cuando el padre no estaba, saltaba la tapia de adobe, abría la paridera y los cogía un momento entre sus manos, delicadamente y sin apretar, temiendo que se les cayeran o que se rompieran de pronto, hasta que la coneja se ponía nerviosa y daba unos cuantos golpes secos con sus patas en el suelo, al tiempo que emitía una especie de chillido de enfado. Entonces volvía a depositar el gazapillo en la mullida cama hecha con pelo de la propia coneja, cerraba la tapa y ponía la piedra. Entonces volvía asaltar la tapia, cogía el saco y metía el hocín dentro y se lo echaba a la espalda, mientras remataba la merienda, una rebanada de pan con Tulipán, o con manteca y azúcar, que la madre le había dejado en la cocina, salía por la puerta del corral, que chirriaba como si le hicieran daño, y enfilaba por el camino de la Fuente.

Algunas veces le estaba esperando su amiga Meli, que era más o menos de su edad, nueve años, y se iban juntos, incluso se cambiaban o compartían las meriendas, porque la madre de su amiga no era partidaria de darle merienda de “chupalandrinas”, como los Tulipanes o el chocolate con almendras y siempre le ponía un trozo de chorizo. Se sentaban a merendar al sol en las piedras de la era del tío Celedonio y se cambiaban o compartían las meriendas. Su amiga Meli era hija del tío Ángel, el Posible, que era un “mutilao de guerra”, al que le gustaba enseñar el muñón que le quedaba de su mano izquierda, porque en la Guerra Civil de España había sido de “la quinta del biberón” y cuando en 1939 se acabó, se fue voluntario a la División Azul, con un tal Muñoz Grandes, que debía ser un militar muy importante y muy valiente  y estuvo en Rusia, según le había contado muchas veces a todo el que quería oírlo y lo habían herido en el frente de Moscú y allí lo habían dejado tirado, no sabían si muerto o vivo.

“Allí me quedé, desmayao”, desangrándome, entre dos trincheras, decía el tío Ángel, sin moverme hasta que se hizo de noche, porque al que se movía, desde el otro “lao” lo liquidaban. Cuando se hizo de noche me fui arrastrando, casi congelao del todo, hasta que llegué cerca de donde estaban los nuestros y cuando sentí hablar en español comencé a gritar, sin fuerzas casi: “¡Españoles, no tiréis, que soy hermano vuestro y vengo herido de muerte!. Hasta que un “soldao español” me oyó y me pudieron rescatar. Porque los que se quedaron dormidos o desmayaos, al día siguiente los encontraron congelaos a todos.

Lo cierto es que volvió a casa cuando ya lo habían dado por muerto oficialmente y le había hecho la misa de funeral… Su madre, la abuela de Meli, se ve que cuando lo vio entrar en casa se llevó un susto de muerte y salió corriendo por todo el pueblo gritando:”¡¡¡ Ha vuelto el mi Ángel de la guerra, no es posible, no es posible…!!! Y se quedo con “Ángel el posible”, para los restos.

Cuando acababan la merienda se echaban el saquillo al hombro y, dependiendo del día iban a uno u otro sitio, para evitar que la yerba se acabara. Conocían al dedillo los rompíos donde crecían los “jolios” más frescos, las tierra bajas donde estaban las mejores “mielgas”, los sembrados donde crecían las claveleras más tiernas, los prados donde estaba el cardillo más delicado y dos o tres huertecillos de aquellos que llamaban familiares, donde a veces encontraban hojas de berza en las lindes y, si cuadraba y no había nadie cerca, algún que otro nabo o unas cuantas manadas de alfalfa, iban a parar al saco. Lo cierto es que cada día, en poco más de una hora, llevaban el saco lleno. En primavera, cuando los sembrados se llenaban de amapolas rojas, los niños recogían gran cantidad de ellas, pues la madre, que era maestra, les había dicho que las amapolas tenían unas sustancias “euforizantes”, que hacían que los conejos se reprodujeran más y así tenían más crías cuando parían. Lo cierto es que en realidad existen variedades de amapolas que contienen opio y otras unas sustancias que, efectivamente, son euforizantes y eran utilizadas desde los tiempo antiguos como diferentes remedios curativos para las mujeres o los hombres que no podían tener hijos, de diversas maneras, pues consideraban que ayudaban a la Naturaleza.

Cuando llegaba a casa con el saco lleno, le vaciaba la mitad en medio de la tenada y se sentaba a mirar encima de la tapia de adobes. La otra mitad la guardaba para la mañana siguiente, porque decía el padre que si comían mucho se “zurraban”, que era algo así como que le entraba “cagalera” y se ponían malos. Los conejos iban saliendo poco a poco de las conejeras donde se habían escondido cuando oyeron crujir la puerta del corral, porque como había observado muchas veces, los conejos son muy asustadizos y en cuando oyen el menor ruido, dan un golpe con las patas traseras en la tierra, levantan la cabeza y ponen las orejas tiesas y se esconden rápidamente.

Le gustaba ver como se comportaban los animales. Primero asomaban la cabeza y comenzaban a mover el morro hacia todos los lados, al tiempo que alargaban las orejas, se ponían derechos apoyándose  en las  dos patas traseras y se atusaban la cara con las patas delanteras. Luego comenzaban a mover los bigotes a todos los lados y comenzaban a caminar a saltitos cortos, lentamente, hacia donde les había tirado la hierba. En un momento salían todos, rodeaban la comida y comenzaban a roer las plantas, ayudándose de las patas delanteras para sujetarlas. Los gazapillos corrían sin parar alrededor de la tenada, levantando exageradamente las patas traseras para saltar,  haciendo unas cabriolas muy graciosas. En algunas ocasiones caían de panza o de costado, daban un chillido, no sabía si de miedo o de satisfacción,  pero  se levantaban rápidamente y comenzaban a correr como locos, zigzagueando a derecha e izquierda a una velocidad sorprendente, sin chocarse los unos con los otros ni  con la pared. Mientras tanto los demás conejos seguían comiendo tranquilamente, moviéndose pausadamente, si hacer el menor caso de los pequeños. Entonces el niño daba un par de palmadas y se reía como un loco cuando todos los animales corrían espantados para esconderse, cada uno a su conejera, y en un par de segundos no quedaba ni uno solo. Entonces bajaba de la pared y se metía en casa a hacer los deberes de la escuela.

 

Un día más Meli y su amigo, regresaban de recoger yerba. Cada uno  carga un saco que parece  más grande que ellos. La niña cree que los han llenado demasiado, su amigo tiene mucha habilidad  para “encalcarla” en el saco y hoy ha sido él quien le ha ayudado a llenarlo. El tiempo se les ha pasado volando. Se han enredado jugando durante un buen rato. El promontorio que hay al lado del prado, cubierto de un manto verde de yerba y flores silvestres, los ha invitado a tirarse rodando ladera abajo. Primero fue su amigo que sin más, se puso a rodar, pero a la niña, más cuidadosa, se le ocurrió protegerse y para no marcharse del verde de la yerba, se metió en el saco. Al niño le pareció divertida la idea y así cada uno en su saco, agarrados del borde y al mismo tiempo protegiéndose la cabeza, rodaron una y otra vez muertos de la risa. Antes de entrar en el pueblo cuando ya casi la gavia de la orilla del camino está a punto de desembocar en el regato y enfrente de la alcantarilla de dos ojos que deja la entrada a una huerta, Meli se descargó el saco.

-¡Uf!  Voy a descansar un rato.

-Meli no puedo esperar, se me ha hecho tarde, hoy  tengo muchos deberes…

-No te preocupes, no me esperes, si ya estamos en el pueblo.

