EL HIJO DEL HERRERO

EL HIJO DEL HERRERO

EL HIJO DEL HERRERO

Le gustaba ir al pajar de arriba, aunque el abuelo se lo había prohibido porque allí metían a los churros añojos y algunos eran muy nerviosos y podían patearlo o morderlo, incluso darle un testarazo y lanzarlo contra la pared; pero él aprovechaba cuando los animales estaban en los cercados y, bien por la mañana o bien a la caída de la tarde, abría el palo de encina que hacía de tranquilla de la puerta, asomaba la cabeza para ver si estaban los chotos y si no estaban se subía a la henera y escuchaba los ruidos de la fragua. Solo la separaba de la cuadra una pared de adobe y se oían, nítidamente, hasta las conversaciones de las gentes.

Cuando vivía el tío Arístides, el herrero, era allí donde se colocaba para ver si le convenía o no acercarse en busca de un clavo para jugar, o a afilar la navajilla que le había regalado el tío Manuel en el verano, o a que le dejaran tirar de la cadena del fuelle de la fragua un rato. Le gustaba ver cómo el aire que salía con fuerza por la boca del fuelle encendía los carbones al rojo vivo, y como la pieza que el herrero había acabado de meter en medio del fuego iba, poco a poco pasando de un color grisáceo, a un tono amarillento, anaranjado y rojo vivo, – ¡como la sangre del cuerpo!-, pensaba.
De vez en cuando el tío Arístides o Sabas, agarraban la pieza que estaba en el fuego con unas enormes tenazas y la zarandeaban un poco, para ver si ya estaba suficientemente caliente y si no lo estaban la empujaban con fuerza dentro de las brasa, haciendo surgir unas llamitas rojas con hermosas tonalidades azuladas, violetas y amarillas, que lo tenían embobado.
Se sentía afortunado tirando un rato de la cadena del enorme fuelle, mientras el Sabas le iba preguntando cosas, como si lo estuviera examinando:
– A ver si me sabes decir la solución de esto, le espetaba de repente: “ Estudiantes que estudiáis en los libros cuadrilongos… ¿ Por qué caga el burro cuadrao, teniendo el culo redondo?
– Eso ya me lo preguntastes el otro día y te dije que no lo sabía… Eso no lo sabe ni el maestro.
-¿Se lo has preguntao?
– Sí, se lo pregunte el otro día en el recreo.
-¿Y qué te dijo?
– Que me dejara de decir “sandieces” y me fuera a jugar. Que eso era una marranada.
– ¿Qué es eso de “sandieces”?.
– ¡ Y yo qué sé!, pregúntaselo al maestro. Además, ¿no eres tan listo?
– Tú si que eres listo, jodío. ¡Tienes más desaguaderos que una tierra baja!
– ¿Qué son desaguaderos?
– ¿Tampoco sabes que son desaguaderos?. Pues pregúntaselo a tu abuelo, que seguro que lo sabe. Y dale más fuerte al fuelle, que tienes muy pocas jijas.
_ ¡Es que ya estoy cansao, me voy…!
– ¡ Tócate los cojones, pues pa eso no hubieras venido! Va a ser que comes poco chorizo tú; y poco tocino. Tienes que comer más sino te vas a quedar canijo.
Se marchó sin decir nada, enfilando por la calle abajo hasta la plaza, a ver si alguno de sus amigos andaban por allí. Pero casi todos tenían cosas que hacer y no había nadie. Estuvo un rato jugando a la pelota con Paulino, el de Toñique, que era más grande que él y estaba de rebecero en casa del abuelo, pero el Paulino le dijo que se tenía que ir a llevar el rebezo al tío Pepe , que andaba aricando pal camino Aldeanueva y que la tierra le cuadraba lejos , así es que se metió por la puerta trasera en el corral del abuelo y se sentó en el carro, debajo de la tenada, a vigilar donde se metían los pardales en la pared, para localizar los nidos y cogerles los huevos o los pájaros, lo que hubiera.
Cuando vivía el tío Arístides le gustaba ir a la fragua, pero ahora que se había muerto lo echaba de menos y se le hacía como un nudo en el estómago de no sentirlo y le daban ganas de llorar, así es qué cuando lo notaba se iba otra vez al comedero de arriba, se sentaba en la henera y algunas veces se ponía a llorar de pena, mientras oía como el Sabas daba un concierto de golpes con el machacante, primero sobre la pieza que estaba construyendo o arreglando y acto seguido lo dejaba caer sobre el yunque en golpes suaves y repetitivos que creaban música, según él entendía.
Las herramientas de la fragua tenían nombres raros: puntero, uñeta, tajadera, escafilador, maceta, pera, trinchante, martillina, bujarda, maza, barras, cuñas… pero la que a él le fascinaba era el mazo. Ver al herrero colocar una reja o cualquier otra pieza encima del yunque y dos o tres mozos golpearla con una sincronía total, al tiempo que el herrero le iba dando la vuelta para formar la pieza deseada, le parecía trabajo de genios. El hierro al rojo vivo, se formaba y se deformaba para formarse otra vez, cada vez que los mazos caían sobre él, hasta que el herrero daba una señal y con el pequeño martillo que tenía en la mano acababa de diseñar la pieza y la metía en el pilón de agua que tenía al lado del pozo. Durante unos segundos la pieza emitía un ruido silbante al entrar en contacto con el agua, al tiempo que emitía una columna de vapor que subía hacia el techo, luego crujía y se quedaba en silencio en el fondo del pequeño estanque durante un buen rato. Cuando la sacaba, la miraba al bies y si lo creía oportuno la volvía a meter en la lumbre para calentarla de nuevo y arreglarle alguna pequeña rebaba que no hubiera visto.Le recordaba un cuadro que había visto en un libro que el abuelo tenía en el sobrao, que hablaba de pintores famosos.5645217-primer-plano-de-una-herradura-en-la-fragua
Pero lo que más le gustaba era ver como hacían las herraduras. Metían unos trozos de hierro en la lumbre, hasta que se ponían al rojo vivo.Luego el herrero los sacaba con unas tenazas que tenían el pico doblado, y sobre el yunque iba dándole la forma con la maceta, hasta conseguir darle la forma de una herradura. Cada vez que el hierro se enfriaba la volvía a metes en el fuego y cuando la herradura tenía la forma precisa, con un puntero que otro le colocaba sobre la pieza, daba un golpe seco y hacía los agujero para poder meter en ellos los clavos que engancharían la herradura a los cascos de las caballerías.

