EL HOMBRE DEL MULADAR (primera parte)

El hombre del muladar

muladar

Los pájaros reñían como cada mañana en lo alto del tejado de la cochera de Paco el  Patito, cuando el niño enfilaba el camino de La Fuente con la cestilla del almuerzo colgada del brazo, doblado en forma de ele. Dejó la cesta en el suelo, se sacó el tirador del bolsillo del pantalón, puso una piedra en la piel de gato y con mucho cuidado dirigió la horquilla hacia el tejado y puso entre los palos en forma de  uve a uno de ellos. Estiró las gomas  y soltó la piedra. El pardal pegó un bote y cayó como un fardo en la tierra del camino. El niño pegó un salto de alegría, se le aceleró el corazón y corrió hacia donde había caído el pájaro, que daba vueltas con los estertores de la muerte, intentando elevarse hacía un cielo que ya nunca más surcaría. El niño lo agarró por las patas y le dio un golpecillo en la cabeza contra una piedra y el pájaro se quedó rígido, con las patas muy estiradas. Se lo metió en el bolsillo  izquierdo del gastado pantalón de pana, guardó el tirador en el bolsillo derecho, agarró la cesta y continuó su camino. El sol comenzaba a asomar por la gavia del molino y a pesar de que era verano, hacía un cierto fresquillo  que hizo que su cuerpo se estremeciera un poco. En las alamedas los pardales, ruiseñores,jilgueros y verderones, montaban una orquesta indescriptible de trinos, saludando los primeros rayos del sol. Del alto del campanario le llegó el  crotoreo de la cigüeña que se desperezaba de su garabato y desde su atalaya escrutaba el campo en busca del almuerzo.

Al llegar al puentecillo de piedra, desgastada por el uso diario de las pisadas del hombre y de los animales, en vete tú a saber cuantos cientos de años, oyó croar a las ranas y vio una enorme medio escondida entre las espadañas. Estaba encima de una hoja grande y su piel verdosa oscura, llena de manchas negras, brillaba con la luz matinal. Volvió a dejar la cesta en el suelo, sacó de nuevo el tirador, cargó la piedra, apuntó al cuerpo del animal y tensó las gomas, La piedra salió disparada y la rana quedó boca arriba estirando y encogiendo las patas, con un palmo de lengua asomándole por la boca. El niño bajó al regatillo, recogió la rana agarrándola por las patas y le dió unos golpes sobre una piedra hasta que notó que ya no se movía. Se la metió en el bolsillo, junto con el pájaro, volvió a cargar con la cesta y enfiló el camino, con los ojos brillándole como ascuas.

– Que bueno soy, con el tirador- se dijo para él mismo-; cuando se lo cuente al padre, no se lo va a creer.

Después de la curva del regato salió a la llanura y los rayos del sol incidieron en sus ojos, provocándole una ceguera momentánea y haciéndole saltar las lágrimas. Se los frotó con el dorso de la mano y se los protegió haciendo visera con la misma mano sobre la frente, hasta que vio de nuevo. Y entonces lo vio.

El hombre del cementerio estaba en medio del muladar con la horca clavada en la basura. Era alto, feo de cara, un tanto desgarbado de cuerpo y con una ligera chepa, fruto del trabajo de muchos años. Llevaba un jersey viejo y unos pantalones muy sucios, de pana, llenos de remiendos. Tenía puestas unas botas altas de goma negra, por las que rebalaba un líquido de color marronoso, que cubría el suelo entre las dos partes en que había dividido al muladar. El olor era nauseabundo, pero al hombre no parecía importarle mucho. Cuando llegó a su altura, el hombre dejó el trabajo, lo miró con curiosidad, envaró la figura y mirándolo con sus ojos saltones le dijo:

– Buenos días, amigo. ¿ Pa onde caminas con la cesta?

– Buenos días,- le respondió-; pos voy a la buerta, a llevarle el almuerzo al padre.