Realmente estaba cansada, había perdido la cuenta de las veces que había subido la cuesta para bajar rodando pero, le había servido para quitarle durante un rato esa especie de preocupación que le mariposeaba en la boca del estomago, El día antes el padre le había comentado lo rara que veía a la perra. “Está al caer, cualquier día amanece con media docena de perrillos…Y no sé qué vamos  hacer con ellos…”

Se sentó en el borde de la alcantarilla y se dispuso a descansar y disfrutar de la tranquilidad de aquella hora de la tarde, cuando el sol ya había perdido fuerza porque los días  eran más largos. Era el comienzo de la primavera y ya habían hecho acto de presencia la mayoría de las flores que adornan el campo. Así lo estaba viendo, y a esa hora le parecía que la luz le daba la calidez apropiada para verlo más bonito. En frente tenía un campo sembrado de trigo, teñido de rojo sangre por tantas amapolas; un poco más allá la silueta serpenteante del regato se dibujaba por los arbustos de los espinos, inundados de florecillas blancas que parecían velos de novia esperando a ser recogidos para adornar el vestido. Y las eras, que tenía un poco más a su derecha lucían, un manto verde salpicado de florecillas, margaritas blancas y amarillas, campanillas y tijeretas de varios colores y la orquídea silvestre parecía haberse hecho dueña de toda una esquina que, en la distancia, era como si la hubieran pintado de color morado. Las orillas del camino parecían parterres de mil colores, blancos, amarillos, lilas, rojos… todas juntas habían nacido en el lugar exacto, al mismo tiempo, para pintar cuadros impresionistas.

Remolonamente dirigió la mirada hacia la entrada del pueblo, allí también los jardines de las casas empezaban a lucir sus mejores galas, una buganvilla repleta de flores rojas recorría la pared enredada entre rosales de diferentes colores, casi a la sombra de un sauco que, un poco más tardío, ya apuntaba sus flores blancas. Nunca había mirado las maravillas de la primavera de esta forma; sin duda era la estación más bonita del año, se lo comentaría a su amigo… Al tiempo, con pereza, recogía el saco y se lo ponía a la espalda para seguir hasta casa.

trigales verdes 2-¡Va! Me llamará tontorrona…

Cuando llegó a casa  encontró al padre en el corral sentado en un tajo de tres patas, de los que hacía  su amigo y compañero  Gildo, cuando  en invierno preparaban cisco en el monte. Los utilizaban para sentarse mientras comían.  Después terminaban en la hoguera pero, siempre había alguno que se libraba de la quema y andaba  desperdigado por el corral. El padre los utilizaba para sentarse mientras acababa alguna faena que pudiera hacer de sentado.

Allí estaba, en medio del tenao, una especie de porche a la salida de la casa hacia el corral. Desde allí se distribuían diferentes apartados para el ganado y componían una parte del corral, bajo techo, resguardado del sol y la lluvia.  En frente, en un caseto que antes había sido una cebonera,  el padre  había limpiado y  preparado una cama de paja nueva y un trozo de costal viejo, para que la perra estuviera cómoda.

Justo detrás de él a la derecha nada más  salir de casa,  una escañeta vieja puesta sobre la pared hacia las veces de conejera. El padre la había levantado con un par de adobes en cada pata  y después forrado con alambrera. Dentro una paridera donde ponía las conejas cuando intuía que era la hora de  parir. Durante un tiempo la camada vivía en ese espacio; cuando se hacían más grandes los pasaba a otro apartado un poco más holgado para que empezaran a moverse.

Meli dejó el saco y la hoz en el suelo, se acerco muy despacio hasta donde estaba el padre que, observaba a la perra preocupado, era la primera vez que paría y no sabía cómo le iba a ir.

Sorprendida veía como la perra se levantaba nerviosa dando vueltas sobre sí misma, para volver a tumbarse al tiempo que soltaba una especie de gruñidos. La niña hizo un gesto de acercarse alargando un brazo como queriendo acariciarla  pero,  el padre le dijo que no.

-Hay que dejarla tranquila, ella sola lo hará muy bien. Ya nos acercaremos si tiene problemas, hay que tener paciencia.

La niña decidió sentarse en el suelo al lado del padre a esperar para ver en qué terminaba aquello.

De repente  Leona se levanta, agarra el trozo de costal con la boca y lo coloca donde ella cree que va a estar mejor. Parecía no encontrar la forma de acomodarse. Se tumba sobre la tela, sigue inquieta, gruñe y gira nerviosa la cabeza hacia la parte trasera de sus patas. Al cabo de un rato la niña observa con los ojos muy abiertos por el asombro, el milagro de la vida. Al tiempo que la Leona levanta ligeramente el rabo va saliendo, muy despacio, una especie de bola casi blanca que en unos segundos cae  al suelo. Era una bola alargada, cubierta por una tela transparente y viscosa, que no se movía. Rápidamente la perra gira la cabeza hacia atrás y comienza a darle casi de forma obsesiva, lametazos. Meli mira preocupada, aquello no se mueve…-¡Está muerto!

-No, viene envuelto en una bolsa y ves, se la está quitando.

Con  habilidad e insistencia la perra lamia la tela que envolvía al cachorro, que  en cuanto quedó medio descubierto, de pronto,  se impulsó para darse la vuelta y quedar con las patas para abajo. Tembloroso se pone de pie, y solo entonces se vio con claridad la figura del cachorrillo blanco con manchas rubias. Y en aquel momento se produjo el maravilloso milagro de la ternura pues la Leona continuo lamiéndolo, dándole calor, y acercándolo mimosamente a su cuerpo como  indicándole el camino a seguir para encontrar las tetas, llenas a rebosar de leche tibia, y le empujaba delicadamente con el morro húmedo para que mamara, mientras en sus ojos, más grandes y brillantes que nunca, se dibujaba una felicidad sin límites, la felicidad que produce en las hembras animales, la maternidad.

La niña no se daba cuenta pero, se le estaba dibujando una sonrisa en la boca y en voz alta dijo; -¡Qué bonito es!

-¡Blanco manchao, a saber quién es el padre…!

-Es igual, es muy bonito.

CACHORRILOS DE LABRADORY los dos rompieron a reír a carcajada limpia, haciendo que los gallos que andaban por el corral, levantaran la cabeza espantados al tiempo que iniciaban un ruidoso cacareo, como si se sintieran celosos de tanta felicidad

Mientras tanto la perra seguía cuidando al cachorro con gestos cariñosos e intentaba romperle el cordón umbilical desgastándolo a lametazos muy rápidos, el padre estaba recordando como Leona había estado desaparecida durante unos días. En casa, Meli y su madre, estaban preocupadas por si le había pasado algo pero, bien sabía él que esa escapada tendría estas consecuencias. No había muchos perros en el pueblo y posiblemente se había ido a un pueblo cercano o alguna dehesa.

A la niña le pareció oír ruido a sus espaldas, al girar la cabeza se dio cuenta que la camada de conejos estaban al borde de la alambrera. Algunos con las patas delanteras apoyadas sobre ella, observando expectantes con las orejas tiesas; lo que no acertó a adivinar es, si era por lo que allí se estaba viviendo o por el saco de yerba que estaba al lado. Sonrió para sí misma y cuando volvió a mirar a la perra, se dio cuenta que se había perdido el nacimiento del segundo cachorro. Ya la tranquilidad se iba palpando en el ambiente y apenas se dieron cuenta del transcurrir del tiempo.

Cuatro cachorros fueron el resultado del parto de Leona que ahora parecía encontrarse tranquila y feliz, amamantándolos.

