MI PRIMO MANOLITO, UN ALMA LIBRE

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p>Nació con el alma libre, el alma que solo tienen los bienaventurados del evangelio. En ella no cabía la maldad, ni los rencores, ni los proyectos de una vida mejor, ni luchar por conseguir un puesto mejor en la sociedad, ni las envidias, ni las venganzas. Siempre tuvo alma de niño pequeño y como un niño pequeño que era, actuaba, por imitación de gestos, frases inconexas o palabras modificadas. No conoció jamás el sentimiento de vergüenza, porque a todos sus actos, gestos y manifestaciones, le ponía cara de seriedad, porque aquello que para los demás era jocoso o movía a la risa – condición manifiesta del ser humano lo de reírse de las acciones de los demás-, el le ponía seriedad manifiesta.

Era capaz de distinguir un acto bueno de un acto malo y su cerebro, diferente en el razonamiento al de una persona normal, le dictaba normas elementales de conducta que su razón entendía de una forma diferente; así es que nunca alcanzaba a discernir la importancia del acto que había realizado, porque para él era lo mismo que veía hacer a los demás y la imitación era su manera de actuación diaria.

Se movía por sentimientos básicos, el cariño, la rabieta, el enfado corto, la risa estentórea y franca, el abrazo, los besos – era muy besucón- y el sentimiento de acercamiento o rechazo de las gentes. Pero si algo tenía de sentimiento claro, era su bondad. Sus besos y sus abrazos eran su mejor arma. Besaba y abrazaba con tanto cariño, con tanto ardor, con tanto regocijo, que cualquiera de nosotros estaba expuesto a la asfixia de sus descontroles emocionales. Porque en su ansiedad de agradar, de querer y ser querido, no medía, porque no sabía hacerlo, la fuerza de sus brazos. Abrazaba con el alma, besaba con el corazón y miraba, con sus ojillos pequeños en los que manifestaba sus cariños y sus iras, indistintamente, se llenaban  de chispitas especiales de felicidad cuando era correspondido. “ ¡Vete p’allá, empalagoso, que eres más empalagoso que las moscas!, le decía su madre, cuando se propasaba con cualquier conocido en la magnitud de su manifestación de cariño. ¡Suéltalo, bruto, que le haces daño!, decía apurada la tía Inés. Y miraba al abrazado de turno con un cierto temor, como pidiendo disculpas, que no eran necesarias, porque todo el mundo entendía, aunque no siempre compartiera de buen agrado, la manifestación de amor espontáneo. Y Manolito seguía apretando y se reía alborozado hasta que entendía que ya estaba bien la broma, a la persona de turno. Luego, se separaba un poco, te volvía a abrazar y le daba unas sonoras palmadas en la espalda, como queriéndote explicar que era cariño y no agresión lo que te había dado. Y por si fuera poco, te saludaba alegremente dándote su mano franca, mientras que volviéndose a su madre rezongaba en su idioma una especie de regañina, como queriendo decir : ¡ Le estaba manifestando mi cariño, no le estaba pegando!, que en su idioma sonaba así como ¡¡¡¡ Atatatatatatatata…arggggggg, tata.. bu bu bu bu agggggggg!!!!!

Tenía una memoria selectiva prodigiosa que le permitía recordar, por ejemplo, donde le había escondido los trapos de cocina de la abuela Dolores, que un día habían desaparecido todos sin dejar ni rastro y, que la pobre mujer, buscó por todos los rincones de la casa, sin poder encontrarlos. Un día en que fuimos a visitarla y , como siempre nos sacó unas pastas, nos dijo compungida, mientras nos alargaba una servilleta de papel: “No os puedo dar un trapo paras que os limpiéis, porque este malandrín me los ha escondido y hace un mes que no aparecen”. A lo que él respondía en su idioma airadamente, mientras se llevaba el dedo índice de la mano derecha a su cabeza y comenzaba a moverlo rítmicamente a derecha e izquierda, mientras señalaba a la abuela, haciéndonos entender que no estaba buena de la sesera. La abuela reaccionaba de malas maneras mientras le gritaba : “ ¡Ay, bruto,bruto,brutote, búscame los trapos o no pruebas ni una pasta, malandrín, que eres un malandrín!. Y Manolito nos miraba muy serio, cambiaba la risa por un gesto de fastidio, bajaba los brazos con las palmas extendidas y, como aquel que ve que lo que se le avecina no tiene remedio, decía: ¡ Vaaaaa!, queriendo decir, ¡qué le vamos a hacer!… Pero en sus ojillos había un deje de picardía y de falso arrepentimiento, que, los que lo conocíamos bien, sabíamos interpretar en su justa medida. Y a la que la abuela se descuidaba, agarraba un par de pastas, soltaba la risotada, salía corriendo como un niño pequeño y desaparecía por la puerta como alma que lleva el diablo. Cuando volvía, al cabo de no mucho rato, la abuela agarraba la escoba y, con su ya torpe caminar, hacía como que le pegaba, mientras Manolito aprovechaba  el momento de descuido, para abrazarla con aquella su fuerza brutal y le estampaba una serie interminable de besos, mientras ella hacía ver que se resistía, al tiempo que gozaba de este momento de afecto, como si de la caricia  un bebé se tratara, rezongando y gritando con la boca pequeña:

