EL PAN DE LOS POBRES ( Nuevo libro)

En un país bajo el dominio de una dictadura, el hombre, esclavo de los hombres, lucha por sobrevivir sin perder lo poco que le habían dejado: su dignidad.  Encuentra caminos, a veces muy duros, renuncia a esteriotipos aprendidos por

En un país bajo el dominio de una dictadura, el hombre, esclavo de los hombres, lucha por sobrevivir sin perder lo poco que le habían dejado: su dignidad.
Encuentra caminos, a veces muy duros, renuncia a estereotipos aprendidos  de los dominadores y cuando cree que ha alcanzado la libertad, se da cuenta de que nuevamente ha sido engañado por los vendedores de falacias y mentiras.

PROLOGO
NOSTALGIA Y BALANCE

Para mí, todo empieza en Manuel Pablos, narrador de muchos valores, enjundioso autor de diálogos con gentes de letras, ejemplo de tenaz vocación, diligencia, hombría de bien y amor reconocido por su tierra, esa tierra salmantina, castellano leonesa, de razas bravas, no solo en los encinares que, como un borrón inmenso de sombra, se dibujan en medio de una meseta seca, de marrones imposibles, de pueblos imposibles, de riachuelos sin futuro inmediato, que en otros tiempos fueron venitas de aguas puras y cristalinas y que ahora apenas si son cienaguillas de aguas tornasoles y mucho me temo que poco potables, sino de gentes variopintas de aquellas de Antonio Machado, que viven agarrados a la tierra, renacen en la tierra y en la tierra descansan algún día.
Es a esas gentes a las que Manuel dirige sus escritos, llenos de sentimientos del alma sacados a flor de piel, para que el lector se meta dentro de las narrativas y las viva, como si él fuera el protagonista, como si cada uno de nosotros fuéramos los protagonistas. Porque cualquiera de los escritos de Manuel Pablos tienen la virtud de convertir en vida aquello que por tiempo y por necesidad debería estar muerto. Pero la magia de una imaginación privilegiada hace que las personas se muevan, vivan, respiren, fumen, beban, piensen, lloren o sientan, dentro de las mentes de quienes leen sus relatos. La frescura narrativa y el estilo directo y espontáneo, la prosa fácil, digerible, y las imágenes vívidas, como días claros de primavera, hace que el lector esté en medio de las tramas de los relatos, como si las imágenes mentales tuvieran dimensión y fueran compañeras de viaje. Y aquello que parece sencillez es, en el fondo, un estudio sociológico de toda una generación, digno de un cualificado catedrático.
Da igual que sea la señora María o el señor Antonio, dos personas humildes pero llenas de valores humanos, buenos como el pan tierno, perdidos en medio de una meseta que les hacía llorar, reír, suplicar, pensar o amar a la tierra que les vio nacer, porque fuera de ella estaban perdidos; como que sea el hojalatero y su mujer, vividores del día a día, subsistiendo de lo que les daban aquellos que nada tenían, pero que les eran imprescindibles; como el tío Villoruela, un hombre que lo dio todo y cuando lo necesitó, solo encontró la piedad y la lástima de aquellos a los que nada debía, mientras su familia le volvió la espalda hasta el final. O el Tonto de Mayalde, heredero de los muchos Rinconetes o Lazarillos que han existido en esta España del escarnio y de la burla, perdedores desde antes de nacer…
Todos los personajes de Manuel tienen un denominador común: fueron hombres con afanes, que nunca encontraron caminos para conseguirlos, ni siquiera cuando vendieron lo que tenían para comenzar una nueva vida y se encontraron, en muchos casos, sin bienes y sin vida. Y todos tienen una visión común, un mirador común, que se describen desde dentro, desde el sentimiento, desde el fondo de sus almas, atribuladas a veces, con la serenidad necesaria que había que inventar para seguir viviendo, para intentar que sus hijos, engendrados sin ningún conocimiento previo del por qué o para qué los necesitaban, continuaran fundiéndose con la vida, cuando los padres hubieran llenados los cementerios con su muerte.
La trama está definida en el primer verso, dedicado a uno de tantos, en este caso Tasio Ayuso, uno de los que resistió al hambre, la miseria, el caciquismo, las normas impuestas a la fuerza, los fríos, los hijos, las estrecheces de una postguerra; que se agarró a la tierra, durmió con ella, la amó y en ella se quedó para siempre. Ni siquiera las voces de los facinerosos de la venta ambulante de futuros de mentira, fueron capaces de hacerlo marchar en pos de una vida mejor inexistente para el pobre y, como siempre, beneficiosas para el rico. Muchos, como Tasio, se agarraron a su parcela, como el muro se agarra a la hiedra, según dice el autor y, arrancados una y otra vez casi de raíz, volvieron a resurgir y a dibujar con su ejemplo un camino de futuro, de libertad, de nostalgia y de esperanza. Pagaron un precio muy cara, pero acabaron triunfando. Sin embargo, como escribía Rilke a Rodin en su carta, (diciembre de 1912), “Se diría que un heroísmo sin objeto y sin empleo ha formado a España: se levante, se yergue, se exagera, provoca al cielo, y éste, a veces, para darle gusto, se encoleriza y contesta con grandes gestos de