Meli esa noche tuvo que irse a dormir sin poder acariciar a la perra ni a los cachorros, su padre le había dicho que los dejara tranquilos que, a los animales recién paridos no les gustaba que le tocaran las crías, con algunos había que tener cuidado, se podían poner agresivos.

A la mañana siguiente antes de ir a la escuela, desayunó rápido para pasar por el corral y ver a Leona y los cachorros. Se acercó muy despacio, se arrodillo delante de ellos  y creyó entender que la mirada de la perra le daba confianza suficiente para acariciarla, lo hizo con cuidado hasta que le pareció que, también podría acariciar aunque fuera a uno solo de los perrines. Estaban los cuatro muy juntos, dormidos, con las cabezas apoyadas sobre la barriga de la madre. Solo se atrevió a pasar la mano por encima del lomo de uno de ellos y encontró que era tan suave y delicado que le parecía que si lo cogía se podía romper. Le hizo la última caricia a la perra, le planto un beso en la cabeza y se fue corriendo a la escuela. Rápido tendría que pensar donde colocar a los cachorros. Su padre el día menos pensado los haría desaparecer.

 

Aquella tarde Meli estaba sentada en la pared de la cortina con los pies colgando sobre el camino, moviendo rítmicamente las sandalias de goma roja, hacía atrás y hacia adelante. Pensaba en lo que había pasado los últimos        días
Lo miró  fijamente, pero enseguida desvió los ojos al suelo, por lo que el niño, que la conocía bien, sabía que algo le preocupaba. Parecía contenta y triste a la vez.

-Ha parido la Leona- dijo de sopetón, con poco  entusiasmo. Tiene cuatro perrines  chiquininos, dos jaros y dos manchaos. Pero mi padre dice que no quiere más que uno, así es que los otros los quiere tirar al regato. ¿Tú no querrás uno?

– No sé, no creo que mi padre me deje tener un perro.

-¿Por qué no se lo preguntas? A lo mejor le interesa tener uno para que os guarde los conejos.

-¿Desde cuándo los perros guardan los conejos? Los perros los cazan y se los comen, si acaso.

– A los de monte sí y a las liebres, pero a los de casa no les hacen nada. La Leona nunca los ha tocado.

– Claro, porque tu padre los tiene candaos en el caseto chico, pero si anduvieran sueltos por el corral, seguro que los cazaba, porque todos los perros son cazadores.

– Pues la Leona no es cazadora, porque a veces se escapan y ni los toca. ¿Pa donde vamos hoy?

_ Hoy pa la “buerta” del tío Peralo, que me dijo el Benino que habían arrancao los nabos y habían dejao los macaos tiraos en la linde, que los fuéramos a coger, que a los conejos les gustan los nabos.

Echaron a andar por el camino de Ledesma hasta la huerta del tío Peralo, que estaba a medio kilómetro del pueblo y cuando llegaron estaba el Benino arrancando unas berzas y les dejó coger las hojas malas, así es que entre unas cosas y otras casi llenaron los sacos.

-Hoy os ha ido bien a vosotros dos, habéis hecho pronto la carga. Segarme la yerba de esa linde, que está crecida y también es muy buena pa los conejos. Por San Antonio, ya podéis darme uno. ¿No seréis algo novios, vosotros, que andáis siempre juntos?

– Calla, so bobo, dijo Meli, poniéndose colorada como un tomate. ¿Cómo vamos a ser novios si tenemos nueve años? Los novios tienen que ser grandes, como tú y la Toña. Además, yo ya tengo otro.

– ¿Ah, sí? ¿Y quién es, si se puede saber?

-¡A ti te lo voy a decir, si hombre!

– Y yo otra, replico rápidamente el niño… Mi prima Rosa.

– ¿Tú no querrás un perro chico?, pregunto Meli de sopetón a Benino, el Peralo.

-¿Un perro chico…?. Ni uno grande, que ya soy yo bastante perro, dijo riéndose a carcajadas.

-Es que ha parido la Leona y mi padre quiere tirarlos al regato.

– Bueno, es lo que se hace siempre, ¿no?. Nadie quiere perros, que el pan está carotrigales verdes 2

-Eso mismo dice mi padre…

-Pues entonces ya los puedes dar por muertos.

-O puede que no, so listo. Igual a este le dejan tener uno y a los otros puede que le encuentre amo.

-Puede…¡Hala, segar las yerba que se os hace tarde!, dijo el Benino, y siguió a lo suyo.

El sol iba metiéndose poco a poco entre los encinares. Había reflejos rojizos pálidos en la línea del horizonte y azules verdes preciosos, que competían con los rojigualdas de los trigales. Las alondras se desgañitaban trinando en los linderos de los sembrados; los cucos lanzaban sus retos ocultos entre las encinas; las tórtolas lloraban sus amores tristes posadas sobre las ramas secas de los robles;las palomas zuritas pasaban silbando como balas, haciendo acrobacias increíbles entre los hayedos y por todas partes la Naturaleza enseñaba sus galas de fiesta. Los niños caminaban en silencio, desandando el camino hacia el pueblo.

-Oye, dijo de pronto Meli, que lo qué le he dicho al Peralo del novio es mentira. Solo lo he dicho por chincharlo, pero a mí no me gusta ninguno.

-Ni a mí tampoco, dijo el niño, fijando los ojos en la tierra del camino. Además, que los primos no pueden ser novios.

– Pues eso. ¿Tenemos que confesarnos por decir mentiras?

– Yo creo que no, porque no son mentiras gordas, y a mí me dijo una vez D. Antonio, el cura, que fuera al grano, que las mentiras pequeñas no se tenían que confesar.

-Menos mal, dijo Meli. Además al cura tampoco le importará mucho si tenemos novios… ¡como él no puede tener novia!

– Ni falta que le hace, dijo el niño, dando una patada a una piedra.

Justo cuando llegaban al pueblo, el sol escondió sus últimos rayos mortecinos arrastrándolos desganadamente detrás de los tesos y una banda de vencejos pasó por encima de sus cabezas, persiguiéndose y chillando alocadamente. Los niños alzaron la cabeza y siguieron las acrobacias de los pájaros durante un momento. Al llegar al cruce de la calle se despidieron hasta el día siguiente.

– Mañana quedamos donde siempre, ¿no?.

– Sí, dijo Meli, donde siempre. Luego ya tiraremos para cualquier sitio.

 

“Angel, el Posible” era un hombre tenaz, lo había demostrado a lo largo de su vida. Lo que se proponía lo llevaba a cabo, aunque a veces las situaciones parecieran difíciles; todo él era un ejemplo. Seguramente las situaciones vividas en las guerras habrían hecho de él un hombre con las ideas claras y el convencimiento de no darse por vencido y que la lucha con uno mismo te lleva a conseguir lo que quieres. Después de la experiencia vivida en la División Azul, arrastró su vida de un lado a otro, en diferentes trabajos, recorriendo fincas y pasando penurias. Pero en ese trajín atesoró experiencias   que hoy le servían, no solo para seguir sobreviviendo,  si no también para  comentarlas a su hija y para contarlas a quien quisiera escuchar, pues  tenía buena labia y sabía cómo hablar para hacerse oír.