– Coño,pues no andes diendo, hombre. Déjala aquí y así no tendrás que cargar con ella.

– ¡Si hombre!- le respondió -, y luego cuando llegue … ¿qué le digo a mi padre?.

– Pos que le vas a decir, que nos hemos comido el almuerzo en el camino. ¿A él que más le da?

– Ya…claro. Tu eres mu listo, dijo el niño riéndose… ¿ Qué estás haciendo con la basura?

– Le estoy dando la vuelta al “mudadal”, pa que se cueza bien y salga buen estiercol.

– ¿Los “mudadales” se cuecen?, dijo el niño abriendo mucho los ojos.

– Pos luego. Se tienen que cocer bien, pa que se mezclen los jugos y cuando se tiren en la tierra le den buen alimento al trigo, hombre.

– ¿El trigo se alimenta de basura?

– ¡To, coño, pues claro! Y del agua que cae cuando llueve y del sol y de las cubiertas… Y las remolachas de la tu buerta también…

– ¡ Si, hombre, ¿y que más?.! Yo he comido las remolachas de la mi buerta y saben dulces y la basura debe saber a mierda.

– Pa chasco. Si la basura es mierda, ¿a qué va a saber?. Yo no se mu bien como pasa, porque casi no andé a la escuela, pero las cosas son asín.

– ¿Y no te da asco estar ahí con lo mal que huele?

– ¡Joder, si me da asco!, pero a ver que va a hacer uno. Si se quiere comer, hay que trabajar….!

De debajo del muladar salía un líquido marrón, oscuro y maloliente, que iba resbalando por la cuneta para perderse entre los yerbajos de la orilla del camino y por encima, los rayos del sol naciente dejaban entrever un humillo que ascendía hacia el cielo puro de la mañana y se diluía en el aire frío, despidiendo un tufillo desagradable que hacía que el niño arrugara la nariz y su cara se plegara en un rictus de desagrado. Las botas del hombre chapoteaban en ese lodazal con un ruido desagradable, dejando escapar por debajo chorrillos putrefactos, pero el hombre seguía con su tarea, ajeno por completo a lo que para él era natural.

– El otro día te vi en el cementerio – le dijo el niño-; en el entierro de mi tio Arístides.

– ¡Ah sí!, que en Gloria esté. Mira al hombre se le arregló pronto el asunto. Y no era nada viejo, pero toda esa familia de los herreros se van muriendo jóvenes. Mira tu abuelo Manuel, no llegaba a los cuarenta. Tu no lo conocistes. Lo llamaban el tio Boquiche, porque tenía una boca mu chica. Y era chiquitillo y poca cosa, pero no veas lo listo que era el jodío. Te arreglaba las arrejas en ná. Y te hacía cualquier herramienta bien rematá y en poco tiempo. La bola y la cruz que hay encima del campanario las hizo él. Y las cercas de hierro que hay en las tumbas del cementerio, esas que están tan bién trabajás, entre tu tío Arístides y tu abuelo las han hecho, yo creo que todas.

– Te vi besar una calavera que había en el montón de tierra…

-Sí, era la de mi madre, que se murió hace tiempo.

– ¿Y como sabías que era la de tu madre?

-Por el olor. El olor de una madre no se olvida nunca. Yo creo que como de chiquinines te dan tanto la teta y te acunan tanto, te se queda el fato enganchao en el cerebro y ya no te se desprende nunca.

-Pero los muertos huelen mal, ¿no?

– Buelen mal si no son los tus muertos, pero la calavera de mi madre olía a madre. Mira los corderos: ende chiquinines, recién nacidos, se agarran a las tetas de su madre a mamar y ya no se confunden nunca. Entre todas las ovejas que aiga, siempre se van a la que es su madre. Y ya se están con ella pa siempre. Eso es por el olor, que se les queda dentro. Porque ellos inteligencia…no creo yo que tengan. Ya te digo, galán, el olor de una madre es pa siempre… Una madre tiene todos los mejores olores del mundo y, cuando se muere, el su olor se queda mucho tiempo por la casa, como si no quisiera irse. Y hala, camina con el almuerzo, que cuando llegues a la buerta va a estar frío y yo ya he descansao un rato. Ya charlaremos en otro momento.

