CRÓNICAS DE UN VERANO ATÍPICO (PRIMERA PARTE)

Me he propuesto hacer una crónica de lo sucedido este verano en mi entorno de Topas. Se que va a levantar ampollas en algunas gentes y que va a haber réplicas, contra-réplicas, disgustos y muchos buenos momentos, espero. Pero voy a decir la verdad – mi verdad- y toda la verdad. Lo siento.

Mi pueblo, el pueblo donde nací, Topas y en el que veraneo desde hace casi cuarenta años, apenas si ha evolucionado. Es uno de esos pueblos castellanos, de la meseta pura y dura, anclado entre un pasado que lo tiene sujeto, un presente con poco aliciente y un futuro, no se como definirlo…¿incierto?.

El pasado viene definido por las costumbres ancestrales, es decir, la misa de los domingos, cada vez con menos convencidos, -sobre todo de las jóvenes generaciones-, el vermut de los domingos después de misa, que ahora se llama “ir de pinchos”, del que uno tiene la impresión- y eso que yo no soy mucho de bares-, (porque no puedo, no porque no me guste), que ha ido aumentando con el paso de los años y con el aumento del poder adquisitivo, los toros, que para eso se construyó una plaza de toros bastante cómoda, a lo que parece. No tiene más que un problema: ¡no se celebran corridas de toros!; si acaso una por la fiesta, San Antonio, el día 14 de Junio, y, según las malas lenguas, costó ciento cincuenta millones de los de antes, de pesetas, quiero decir… A poco que uno sepa de cuentas, es un mal negocio, pero ahí está.Al lado de la plaza de toros se construyó el fundamento de lo que debería haber sido un campo de fútbol de hierba, casi al mismo tiempo que la plaza de toros. Otro mal negocio, porque Topas, que yo sepa, nunca ha tenido un equipo de fútbol…,pero los políticos que en ese tiempo gobernaban creyeron, supongo, que así se fomentaría el deporte en los jóvenes.Lo cierto es que tenemos Plaza de toros y Campo de fútbol de hierba…

Por lo demás, del pasado del siglo que nos precedió, en Topas solamente quedan algunas personas mayores, nostálgicas del que “casi igual era lo de antes que lo de ahora”, de “los jóvenes de hoy en día solo piensan en juergas y en trabajar lo menos posible”, de “los jamoneros que paguen” – la palabra jamonero es una palabra peyorativa, vamos lo que viene a ser una especie de palabra insultante o de desprecio, para los que habiendo nacido en el pueblo, habiendo vivido allí muchos años, algunos hasta bien maduros, y habiendo dejado allí el sudor y las lágrimas, ellos o sus padres, tuvieron la “ocurrencia” de irse fuera del pueblo, a buscarse la vida y ahora vuelven en verano, principalmente, a pasar el tiempo de vacaciones, porque “el pueblo tira mucho”, “porque los niños están aquí muy bien”, “por la nostalgia que producen la tierra, la familia y los amigos que dejaron y, que cada vez van quedando menos” o, simplemente, porque les da la gana y tienen todo el derecho a hacerlo. Pues los “jamoneros”, según “algunos autóctonos”, afortunadamente no todos, son aquellos que solo van a aprovecharse de los del pueblo: a comerse el jamón de los abuelos- aunque ya no tengan abuelos-, a presumir de coche o de chalé bien montado- no es mi caso, afortunadamente-, a vaguear y a llamar la atención en los bares, exhibiendo billetes grandes. ¡Que se jodan, se oye decir a algunos, y que se vayan a su pueblo, que aquí no hacen falta!.Y lo peor es que lo dicen convencidos, sin darse cuenta que los “jamoneros” tenemos el mismo derecho que los “autóctonos” a disfrutar de “nuestro pueblo”, amén de que ayudamos a que se mantengan los bares, los comercios y las casas, más o menos nuevas, que dan vida y pagan impuestos, agua,electricidad, basuras, alcantarillado, etc, de todo el año, sin estar más que un par de meses, un mes o quince días, depende de las circunstancias de cada uno. Y cuando estas cosas suceden, dan mucha lástima. Ya es hora de evolucionar, de cambiar, de ver las cosas como son en la realidad.

Por otra parte sería injusto no decir que hay también mucha gente acogedora, amable, solidaria y con las características de lo que se conoce como “buena gente”. Y al lado de los “chapados a la antigua”, hay personas- las más-, a los que les alegra verte por allí porque saben que quieres al pueblo y a sus gentes. Yo, particularmente, he tenido más manifestaciones de “cariño”, que de lo otro. Aquellos que siguen siendo tus amigos, aunque haga años que no convives con ellos, se alegran de verte, de poder charlar contigo, de saber de tu familia y de contarte cosas de la suya, de hablarte de los que se murieron, de los que tuvieron accidentes, de los que se separaron, de los que se quedaron sin novio o sin novia, de lo bien o lo mal que le va a zutano o a mengano y, casi siempre con toda clase de detalles. Porque, ¡que coño!, de algo hay que hablar. Amigos de echar una mano en lo que pueden: te vigilan la casa, te ayudan a cortar las hierbas que el año ha sembrado alrededor de tu casa, buscan un familiar si hay algo urgente que comunicar, te invitan y se dejan invitar a una cerveza, y recordamos con nostalgia los tiempos aquellos de la niñez o de la adolescencia, etapas llenas de anécdotas, diversiones sanas, costumbres ya pasadas, noviazgos, fiestas… Y te das cuenta que entre la conversación hay unos lazos de cariño amistoso que es bueno, que mantiene unidas a las gentes más allá de la cultura de cada uno, del poder adquisitivo de cada uno, de las ausencias de cada uno… Es el recuerdo, eso que yo he definido tantas veces como un sentimiento tornasolado, de colores mezclados, de penas y alegrías que unen, de desgracias y de buenos momentos que ponen la sangre en ristre y te llevan a los peores y los mejores momentos en una especie de comunión, de unión, de fuerza interior que te recorre los adentros y te hermana con tu gente de por vida… Y entre cerveza y cerveza o entre pincho y pincho, hace brotar la risa, a veces hasta las lágrimas, esa risa relajadora, estentórea, a veces, que tanto bien hace a las almas. La gente de Topas, mi gente, también es así, amigable, espontánea,simple,cariñosa y sociable… Por eso volvemos, los que presumimos de tener amigos, año tras año, a encontrarnos con ellos.

Desde  el cielo, donde no se ven más que casas juntas, se adivina el abrazo de las gentes para protegerse de los elementos. Como una gran familia.

Desde el cielo, donde no se ven más que casas juntas, se adivina el abrazo de las gentes para protegerse de los elementos. Como una gran familia.

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