Había oído decir a los niños que el padre del amigo de su hija, pensaba hacerse cazador. Aunque sabía que Meli trataría de buscar un hogar a los cachorros, a través de sus amigos, no creía que lo pudiera conseguir, pues la gente no quería animales en casa, solo para tener una boca más que alimentar. Los perros en el campo siempre habían cumplido con algún deber, cuidar ganado, o ser cazadores, siendo  fieles compañeros  de sus amos y a través de esa simbiosis natural,  desempeñar la labor para lo que hubieran sido adiestrados. Ángel por sus condiciones de trabajo, siempre había tenido perros y los había adiestrado a su medida. Había conseguido verdaderos compañeros de viaje, a pesar de no tener razas especializadas, siempre logró que cumplieran con lo que necesitaba, de tal manera que sin tener perros de caza, estos le ayudaban a cazar los conejos o libres que necesitara. El no era cazador al uso, no era cazador con escopeta, las armas las cargaba el diablo y ya había visto bastantes.  Además con el muñón en la mano izquierda, mal aguantaría el retroceso de una escopeta de caza. Había aprendido a tirar el porro sobre conejos y libres y cuando acertaba a darles, que era la mayoría de las veces, y quedaban atontadas, su perro terminaba apresándolas. Consideraba que los años le habían dado un buen conocimiento de los perros, les había dado su sitio, los había tratado bien, teniendo solo los necesarios y era ahora cuando tener un perro era más un capricho que otra cosa.

-A mí un perro que me coge el fato, ya no se me despega en la vida, solía decir.

– ¿Y cómo haces para que te coja el fato?

– Muy fácil. Lo tienes un par de días sin comer. Luego te metes un mendrugo de pan debajo del sobaco y de vez en cuando se lo das a oler, pero no se lo dejas comer. A los dos días se lo tiras y que se lo coma y la olor del sobaco se le mete dentro y te sigue como un cordero. Después, con un poco de paciencia, lo vas haciendo a ti. Al final es manso como un “bué”.

Con estas premisas se encaminó hacia la casa del padre del amigo de su hija, dispuesto a poner en marcha todas sus armas verbales, a fin de que se quedara uno de los cachorros. El padre del chico era reacio a hacerse con un perro pues, tampoco tenía claro del todo lo de hacerse cazador. Pero Ángel, el Posible, había salido de casa convencido de la misión de colocarle el cachorro, soltándole todos los parabienes y ventajas de tener un perro. Además esa raza la conocía y sabía de las buenas condiciones que atesoraban a poco que se pareciera a la madre. Fue tal el despliegue de razones por las que debía tener un perro que, el padre del chico no supo si primero le convenció para quedarse con el animal, o si antes le facilitó la forma para hacer los trámites de cazador. El caso es, que el hombre  quedó con cierto desasosiego, porque todo le parecía una precipitación; se vio con un perro, pues había dado su palabra y no tardarían en traérselo y casi en la obligación de ser cazador.

“Ángel el posible” llegó a casa más contento que unas pascuas. Le parecía que  el esmero y empeño que había puesto para colocarle el perro, había sido digno del mejor trato, tenía fama de buen tratante, cuando vendía ganado. Con estas buenas vibraciones  le dio la noticia a Meli,  que contenta pensó ya no tendría que poner en aprietos a su amigo.

Esa tarde Meli corrió al punto donde quedaban todos los días para segar yerba. Llegó antes que su amigo, e impaciente miraba hacia el camino para ver si llegaba. Cuando a lo lejos alcanzó a divisarlo, sonrió, le parecía que el chico también venia contento.

“Hola” dijeron al tiempo, y se echaron a reír.

-Mi padre ha ido a hablar con el tuyo…

-Ya.

-¿Estás contento? Es muy bonito, te gustará.

-Sí, ya tengo ganas de verlo.

-No te preocupes cuando quieras vienes a casa verlo, ahora es mejor que sigan con la Leona unos días más. Mamando se hará fuerte.

Meli sonreía inquieta.

-¿De qué te ríes…?

-Te lo vas a pasar muy bien pero, si tu padre lo quiere para cazar, tienes que tener cuidado. No se lo digas , pero mi padre  dice, que los perros que se adiestran para trabajar no pueden estar entre los niños.

-¿Por qué?

-Dice que se hacen unos falderos, juguetones.

-¿No podré jugar con él?

Meli reía al tiempo que le decía:

-Sí, puedes ayudar a tu padre a educarlo para cazar pero, seguro que le gustará más jugar contigo. Tienes que vigilarlo; Leona cuando todavía era un cachorro, un día que mi madre tenía la ropa colgada en la cuerda del corral, empezó a dar saltos, queriendo agarrar con la boca la ropa que se movía con el viento. Después de intentarlo un rato, alcanzo unos pantalones… menos mal que mi padre llegó a tiempo, porque los hubiera hecho trozos. Al principio mi padre se enfadó un poco pero, luego yo le vi que se reía. ¡Tú juega con él cuando no te vean!  ¿Nos vamos?

-Sí… Pues sabes una cosa… mi padre anda ilusionao. Le ha dicho a la madre que como ya tendrá perro de caza, se va a comprar una escopeta de caza del doce, y anda preguntando a la cuadrilla de cazadores del pueblo, ya sabes al José Luís, Genaro, Quico Juanes y esos…, los que mataron la loba y eso, para ver si lo dejan salir con ellos.

– Pues entonces ya no se nos escapa, ya tienes perro… ¿Cómo lo llamamos?

– No sé, a mi me gusta Lobato. Porque tiene los colores de un lobo pequeño.

– ¿Tú has visto alguna vez un lobo pequeño?

– Yo sí, cuando cazaron la loba. Me los enseñó Genaro; son como los perrines y no muerden ni arañan, ni nada. Y eran igualitos al perrín tuyo.

– ¡Pero si todavía no lo has visto!

– Ya, pero me lo he soñao. ¿Y si vamos a verlos ahora?

– ¡Pues vamos, que ahora no hay nadie en casa!. Eso sí, si la Leona nos gruñe, no los podemos tocar, que nos muerde. Dice mi padre que es porque anda “encelá”.

_ ¿Qué es encelà?.

– No sé, pero debe ser algo malo, porque si muerde…

_ Bueno, pues por si un caso, vale más que no los toquemos.

Y enfilaron calle abajo hasta el pajar donde la Leona tenía los cachorritos

EL LOBATO 2ª PART

María Calzada

Manuel Pablos

Se despertó sobresaltado por los gritos del padre y los ladridos lastimeros de Lobato. Era una fresca mañana de abril y el sol todavía no había asomado por el horizonte…

-¡Te mato, cabrón, perro de mierda… tres conejos, me ha desgraciao tres conejos!

Salió corriendo hasta el corral en pijama. La madre y los hermanos llegaron al mismo tiempo. El padre tenía un palo de fresno en la mano, había acorralado al lobato en un rincón y le estaba dando una somanta de palos mientras le gritaba, totalmente descontrolado, frases incoherentes…”Encima que no vale pa na, ni pa cazar, ni pa cuidar la casa, na más pa comer, hoy le ha dao la vasca y ha matao tres conejos”.

Y continuaba dándole palos, totalmente fuera de sí, mientras el perro, acorralado entre la pared del corral y la vara del padre, trataba de escapar por donde fuera, aullando lastimeramente. El niño corrió a interponerse entre el padre y el asustado animal y a punto estuvo de recibir un palo en la cabeza. Solo el grito  desgarrador de la madre evitó en el último momento que el palo cayera sobre el niño, porque el padre había perdido el control y ya no razonaba.

– ¡Criminal, que eres un criminal!, gritó el niño enfrentándose con el padre. ¿Por qué le pegas así?

La bofetada del padre sonó como un trallazo en la cara del niño. La madre se lanzó corriendo a sujetar al marido, mientras el niño se acurrucó en el rincón de la tenada, llorando amargamente.

-¡Si me vuelves a levantar la voz te despellejo vivo, mocoso!¿ Pero quién te has creído que eres para insultar a tu padre? ¡Métete pa casa, que no respondo, so mierda!