-¿ No le duele?, preguntaba, cada vez que le clavaban una herradura.
– ¿ Tú ves que se queje?, le respondía el herrero.
– No, pero por que no sabe hablar…
– Pero sí relincha y tira coces. Si le doliera lo haría.
– Pues si eso se lo pusieras a una persona le dolería mucho.
– Mira a ver si quieres que probemos contigo, le respondía el herrero mirándolo socarrón. Y lo agarraba para asustarlo….
– ¡No, no, suéltame!, gritaba haciéndose el asustadizo. Que se lo digo a mi papa y te sacude….
– A tu padre le pasa lo que a ti, tiene pocas jijas…
– Ya se lo diré, ya, que lo has insultao.
-¿Yo?. ¿Cuándo lo he insultao yo?, mentiroso.
-Cuando has dicho que tiene pocas jijas.
_Eso no es insultar, hombre, eso es una broma…
– ¿No tendrás un clavo pa darme?
– ¿Un clavo, pa qué quieres un clavo?
– Pues pa jugar al clavo en la escuela…
– Pero si te di uno la semana pasada.
– Pero se me ha perdido.
– Tú me vas a arruinar, que los clavos cuestan dinero. ¿Tienes dinero?
– A mi no me dan dinero
– Pues entonces te lo tendrás que ganar. Me recoges los hierros que hay tiraos en el suelo, los colocas en el montón de la ferralla y cuando acabes te hago un clavo.

Al cabo de un rato el niño salía con las manos y la cara tiznadas pero con un clavo en la mano.
-¡ Ven “pa ca”, lávate esas manos y esa cara en la herrada, que pareces un hojalatero!
Y le sacaba una herrada de agua fresca del pozo de la fragua para que se adecentara un poco.El agua estaba fría y el niño rezongaba, pero Sabas, el herrero, le hacía lavarse bien antes de dejarlo salir de la fragua.
Los parroquianos que andaban a aquellas horas por la fragua, que era el lugar de reunión social de los viejos y los desocupados, festejaban a carcajadas los desenlaces de las bromas del herrero y el chiquillo, que salía, en cuanto se veía libre, como alma que lleva el diablo con su clavo nuevo a presumir de tener un tío herrero “que le hacía todos los clavos que le pidiera”.

Sabas, el hijo del herrero, era un alma libre. Cuando se murió el tío Arístides, se le vino el mundo encima. Es cierto que le había enseñado todo lo que sabía y que los tiempos que se acercaban traerían nuevas técnicas, nuevas herramientas, nuevas maneras de hacer. Poco a poco los bueyes y los caballos, las rejas y los arados darían paso a la mecanización del campo y lo que hasta ahora había estado poblado de reses, pronto daría paso a los tractores, los arados kilométricos, las autógenas, las soldaduras eléctricas y químicas…Pero para él ahora esos eran males menores.