El niño cogió la cesta que había dejado en el suelo, se la colgó en el brazo y se despidió del hombre del muladar.

– Bueno, pues hasta otro rato. 

-Con Dios, galán. Y vete ligero, que tu npadre tendrá hambre.

Arrancó camino arriba, mirando a derecha e izquierda. Las huertas sembradas, estiraban sus hojas al sol naciente como si despertaran del frío y la modorrera de la noche. Los cangilones de las norias cantaban, desentonados, sus eternan cantinelas, llenando el aire de ruiditos que él había aprendido a distinguir. Esta es la noria de los carniceros y esa la de Chencho y aquella la de Tanis, y aquella otra la de Elías. Había recorrido tantas veces el camino que, a veces, se entretenia intentando adivinar de quien eran los sonidos. Así el camino se le hacía más corto. Al llegar a la curva de la cuesta, se asomó un momento a la fuente donde bebía las caballerías cuando volvian de las tierras. El padre le había contado que en aquella fuente se ahogó una chica del pueblo a la que habían matado el novio en la guerra y cuando pasaba por allí le daba una tiritona y se santiguaba, no fuera a ser que se le presentara la muerta. ” Y tu tío Manuel y yo bebimos agua, cuando la moza estaba debajo, que ya le dije yo a tu tío que no bebiera, que parecía que estaba un poco revuelta, pero él bebió. Imagínate si sale p’arriba cuando estamos bebiendo. Nos da un susto que nos mata”

La tierra de la izquierda le llamaba mucho la atención, porque siempre la sembraban de girasoles y por la mañana miraban al sol, pero a medidodía, cuando volvían a casa se habían girado y le daban la espalda . El padre le había dicho que por eso se llamaban girasoles. Cuando las pipas estaban maduras, casi al final del verano, algunas veces arrancaba un trozo y se lo iba comiendo por el camino. De entre los girasoles salió alborotando una bandada de jilgueros jóvenes, haciendo ondulaciones con sus cuerpos mientas esparcian sus cantos por el aire fresco y se posaron en unos cardos que había un poco más arriba a la derecha. Instintivamente echó mano al tirador y cargó una piedra en la piel de gato, por si cuadraba que se dejaran arrimar, pero los jilgueros eran muy desconfiados y no dejaban que los humanos se les acercaran a no ser que estuvieran cantando distraidos entre las ramas de algún espino. Cada vez que iba llegando a donde se habían posado, levantaban el vuelo y seguían subiendo y bajando en sus vuelos, un tramo más. Echó a correr para ver de acercarse antes y entonces notó como de la cesta empezaba a caer un líquido marronoso, que iba regando el polvo del camino, dejando un regaterillo húmedo en la tierra reseca…

– ¡Me cagüen todo…!, gritó desesperado. ¡ Se ha vertido el café!

Levantó la tapa de mimbre de la cesta y vio como la tapadera del perol del café estaba caída y una parte del líquido había ido a parar al plato de los huevos y el tocino frito y había empapado el pan de café con leche.

– Mi padre me mata, pensó. Por lo menos es la cuarta vez que me pasa lo mismo. A ver que me invento hoy.

Y con la angustia en el alma y la regatera del molino a su derecha, siguió camino adelante. Los guiljeros,como si se rieran de él, atravesaron el camino y siguieron riéndose hasta perderse de vista.

– Reiros, reiros, cabrones, que ya nos volveremos a encontrar cuando no lleve la cesta.

 Cuando llegó a la altura del puentecillo de la gavia del molino, algo que había en el medio le hizo dar un grito de miedo y un salto, mientras arrancaba a correr hacia atrás chillando y llorando.

 (Continuará)

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