La madre agarró al niño de la mano y se lo llevó a la cocina, mientras le decía en voz alta para que el padre lo oyera. “A tu padre no se le levanta la voz, ni se le chita, cuanto más para llamarlo criminal. Prepárate para el castigo, cuando entre. Vas a estar por lo menos una semana sin salir a jugar. Pues no faltaría más que un mocosuelo como tú insulte a su padre”. Mientras tanto acariciaba la cabeza del niño, fuera de la mirada del padre, al tiempo que  por lo bajo le susurraba:”Métete en la cama y no chites. Y no te levantes hasta que yo no te llame para ir a la escuela”.???????????????????????????????

El perro aprovechó el momento de desconcierto para saltar la tapia y salir como alma que persigue el diablo, por la calle abajo, sin detenerse a mirar para atrás, hasta que se perdió entre las casas del pueblo.

-¡Hoy mismo lo cuelgo, este no me hace ninguna más!, decía el padre enfurecido, mientras remataba los conejos heridos por el Lobato, dándoles con el canto de la mano abierta detrás de las orejas, para desnucarlos. Los conejos tenían un último estremecimiento, luego estiraban las patas, dejaban caer las orejas y miraban, ya sin ver, con sus ojos muy abiertos la tierra que había bajo sus cabezas.

Los gallos y las gallinas corrían como paranoicos por el corral huyendo del padre, montando un escándalo descomunal de cacareos, mientras que dos o tres vecinos entraron asustados por el griterío para ver qué es lo que había pasado.

-¡Pues ná,decía el padre, que el cabrón del perro ha saltado esta noche la tapia de la conejera y ya veis,dos gazapos y una coneja muertos. Y todavía suerte que los otros han tenido tiempo de meterse en las huras, que si no me mata la mitad. Encima que no vale ni pa cazar ni pa na que no sea espantar las liebres…Cuando lo llevo de caza y pego el tiro, sale ladrando y corriendo en el sentido contrario, en vez de perseguir la pieza y, algunas veces, se me viene pa casa, muerto de miedo. ¡Hoy mismo lo cuelgo. Menuda ganga me metió “el Posible”, mal rayo lo parta.Ahora que de hoy no pasa, eso os lo aseguro yo, hoy mismo lo cuelgo por el pescuezo en la alameda de la fuente” !

El niño no pudo pegar los ojos. Cuando la madre lo llamó para ir a la escuela el padre ya no estaba y del perro no había ni rastro. Desayunó sin ganas, agarró el cabás y bajó la cuesta camino de la escuela. En la plaza estaba Meli jugando a la cuerda con otro grupo de niñas, mientras cantaban la canción de moda de la época : “Han puesto una librería/ con los libros muy baratos/con los libros muy baratos/Con un letrero que dice/viva Carmencita Franco/viva Carmencita Franco….”

Se acercó a ellas y la llamó. Las demás niñas los miraron maliciosamente mientras cuchicheaban entre ellas.

– Hoy el padre casi mata al Lobato de una paliza, le dijo con los ojos llenos de lágrimas. Lo va a colgar en la alameda esta mañana, porque ha matado tres conejos en el corral.

-¡Jolines!, dijo Meli sorprendida. ¿ Qué te ha pasado en la cara, que la tienes roja como un tomate?

-Que el padre me ha pegado una bofetada, porque lo he llamado criminal…

-¿Por qué?

– Porque le ha pegado una paliza al Lobato y casi lo mata. Yo fui a defenderlo y lo llamé criminal. Entonces me sacudió.

_¡Que bruto es tu padre, majo!¿Y tu madre que ha dicho?

-Pues nada, que a un padre no se le pueden decir esas cosas. Pero no estaba muy enfadada. Lo dijo para que el padre lo oyera y luego me metió en la cama, para que no me pegara más. Es que estaba furioso.

-¡No podemos dejar que lo cuelgue, lo tenemos que encontrar antes que lo encuentre él y esconderlo!

-¡Ya, pero vete a saber dónde anda! Además, tenemos que ir a la escuela.

– Bueno, pues a la hora del recreo nos escapamos un momento y miramos por el pueblo a ver si lo vemos.

– ¿ Y luego que hacemos con él?

– Ya pensaremos algo. Me voy, que ya está ahí la maestra.

– Vale, pues luego hablamos, a la hora del recreo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo existe piedra más dura que el alma de los hombres, cuando el razonamiento desparece y el odio pasa a inundar los espacios vacíos que este deja .Es entonces cuando  el hombre se cree un dios, dueño absoluto de la vida y de la muerte y siembra la muerte al tiempo que arrebata la vida, sin darse cuenta que cada una de las catástrofes que crea es, en realidad, un poco de resquebrajamiento de su alma herida, ya reseca y resentida por otras muertes. Los sentimientos de la pasión, la compasión o la lástima desaparecen, mientras el orgullo de macho dominante crece en las  mismas proporciones. Es cuando el hombre pierde el equilibrio y se siente orgulloso de la barbarie, se regodea en la muerte de los seres que ha querido y la sonrisa retorcida aparece en la cara en forma de máscara burlesca que muestra, cual careta carnavalesca,  lo que no es pero finge ser, para que los demás, nacidos de la misma especie, le consideren uno de los suyos. Siembra la muerte con la misma mano que un día sembró la simiente que llenó de vida la tierra donde habita. Mata sin escrúpulos, con la misma mano que el día anterior acarició al ser al que acaba de quitar la vida, en una manifestación de ternura infinita. Y no manifiesta remordimientos más allá de su propio yo personal y aún a veces, ni los siente en su propio interior. Tan encorchada tiene ya la conciencia.

Encontró al animal acurrucado, temblando aún por el dolor y el miedo, en el rincón más oscuro del comedero del horno. Cogió un cordel y se lo pasó por el cuello haciendo un nudo a escorraliza y dio un tirón con tal violencia que lanzó al perro al medio del habitáculo. El Lobato dio un aullido lastimero cuando la fuerza del hombre le apretó el cuello con tanta furia que a punto estuvo de partirle las vértebras del cuello, se revolvió sobre sí mismo tratando de escapar, pero la fuerza del brazo del hombre no se lo permitió, de manera que rodó sobre su propio cuerpo tres o cuatro veces y quedó boca arriba al lado de la puerta, mirando al amo con aquellos ojos inmensos, interrogadores, tratando de entender el por qué del maltrato y al no  conseguirlo, se sometió a la fuerza y ya no intentó hacer nada. El hombre volvió a tirar del cordel y el perro lo siguió mansamente por la calle del caño abajo. El agua del caño caía a borbotones, como siempre la había conocido, creando una sinfonía perfecta de cristalinos arpegios que atraía a los seres humanos a refrescarse, pero apenas si llamó su atención. Chapotearon las botas del hombre sobre los barros que se formaban alrededor del pilón donde se abrevaban los animales, y un chorrillo de agua y barro sucio salió disparado con la misma violencia que había en quien pisaba, despanzurrándose sobre la pared del abrevadero y resbalando pared abajo, creando en ella una mancha indefinida, de un color marronaceo, que destacaba sobre la mugre ya acumulada por otros chapoteos anteriores. Siguieron por la calle de la fuente, pasaron bajo la higuera del cura y caminaron por la calle empedrada que llevaba a las alamedas del regatillo que pasaba al lado de la fuente medieval, que seguía manado abundantemente desde, probablemente, la época de los romanos y que había sido testigo, a lo largo de tantos años, de la historia que llevaba aparejada. Al llegar al puente de piedra el amo buscó con la mirada un fresno viejo que subía pared arriba desde el regato sobre el arco central del puente, escogió una rama fuerte y pasó el cordel por encima de ella y, sin ningún miramiento, dio un tirón salvaje y el perro salió disparado hacia arriba, mientras el nudo se apretaba alrededor del cuello del animal, asfixiándolo y quebrando las vertebras del cuello; aullaba de dolor y movía las patas traseras en una especie de danza macabra, tratando de enganchar la cuerda que le estaba quitando la vida poco a poco.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl amo ni se inmutó. Ató la cuerda con doble nudo a la rama y dejó al animal balanceándose como un pelele roto, en medio del arco del puente, emitiendo unos aullidos lastimeros, dio media vuelta y se volvió a casa. Era mediada la mañana y quedaba mucho por hacer.