nubes, pero todo queda en un espectáculo generoso e inútil”
Y en medio de toda esta trama se adivina la introspección. El pan de los Pobres está lleno de intuiciones psicológicas de gran profundidad. A lo mejor es más rumiador e introspectivo de lo que parece viéndole desde fuera, siempre saltando de una acción a otra, de una historia a otra, como si solo viviera en el presente, como si el pasado o el futuro no fueran imprescindibles, como si la vida de sus personajes se hallara secretamente enfriada y socavada por el tedio. Sin embargo, la búsqueda de lo nuevo es a veces descomunal; pero es lo que ocurre en algunas vidas. Los personajes son auténticos, de una implacable realidad. Precisamente es la poquedad, o mejor, el apocamiento, que les impide realizarse plenamente. Como si acabaran de descubrir el mundo que está en la otra orilla de la niñez. Intuyen que algo misterioso existe en la atmósfera, algo misterioso que quiere enseñarlos a comprender. De ese caos interior, de los instintos dormidos durante tantos años, que comienzan a despertarse, de esa vaga y tremenda inquietud de raíz casi biológica, que impregna la atmósfera de una rebelión social incipiente, como si se caminara de lo informe a lo formado, de la posibilidad a la realidad, del tránsito de una vida poco menos que animal entregada a los estímulos circundantes, a la vida humana. La prohibición en ellos es la distancia que existe entre la intimidad, entre las corrientes submarinas que pugnan por aflora por encima de los miedos y ese deseo de ser uno mismo, sin cadenas, sin ataduras, sin bandazos y con ritmo interior. El impulso es la acción, casi en el momento de nacer. La madurez de los personajes se obtiene cuando la distancia entre los impulsos y el centro personal es la adecuada.
En un tiempo en el que para escribir vale cualquier cosa, como dice el profesor de arte Ricard Martí, apetece que Manuel Pablos nos sirva una literatura de verdad, de la que llega, en un libro escrito con el corazón. El profesor Juan Carlos Hernando, un gran entendido en sociología, miembro del equipo renovador de los criterios universitarios, decía a Manuel en un escrito sobre su libro anterior, Piruetas y la Casa de los mirlos: “to doy las gracias por haberme hecho llegar este libro, lleno de nostalgias, pero sobre todo por haber sido capaz de despertar en mí ese niño dormido que todos llevamos dentro”.
Yo pienso lo mismo. Aparte de la categoría y el estilo propio en su narrativa, Manuel Pablos es capaz de despertar en el lector, como lo hicieran autores consagrados como Pio Baroja, Manuel Escobar, Miguel Delibes, Francisco Pujol y un interminable elenco de autores, nostalgias del pasado, en el fondo del libro se adivina un fondo de realismo descriptivo tal, que hay momentos en los que no sabrías distinguir y las historias que cuenta son reales o imaginarias. Ese realismo descriptivo es el que hace desear que la historia sea interminable…
Conozco a María Calzada solo de referencias, pero si yo tuviera que calificar sus escritos diría que, por encima de todo está la veracidad de los mismos. Son escritos vividos y sentidos desde lo más íntimo, desde lo más profundo, tiernos y nostálgicos. El sentimiento de sacarlos fuera de su alma, fluye en ella como un hermoso torrente de agua nítida y cristalina y el amor por sus seres queridos se manifiesta con la ternura de aquel que quiere compartir sentimientos con los demás.
A veces presente y pasado se confunden en su mente y trata a los personajes como si aún estuvieran con ella, como si necesitara gritarles lo mucho que los echa de menos, como si tuviera la necesidad de absolverlos de no se sabe que faltas, a sabiendas de que nunca han hecho ningún pecado. La sencillez de sus relatos hace que se supla el análisis en profundidad de sus personajes por la verdad desnuda de sus acciones, que es en el fondo lo que a la autora le importa. Diría que para ella es más importante la autentificación visceral del personaje, que el retrato freudiano de su alma. Es necesario mostrar a la persona tal como es, sin usar guantes de goma como los cirujanos, con las manos sucias. El hombre es así. Yo creo que en eso consiste la humanidad. No es necesario que se toquen los últimos planos viscerales del hombre. La exigencia de un límite es ineludible, según sus concepciones porque pasado él, se entra en lo informe.

Yo diría que una nueva forma de belleza espera, impaciente, a que maduren en María los detalles en brote todavía, de una escritora que se atreva a buscar inéditas veredas.
José Luís Rinconada Pérez.
(Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura comparada de la UNED)
Ex-alumno de Manuel Pablos

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