 ¡ Suéltame que me haces daño animalote, sin conocimiento, que no tienes conocimiento ninguno!. Él seguía apretando y riéndose con aquella risa estentórea, franca, sin malicia, hasta que la abuela dejaba de resistirse y el soltaba su presa y le estampaba un par de besos en aquella carita arrugada,  donde sus ojillos de un negro zaino, estallaban en brillos de lágrima sin resolver, al tiempo que nos decía “ …Si luego, en el fondo, en un pedazo de pan”, momento que aprovechaba el vivales para hacer una especie de saludo de príncipe, mientras su cara se llenaba de risa, como diciendo: “¡Lo veis, ya me la he camelado!”.

El verano siguiente a la muerte de la abuela, cuando siguiendo su costumbre apareció por nuestra casa en cuanto notó que habíamos ido de vacaciones, tras los abrazos y besos de rigor y previo pago de las galletas, pastas o caramelos pertinentes, nos llamó la atención hasta que todos estábamos concentrados en él y juntando las manos en actitud de oración y elevando los ojos al cielo, nos explicó, de manera muy inteligible que la abuela se había ido con su papa, al cielo. Y se le escaparon dos lagrimones gordos como naranjas al tiempo que una enorme expresión de pena cruzaba su cara. Luego se dio media vuelta, cogió su bicicleta y desapareció, carretera adelante, dejándonos a todos el alma encogida. Y es que para Manolito, los referentes de cariño eran los motores de su vida. Y cuando alguno desaparecía, un sentimiento de tristeza inundaba su alma de amargura y le hacía arrugas en el corazón. Y, a su manera, guardaba los recuerdos en el cofre de sus sentimientos más profundos hasta que, pasado un tiempo, comenzaba a manifestarse como era, aunque la falta de los seres queridos le hacía cambiar sus maneras de vivir y su alegría disminuía progresivamente a medida que faltaban y se encontraba perdido, sorprendido, inseguro.

Así, entre alegrías,penas y tristezas, su vida fue discurriendo, mucho más larga de lo que nadie se esperaba, bajo el amparo y protección de todos madre, hermanos y parientes y mucha buena gente que bien por cariño o por lástima , yo quiero creer que era por cariño trataba de protegerlo; pero muy por encima de los demás estaba el amor que le profesaba su madre, mi tía Inés, que viuda desde hacía algunos años, se refugió en su casa y en su familia, se dedicó al cuidado de sus hijos y de su madre, la abuela Dolores, y sufría en silencio por el hijo especial, del que desconocía como le iba a ir en la vida cuando ella muriera. Sin embargo le quedaba el consuelo de que en la medida de sus limitaciones y a fuerza de muchos problemas y disgustos varios, había hecho feliz a un ser que en la mente de los demás había nacido para ser un “pobre desgraciado”. Nada más lejos de la realidad. A pesar de sus muchas travesuras, Manolito vivió muchos años felizmente arropado por el cariño de todos.

Cuando murió la madre, se aceleró, creo yo el proceso degenerativo. Los hermanos, me consta, trataron de suplir en la medida de lo posible, la falta de la madre y le dieron el cariño de hermanos. Pero una madre no se puede substituir por nada y, en los años siguientes, bien fuera por su enfermedad o por que había perdido el referente de su vida, se vino abajo. Una apoplejía lo relegó a una vida casi vegetal en los últimos días de su existencia. De alguna manera, pienso yo, perdió la ilusión por vivir y se fue apagando lentamente, hasta que la luz de su vela, consumida la cera que la alimentaba se apagó del todo, para convertirlo en ángel.

A mí me ha dado por pensar que ya lo era. Un ángel de Dios, revoltoso e inquieto que debió ser enviado a la tierra para dejar un tiempo a la gente del cielo tranquilo, sobre todo a San Pedro, a quien debió de esconderle las llaves más de cuatro veces entre las nubes de algodón, volviéndolo loco de remate, desmontándole en piezas los motores del Universo y haciendo que los mecánicos de Dios tuvieran que hacer horas extras para volver a montarlas. Así es que Dios decidió darle unas vacaciones enviándolo a la Tierra una temporada, con el razonamiento justo para que, sin contaminarse con las malas artes de los humanos, volviera al cielo habiendo hecho felices en su estancia en la Tierra  y en el cielo a mucha gente.

Porque mi primo Manolo, con síndrome de Down, murió hace poco, dejándonos la tristeza por el familiar muerto y la esperanza viva de que desde donde está  nos seguirá haciendo  esos guiños de cariño al que nos tenía tan acostumbrados.

Que en paz descanses, primo. Siempre estarás en nuestros corazones. Te vamos a echar de menos.

Manuel Pablos

 

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2 pensamientos en “MI PRIMO MANOLITO, UN ALMA LIBRE

    • Murió hace una semana, pero llevaba mucho tiempo que ya no conocía a nadie, viviendo como un vegetal. Los síndromes de Down, mueren muy jóvenes, porque tienen muchos problemas anatómicos y biológicos añadidos al problema mental.

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