Oyeron los ladridos a la hora del recreo y supieron que el padre había cumplido la promesa. Salieron disparados por la calle del tío Celedonio y con toda la velocidad que sus piernas le permitían enfilaron por la calle de las pozas hacia el puente. Los cantos rodados se le clavaban en la planta del pie y le quemaban la piel, pero apenas si lo notaban. Cuando llegaron el perro ya no aullaba y casi no se movía, pero los pequeños movimientos del pecho le hicieron comprender que no estaba muerto del todo.

-Gatea por el árbol  desde el regato y sujétalo “p’arriba” con todas tus fuerzas, gritaba Meli. Todavía está un poco vivo. A ver si yo desde aquí puedo desatar los nudos.

El niño trepó por el árbol como un gato lo más rápido posible, se puso a caballo sobre dos ramas que quedaban por debajo del perro, metió el hombro bajo sus partes traseras y se levantó empujando con todas sus fuerzas  al perrillo inerte hacia arriba, para que el cordel aflojara un poco, lo suficiente para que Meli pudiera deshacer el nudo de la rama superior y el perro cayera al regato como un fardo.

Llegaron al mismo tiempo y aflojaron el nudo del cuello para ver si el perrillo respiraba…

_ ¡Está un poco vivo, porque respira un poco!, gritaron entusiasmados.

Pero el perrillo no hizo ningún movimiento. Solamente un leve aleteo de la nariz y un ligero movimiento de vaivén de las costillas hacían presagiar que no había muerto del todo, pero tenía la cabeza caída de lado, con la lengua medio amoratada saliéndole de la boca y cuando trataron de ponerlo de pie el animal cayó al suelo como un pelele roto…

Los niños se miraron a los ojos y se les saltaron las lágrimas. El perrillo debía estar muerto. “ ¡Vamos a soplarle por la boca, dijo el niño. Yo he visto hacérselo a un cabrito que nació muerto y resucitó”. Y acto seguido metió los dedos entre los dientes del animal i bajando su boca a la altura de la del perro intentó soplarle dentro de la garganta. Y fue entonces cuando el perro hizo un leve movimiento y  un apagado sonido gutural salió de lo más profundo de su garganta, al tiempo que un espasmo hinchó los costillares y un estremecimiento recorrió el cuerpo del animal de la cabeza a las patas. Pero luego se quedó quieto de nuevo y pensaron que se había muerto.

¿ Y si lo metemos en la fuente?, dijo sollozando Meli. A veces el agua revive a los animales…

-Por probarlo… dijo el niño con poco entusiasmo.

Lo cogieron por la cabeza y las patas y como pudieron lo llevaron hasta la fuente que dejaba escapar una regaterilla de agua fresca hacía el pilón que había por debajo y que en un tiempo había servido como lavadero público . Le pusieron la cabeza sobre la regatera y con las manos le echaban agua en la cara, para ver si reaccionaba, pero viendo que no respondía decidieron meterlo en la fuente que no era muy profunda. El perro se fue al hondón y los niños pensaron que allí acabaría ahogándose. Pero de repente, al contacto con el agua fría, el perro comenzó con una tiritona primero y con un movimiento desmadejado de las patas después y trató de sacar la cabeza por encima del agua, sin conseguirlo al primer intento.

Los niños comenzaron a dar saltos de alegría:”¡Está vivo… está vivo… lo hemos resucitao…, gritaban alborozados.

Lo agarraron por las orejas, para tenerle la cabeza por encima del agua y el perro abrió los ojos, trastabilló como un borracho y se agarró después con las patas delanteras a las piedras que cerraban la fuente, con los ojos saliéndosele de las órbitas, agarrándose con las garras de las patas delanteras a las piedras musgosas de la boca de la fuente, tratando de salir de allí lo antes posible. Los niños lo empujaron para arriba agarrándolo del rabo  y lo abrazaron con un inmenso cariño, al tiempo que le llenaban la cabeza de besos…

Cuando se repuso de la conmoción el animal estiró las patas, sacudió el cuerpo para librarse del agua que lo empapaba, poniendo a los dos niños perdidos, y comenzó a dar saltos y a hacer cabriolas, cayendo una y otra vez sobre la hierba húmeda ante el alborozo de los dos niños.

-¿Y ahora qué hacemos con él?, dijo Meli. ¿Dónde lo escondemos? Porque si lo encuentra tu padre y sabe que lo hemos “descolgao” nos mata a los dos.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

– Lo metemos en la casa vieja de el tío Tordas, que está al final del pueblo, en la calleja de María la Sorda, lo dejamos atao y le llevamos comida sin que lo sepa nadie. Luego ya se nos ocurrirá algo.

Y arrancaron a todo correr, seguido por el Lobato, hacia el sitio, para volver a la plaza antes de que se acabara la hora del patio y los echaran de menos en la escuela.

Lo escondieron en el pajar abandonado del tío Tordas, que era un hombre mayor que vivía en una calleja de las afueras del pueblo, en una calleja donde solo vivía una mujer de nombre María que estaba sorda como una tapia. El tío Manuel Tordas, que era un viejecillo viudo, hacía ya un tiempo que se había marchado a una residencia de las Hermanitas de los Pobres, dejando abandonadas su casa y sus pajares y nadie, excepto los niños que se metían a jugar de vez en cuando, entraba por allí.

Así es que pensaron que aunque el animal ladrara por las noches nadie lo podría oír, a no ser María y estando sorda no parecía muy posible que esto pasara. Así es que ataron al perro a la argolla de un pesebrón, le pusieron un buen mullique de paja seca y le llevaron dos latas de las de sardinas de un kilo, una para ponerle el agua y otra para la comida. Lo sacaban a pasear de vez en cuando y lo llevaban con ellos cuando iban a buscar hierba, hasta que un día Generoso, el pastor, los descubrió paseando el perro.

-¿ Pero qué coño hacéis vosotros dos con este perro?¿De dónde lo habéis sacado?. ¿Este no es el perro que colgó tu padre en el regato hace un mes?

Los niños se quedaron mudos del susto. Miraban al suelo, al perro y a Generoso, sin decir palabra.???????????????????????????????

-Es…que…,- balbuceó Meli-, lo descolgamos del árbol y todavía no estaba muerto…Pero el padre de éste no lo sabe, porque si se lo decimos, lo vuelve a colgar…

– ¡ Jajajajajajajajajajajajaja…!, rió sonaramente Generoso. Cuando se entere os va a despellejar vivos. Anda buscando por todo el pueblo quien lo habrá descolgao para quedarse con la piel. Cuando se entere le da un pasmo. Hay que joderse con este par de mocosos! ¡¡¡¡Jajajajajajajajaja!!!!

La cara de Generoso estaba congestionada por la risa.Los carrillos se inflaban y se desinflaban con las risotadas, volviéndose de un color rojo , intenso, mientras que su vientre, voluminoso, se  movía desacompasadamente, subiendo y bajando escandalosamente, mientras se sujetaba los pantalones, atados con una lía, por encima de la cual se veían con profusión los calzoncillos de un color indefinido, para evitar quedarse en cueros.”¿Y ahora qué vais a hacer con el perro?¿Por qué no pensaréis tenerlo encerrado toda la vida en el pajar de Tordas?. Además, que un día u otro os descubrirán”, gritó de nuevo Generoso.