Un dia el padre dijo que al Sabas le había tocado hacer la mili en Africa, en el desierto del Sahara…
– Madre mía, decía la madre, lo que les faltaba; no sé cómo se lo van a hacer… ¿ Quien se queda en la fragua?
– Coño, pues tendrán que quedarse los otros. ¡A ver que van a hacer!. No les quedará más remedio.
_ Pero son muy jóvenes…
-Bueno, dijo el padre, ya no son tan chicos y no les quedará más remedio de espabilarse. Cuenta que muy bien no lo van a pasar, pero a ver, así es la vida de jodida a veces.
– ¿Y Sabas qué dice, has hablado con él?
– Pues que quieres que diga, que ya saldrá todo p’alante, de una manera o de otr-Imagínate el “fregao” que deben tener… Hace cuatro días se muere el padre y ahora esto.
-¿ Y quién se queda ahora en la fragua?
– Pues me imagino que los otros dos, Gabi y Miguel, porque a ver que van a hacer. El otro más chico, el Aris, cuenta que tendrá que seguir en la escuela. ¡ Mal rayo parta a la puta vida! El abuelo Miguel, mi padre, mi madre, el tío Sabas, el tío Míguel el de la Virtudes… todos han ido cayendo como moscas… Parece que a esta familia le hubieran echao mal de ojo.
-Muy jóvenes me parece a mí que son para tirar adelante con todo ellos dos solos. Igual el tío Pepe, el del cubo, les echa una mano.
– Tendrán que hacerlo lo mejor que puedan. Criaos ya están. Y cuenta que a la muchacha te tocará ir a las “buertas”. Y la Rosalía bastante tendrá con atenderlos a todos.Y el otro tiene su familia, así es qué no creo yo…

Pero en la cabeza de Sabas, el hijo del herrero, había un inmenso caos emocional. El padre se había muerto cuando nadie lo esperaba, dejando una familia de cinco hijos, algunos pequeños, que vivían de lo que daba su trabajo de herrero, de una pequeña fragua, en la que trabajaba desde bien temprano en la mañana, hasta las tantas de la noche.

Tenía poco más de veinte años, había pasado a ser el cabeza de una familia numerosa de cinco hermanos, el responsable, como hermano mayor que era, de tirar delante de todo lo que había y de exigirse y exigirle a los demás, esfuerzos extraordinarios para poder seguir adelante. Y eran apenas unos niños, o unos adolescentes, con lo que ellos implicaba. El mundo se le vino abajo. Las lágrimas, los miedos, las crisis de ansiedad, provocaron noches interminables de insomnios y de lágrimas en silencio. Pero no podía mostrarse débil ante los demás, de manera que, quisiera o no, tendría que hacer las funciones del padre. ¡ Con veintidós años! Y, por si no fuera bastante, le llamaron a filas, “a cumplir como un hombre con la contribución al glorioso ejército español”, que no entendía de viudas, de hermanos pequeños, de la miseria a la que relegaba a las familias, de las pesadumbres de los hombres pobres… ¡Lo iban a hacer un hombre!sabas militar

El día que tuvo que irse a la mili no lloró delante de los demás. ya lo había dejado todo atado y bien atado. Cada hermano sabía exactamente lo que había de hacer, lo que se esperaba de ellos. Juntos, durante los casi dos años de mili, deberían salir adelante con la fragua y con las tierras. Como pudieran, procurando hacerlo lo mejor posible, porque para más sufrimiento le había tocado irse a África, al desierto del Sahara. De Topas al Sahara había dos billetes que pagaba el ejército, el de ida y el de vuelta.
Así es que el día señalado agarró su maletilla de cartón endurecido, se despidió de todos, abrazó a su madre, que no dejaba de llorar y enfiló la calle Larga abajo sin mirar para atrás…

En mucho tiempo, fueron sus únicas vacaciones. Al menos había podido ver el mundo fuera del pueblo, pero en su cabeza solo había una preocupación, la familia.
Sin embargo, para alegrarles un poco la vida y vieran “lo feliz que era”, mandó fotos de lo “bien que le sentaba el traje militar”, y de los camellos, que los del pueblo no habían visto nunca. “Vuelva cualquier día”, les escribía para que se fueran conformando.