-No sabemos, pero ya pensaremos algo, dijo Meli.

– ¡Ya pensaremos algo…ya pensaremos algo!, repitió Generoso. ¡Vosotros qué coño vais a pensar! Os cogerán seguro.

Los niños se miraban angustiados. No sabiendo que decir trataron de seguir su camino, pero Generoso, el pastor, se interpuso entre ellos, al tiempo que decía:

– Tengo yo pensada una, que os puede sacar de este apuro, pero no sé si decírosla o no.

Los niños se pararon en seco y lo miraron con ojos suplicantes. Generoso siguió: “ De aquí a dos semanas yo me voy a subir a los pastos del monte y luego a la rastrojera con las ovejas y no vuelvo hasta después de verano. Y, casualmente , necesito un perro como este, porque la Mora se ha hecho ya grande y no aguanta las caminatas largas. Digo yo que si me dejáis el perro yo me lo llevaría y cuando vuelva, ya será más grande, habrá cambiado bastante y no creo yo que tu padre lo conozca. Y vosotros podréis ir a verlo y a sacarlo a pasear a mi casa, como si fuera mío, pero será vuestro y nadie se enterará…”

Los niños se miraron y por primera vez en muchos días en sus ojos brillaba una chispita de esperanza. No se atrevían a decir nada, pero entendían que tal como lo proponía Generoso no estaba mal el trato.

– ¿Pero nos lo dejarás ver y sacar de paseo cuando vuelvas?

– Siempre que queráis, que para eso sois los amos.

– ¿Y no se lo dirás a nadie?

– A nadie, la gente no tiene por qué saberlo. Claro que si no estáis de acuerdo, tampoco pasa na, yo me busco otro perro y Santas Pascuas…Vosotros os lo pensáis y si hace el trato, mañana me lo decís, que yo me encargo de los trámites. Pero tiene que ser mañana, si no, no hay trato.

– Mañana te decimos algo, dijo el niño.

-Pues hasta mañana, pues. Estaré aquí a esta misma hora.

Y Generoso, que era un buen hombre, amante de los animales y enemigo de los maltratadores, se llevó el perro al monte y a la rastrojera y con él estuvo muchos años. Los niños fueron felices y el padre todo se volvía decir : ¡Mira que se parece el perro del Generoso al Lobato. Seguro que “el Posible” le debió endosar uno de la misma camada, porque se parecen como dos gotas de agua!

El niño se reía por lo bajo y la madre lo miraba con aquella sabia complicidad que solo las madres saben tener y guardaba silencio. Pero un día cuando estaban solos le espetó de repente:”¿Cómo conseguisteis descolgar al Lobato y esconderlo?”

Y cuando el niño le contó las peripecias se puso a reír descontroladamente al tiempo que entre hipidos, entrecortadamente le decía:”Menos mal que tu padre no es muy listo, que si lo fuera te habría escarmentado. Pero mejor vamos a dejar las cosas como están. Eso sí, te toca fregar los platos una semana”.

El niño movió la cabeza con resignación, miró a la madre con cariño y se rió a carcajadas cuando esta le guiño un ojo.

 

Unos años más tarde los dos niños desaparecieron del pueblo. Meli se marchó a Valencia, porque al padre lo colocaron “muy bien colocao”, de encargado de una finca, los del gobierno y el niño se marchó a estudiar a la capital.

Se volvieron a encontrar un verano al cabo de quince años, cuando la familia del Posible decidió pasar unos días en la casa de los abuelos, que estaba deshabitada.

Se reconocieron inmediatamente y se dieron un fuerte abrazo.

– ¡Madre, mía, que guapísima estás! Eres una mujer preciosa.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

– ¡ Pues tú no estás nada mal… amigo! Igual deberíamos ir a buscar un saco de yerba una tarde de estas…

-Lo que es por mi… ya te digo. Hasta sin saco, si quieres. ¿Y que es de tu vida?

– Es muy largo de contar, pero una de estas tardes daremos un paseo y nos lo contamos todo.

Meli estaba sentada en la pared de la cortina del tío Celedonio. Llevaba pantalones vaqueros ajustados y una camisa de Lacoste rosa. Tenía las piernas colgando hacia el camino y las movía hacia adelante y hacia atrás, como entonces. La miro con los ojos semi cerrados porque el sol le daba de frente y le molestaba.

– ¿Te has olvidado el saco?, le dijo. Sin saco no hay hierba.

– Ya no hay conejos que alimentar, no nos hace falta saco, simple.

Luego le obsequió con una hermosa sonrisa, como aquellas que recordaba.

– No has cambiado nada, amiga. Te ríes igual de bonito que entonces…

_ Tu tampoco. Me miras igual de atontado que entonces…

Bajó de un salto y enfilaron por el camino de la Fuente abajo. El empedrado del camino era el mismo y se les clavaba, como entonces, en los pies. Estaba caliente del sol de todo el día y molestaba un poco.

Cuando llegaron al puente, la frescura de la alameda les llamó a sentarse sobre el pretil. El regatillo aún llevaba un canalillo de agua que resbalaba sobre los cantos rodados, creando musicalidades de cristal que alegraban los oídos de los jóvenes Los jilgueros y los verderones cantaban desaforadamente, creando un clima bucólico extraordinario. Sin querer se tocaron sus manos y ninguno de los dos las aparto. Se quedaron allí, disfrutando un momento del silencio, oyendo el cántico de los jilgueros y los verderones, hasta que sus miradas se encontraron. Eran unas miradas claras, limpias, de amigos de mucho tiempo, sin otras connotaciones.

– ¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí?,- preguntó él.

– Como para olvidarse,- respondió Meli. Tu trepabas como un gato por ese fresno  y yo estaba tan nerviosa que me oriné las bragas.

– Yo me hice un “sonrastrón” en el hombro que me duró al menos un mes, pero no se lo dije a nadie en mi casa. Mi padre se pasó una temporada intentando saber quien había descolgado al Lobato. Decía que algún cabrón debía haberlo desollado y curtido la piel para hacerse una alfombra. Fue, incluso, a preguntarle al curtidor, pero nunca supo lo que en realidad había pasado.La madre si lo supo y me castigó a fregar los platos una semana, pero nunca se lo dijo al padre.Cuando Generoso volvió al pueblo, a principios del invierno y vio al Lobato yo creo que lo reconoció, pero no se atrevió a preguntarle nada. Se pasaba el día diciendo que el perro del pastor era como el Lobato, que seguro que tu padre le había “colocao” otro cachorro al pastor, pero como ya os habíais ido a Valencia…

Meli lo miró con aquellos ojos suplicantes de siempre y él sostuvo la mirada. Siempre lo hacía cuando quería preguntarle algo, pero no estaba segura si debía hacerlo. Él le guiño el ojo y ella sonrió con complicidad.

-¿Te has acordado de mí alguna vez en todo este tiempo?

-Muchas veces. Al principio estaba como atontado. No tenía ganas de coger yerba y mi padre me abroncaba cada día. Pero como era el otoño y ya comenzaba a hacer frío, la madre me echó un capote y convenció al padre de que había menos hierba cada día.

Luego, en septiembre, me fui a estudiar a Salamanca y la nueva situación me cambió la vida y me ayudó a seguir adelante. Pero cuando venía al pueblo, siempre te echaba de menos. Todavía  sigo echándote de menos.

Le apretó un poco la mano agradeciéndole las palabras y le provocó un ligero estremecimiento, que ella notó enseguida.

-A mi me pasó lo mismo. Me costó mucho olvidar nuestros juegos, nuestros encuentros, nuestras aventuras… Pero luego también comencé los estudios, conocí gente nueva, amigos nuevos y poco a poco te fuiste quedando en mi recuerdo. Sin embargo, cada vez que me acordaba de ti sentía una especie de nostalgia triste. Aun sigo sintiéndola.

– ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

-¿Ahora me preguntas eso?¿Desde cuándo tienes que pedirme permiso para preguntarme algo? Ya sabes que puedes, pare eso somos amigos, creo.

-¿Tienes a alguien en tu vida?…

Lo miró directamente a los ojos. Algunos rayos de sol que se filtraban por entre el ramaje hacían que se le cerraran un poco, pero a pesar de todo tenían la claridad de siempre y reían como siempre, mientras que el mohín de burla que él conocía tan bien desde que eran niños, apareció en sus labios, haciendo que el hoyuelo de las mejillas se acentuará más, dando a su cara una una suavidad serena que le había encantado desde siempre.” ¡Qué guapa es!”, pensó. Ella mantuvo la expresión más tiempo de lo normal, sin dejar de mirarlo, sonriendo coquetamente.

– A veces hay preguntas que un amigo no debería hacer y que una amiga no debería responder. ¿Qué te pasa, hombre?

_Tienes razón, hay preguntas que es mejor no hacerlas. Dejemos las cosas como están.

Meli se levanto con media sonrisa en la boca, tenían muchas cosas que contarse, y lo haría despacio y procurando que el momento que estaban viviendo no nublara la realidad de las cosas. Lo miro fijamente con una chispa de picardía, haciendo la pregunta que tantas veces se habían hecho en ese lugar.  -¿Para donde tiramos? –El entendió, dejaría que las cosas simplemente surgieran. _Vamos hacia las huertas, a ver quien corta ahora la hierba de las lindes…

Caminaron uno al lado del otro mientras la  chica pensaba que el momento que estaban viviendo era mágico. Estaban recopilando recuerdos que casi pertenecían a otra vida pero eran como tesoros anudados por un lazo que los mantendría unidos siempre. La inocencia de la niñez era el valor más sano para sentir complicidad cada vez que se vieran. Pero habían pasado muchos años y a su lado caminaba un joven que ahora apenas conocía. Durante los últimos años por su vida habían pasado ilusiones que se habían quedado por el camino. Y este momento podía confundir sentimientos… Al chico lo notaba como atontado. Y ella… ¿Se podría desandar el camino?…

Meli rompió sus propios pensamientos para, contarle a grandes rasgos como habían transcurrido estos quince años. Los primeros años la añoranza hacia que volvieran a su memoria los recuerdos de su pueblo pero, poco a poco, las obligaciones el colegio, nuevos compañeros y amigos, le hicieron sin apenas darse cuenta,  tomar conciencia de una vida nueva y para eso se preparo en lo que le gustaba. Había estudiado enfermería y ya trabajaba en el Hospital de la Fe de Valencia. El rumbo de su vida ya estaba encauzado.

El chico la miraba con más admiración si cabía y asintiendo sobre lo que le había contado. Se disponía a contarle sus experiencias cuando sintieron el ruido de pequeños cencerros. Giraron la vista, a uno de los lados del camino en una de bifurcación, una piara de ovejas se acercaba. Se miraron incrédulos. -¡No puede ser! -Dijo el chico. – ¡Genaro con el Lobato…!

Generoso se acercaba a donde estaban los chicos, con la misma parsimonia que lo hacían las ovejas. Ya cerca de ellos, enseguida los conoció, ya había oído decir  que estaban pasando unos días en el pueblo. Llego a ellos con una amplia sonrisa girando la vista hacia el perro que llevaba al lado. “Sin duda pensarían que era el Lobato”. Y ese fue su primer saludo; -¡No, no es el lobato!… Esta es Zara, nieta de vuestro perro, la jodía tiene la misma pinta. ¡Cuando queráis uno no tenéis na más que decirlo! –los jóvenes se miraron y soltaron una carcajada.

Mira, Generoso, ahora sí que no podríamos tener un perro.- dijo Meli riendo.

– ¿Y qué es,  que en la capital no se puen tener perros?…

– La capital impone mucho respeto a los perros. Aquí están bien. Allí no hay ovejas que guardar ni conejos que comer.

Se rieron a un tiempo. Luego el pastor cerró un poco los ojos, como si le molestaran los rayos del sol y con aquella medio risa socarrona suya prosiguió: “-Ahora que os libré de una buena. Si se llega a enterar tu padre te despelleja vivo”.

-Para eso está la buena gente como tú, para hacer favores a los amigos.

-Entodavía  me lo debes, asín es que cualquier día me lo paso a cobrar…

– Cuando tú quieras, amigo. Lo que se debe hay que pagarlo…

– Pues ya ajustaremos cuentas… ¿Y pa donde vais los dos juntos?¿No andaréis siendo una mieja novios, vosotros dos?

Los chicos se rieron al mismo tiempo,mientras Generoso los miraba desconfiado.

-No hombre no, yo ya tengo  uno en Valencia,- dijo Meli.

-Y yo me voy a la mili cualquier día de estos.

… Se despidieron de Generoso después de haber intercambiado las frases de rigor por el  tiempo que hacía que no se veían, aprovecharon para darle las gracias por haberse hecho cargo del Lobato, le comentaron el acierto de habérselo dejado y manifestaron la alegría que sentían, por haber conseguido del perro, hacer la familia de chuchos que había hecho.

Sonrientes y satisfechos por el encuentro con el hombre, continuaron hacia las huertas y fue el chico el que reanudo la conversación. Él también había seguido el camino del estudio, era licenciado en Lengua y Literatura y también estaba en primero de Psicopedagogía. Tenía pendiente el Servicio Militar y eso sin duda seria un parón en sus proyectos.

Caminaban despacio, como haciendo  más largo el paseo; los dos querían ganar tiempo para contarse muchas cosas. Pero estaban llegando a la huerta de Benino el “Peralo”  qué, desde hacía rato estaba apoyado en la azada que le servía para desviar el agua de los cantones que estaba regando. Achicaba los ojos haciendo esfuerzos por reconocer a esa pareja que venía paseando por el camino. Los chicos habían lo habían visto desde hacía rato; conocían muy bien la huerta y su inconfundible figura y se dirigieron hacia él. Benino no reaccionaba. La cara de desconcierto divirtió a la pareja y fue Meli quien saludó primero, dándole alguna pista.

-Buenas Benino… ¿Se puede segar la linde?

Todavía necesitó unos segundos para caer en la cuenta.

-¡Ah, me cagüen  diez, vosotros sois el par de mocosos que veníais a segar yerba, coño, si que habéis cambiao…!

Los miraba de arriba abajo, cavilando y seguro que sacando conclusiones.

– Han pasado muchos años, en cambio, ¡tú estás igual! –dijo el chico.

– Bueno, a mi me han caído los mismos años que a vosotros, y seguro que me han hecho  más daño. En cambio vosotros… ¡sois una pareja mu bien plantá…!

Los jóvenes se miraron divertidos y desviaron la conversación hacia cosas menos comprometidas; conocían las salidas del “Peralo” y no iban a darle cancha. Pusieron en práctica el arte de llevar la conversación por donde ellos querían y se dieron cuenta de que Benino los seguía inquieto. En esta ocasión eran ellos quienes se estaban divirtiendo y desconcertando al hombre.

Después de un rato de charla los jóvenes se despidieron y cuando ya estaban de espaldas al Peralo, éste les pregunto, lo que hacía un rato le daba vueltas por la cabeza: -¿Pero vosotros sois novios o qué?

Los dos rieron a un tiempo…

Anuncios