Y un día volvió. De nuevo empezó a hacer de padre de los demás y las cosas, poco a poco, se fueron normalizando. Pero una fragua pequeña y las pocas hectáreas de tierra que tenían, era poco capital para que viviera una familia tan numerosa, así es que los hermanos mayores se fueron, como lo hizo tanta gente en aquella época, a buscarse la vida donde pudieran. Uno en Madrid, otro en Bilbao… Uno volvió al pueblo, para quedarse viviendo muy cerca de la fragua. El otro volvió para quedarse en el cementerio. La hermana, la única hermana, se casó con otro herrero y aunque estaba en casa muchas veces, un maldito cáncer se la llevó antes de tiempo, como a tanta otra gente.

Siempre fue un alma libre, ¡“El bué suelto,… bien se lame”!, decían a menudo los labradores socarrones que se pasaban la vida charlando en la fragua con cualquier excusa. Y Sabas, el hijo del herrero, callaba y sonreía. ¡“Vas siendo mozo viejo, es hora que te busques una moza. Mira qué, cuando llegues a viejo, las noches se hacen mu largas”!. Y Sabas, el hijo del herrero, callaba y sonreía… ¡“Échale los tejos a Fonsa, que entodavía está de mu buen ver”! Y Sabas, el hijo del herrero, callaba y sonreía. Porque nadie como él sabía de esas horas solitarias, en las que el alma encendía otros fuegos de fragua, las hogueras de la miseria, las que abrían a dolor vivo las heridas, las que descuartizaban la voz y creaban nudos de ahogo en la garganta, las que rompían todos los esquemas, transformándolos en negras ideas; las que surgían en explosiones, se metían en los recovecos del corazón dolorido, restallando en los oídos como látigos; los lastres del ocaso ceniciento que disfrutaban mirándote como la pena te encorvaba, las de mirar, sin ver, las paredes blancas de la habitación, conteniendo la rabia acumulada, hasta que remontaban desde la raíz del alma hasta la conciencia, despertando las vivencias olvidadas, los viejos temores, las existencias nuevas, las que se agarran al hombre como se agarra la hiedra a los muros, renaciendo una y otra vez, hasta que la agrietan y la rompen en mil pedazos.

La vida fue transcurriendo y el hijo del herrero envejeciendo. El hermano más pequeño. Aris, al que intentó hacer estudiar en Salamanca, había vuelto después de un año a la fragua. No le gustaban los estudios, así es que se quedó trabajando con él. Un día formó su propia familia y de nuevo se quedó solo. Pero en su cabeza empezaban a formularse nuevas preguntas sin respuesta. La madre se iba haciendo mayor y no sabía que iba a pasar cuando fuera un poco más vieja y ya no pudiera atenderlo. No acertaba a ver lo que podía pasar. Y fue entonces cuando se fijó en un alma gemela, Gris, la de los Valcuebos. Una moza a la que también le tocó atender a todos y no ser atendida por casi nadie. Se entendieron bien, congeniaron, se hicieron novios y se casaron. Fueron felices muchos años, tuvieron dos hijos, Sabas y Montse y, por primera vez el hijo del herrero tuvo muy claras las ideas. Ahora tenía su propia familia, colmo los demás hermanos y se dedicaría a ella con ahínco. Sin embargo la vida aún no había acabado de pasarle factura. Cuando los hijos ya eran mozos y comenzaban a vislumbrar su propia vida, las secuelas de un accidente acabó con la vida de su mujer, cuando mejor estaban.
Su cerebro se quebró como un trozo de carámbano. No pudo absorber tanta pena y se negó a aguantar más. Ahora casi no le obedece, aunque su mente sigue siendo tan ágil como lo fue siempre y los recuerdos, los buenos y los malos, permanecen inalterables.
El hijo del herrero ha encontrado la compañía dentro de su soledad. Su hija, Montse, un modelo de hija, lo cuida con un cariño exquisito, lo acompaña en todo momento y le hace de compañera ideal. Alguien dijo de ella que su corazón era bello como un inmenso rubí rojo. Quien lo dijo lo mantiene. Y a pesar de que la hermana mayor y la madre ya han fallecido y los golpes del martillo pilón de las penas han intentado derribarlo, el fuerte hierro del que está hecha su alma lo mantiene inalterable, forjando su tiempo entre el martilleo de sus recuerdos y el fuego alentador del cariño de los suyos.
Mientras tanto, cada vez que el que escribe pasa por delante de la vieja fragua, ahora ya deteriorada por el tiempo, remueve sentimientos de afecto hacia los seres que un día, algo lejano ya en el tiempo, la llenaban de vida. Pasan los tiempos, pero los perfiles del recuerdo, anclados a fuego en la memoria histórica, rememorarán siempre el tiempo en el que todos éramos felices.

M. Pablos

1 de abril de 2014

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