CRÓNICAS DE UN VERANO ATÍPICO ( Tercera parte)

Y LA CASA SE LLENÓ DE RISASIMG_1114

Cuando llegamos a Topas, el lugar del descanso del guerrero, se produjeron dos milagros: el de las risas de los nietos y el de las flores de los cactus.
Los nietos llegaron como una tromba. Entraron en la casa, qué desde siempre ha sido la suya puesto qué, desde antes de tener uso de razón han vivido allí todos los veranos de su vida y tomaron posesión de sus pertenencias: sus habitaciones, sus juguetes, el salón que tiene puertas, como dice Daniel, el nieto más pequeño de los que viven en Miami, porque en su casa de allí el salón es diáfano, la cocina, el baño, los pasillos y ela terraza de la entrada. A Dani el que la terraza de la entrada se llame portal, no acaba de gustarle, porque según él una terraza no se llama portal y mucho menos portalejo, que es como solemos llamarlo nosotros. Y la casa se llenó de risas y de riñas. Los niños tienen unas risotadas francas y estentóreas, de aquellas sin complejos, que resuenan entre las paredes de las casas como una sinfonía de Mozart, tan alegres llegan a ser, tan cambiantes y tan inacabables.
En un momento, pero en un momento de los de verdad, tomaron posesión de sus habitaciones, sus camas, sus juguetes, limpiados a conciencia hacía unos días por la abuela, sus espacios, que significa la casa entera, sus bicicletas y cuando ya no había títere con cabeza, decidieron “explorar”. Si un niño te dice que va a explorar, échate a temblar. La palabra explorar para ellos no solo es descubrir sino lo que con ello conlleva, es decir: mover, arrastrar, estampar artilugios contra la pared, gritar, reñir, caerse unas cuantas veces, lloriquear, llorar, llamar la atención, preguntar, volver a preguntar, volver a preguntar…DESESPERAR.
Porque cuando un niño te pregunta por algo que dejó abandonado el año anterior no significa que le ayudes a encontrar “aquello qué”, significa que hasta que no lo encuentres te va a machacar la cabeza y no se va a separar de ti ni un segundo. Y no sirve que le digas ”luego te lo busco”; el luego no existe, ha de ser ahora, mejor dicho, “ahora mismo”, es decir, “ahora mismo”,o sea, “ahora mismo”. Da igual que estés al teléfono, hablando con alguien, rezando a Dios para que te ayude a soportarlo, o haciéndole una entrevista al rey…Los niños son inmediatos.IMG_1129
Pero pasados los primeros momentos de confusionismo lógico y una vez asentados en sus lugares respectivos, empiezas a disfrutar con ellos, a descubrir sus amistades, sus notas de colegio- yo no sé por qué todos los abuelos por lo primero que preguntamos a los nietos es por el colegio y las notas”. ¿Y qué, cómo te va el colegio? ¿Has tenido buenas notas? ¿Tienes ya amigos? ¿Y tu señorita, cómo se llama?
Y así sucesivamente, hasta que los niños, qué ya te han contestado un montón de veces las mismas preguntas, se aburren y con voz de fastidio te hunden el tema : “¡ Ay, abuelo, por favor, que ya te lo he contado muchas veces!”
Es cierto, se lo hemos preguntado cientos de veces, miles de veces, millones de veces: en directo, por teléfono , por Skapy, a su madre, a su padre… Lo llamamos preocuparnos por ellos, pero es un coñazo. Imaginémonos que los niños nos interrogaran una y otra vez sobre nuestra diabetes, colesterol, dolores artríticos, trabajo, etc., etc., etc… No aguantaríamos la mitad que un niño. En otros tiempos, ni mejores ni peores, diferentes, las abuelas o no nos preguntaban nada, qué era lo mejor que podía pasar, porque si nos pasaba algo bueno ya lo publicábamos nosotros a los cuatro vientos, y si era malo ya nos escondíamos para que no nos preguntaran nada y pasara el tiempo y con ello llegara el olvido. Si acaso, alguna vez, los abuelos osaban decir: ¿te portas bien en la escuela? ¿No te pega el maestro/a? Y con un sí o un no era suficiente. Luego los abuelos se olvidaban de los nietos y se iban a hacer sus cosas, que solían ser muchas. Y los niños no teníamos la sensación de que no se preocupaban por nosotros, ni los mayores tampoco, porque cuando los necesitabas de verdad ahí estaban; cuando tenían que limpiarte los mocos, no te preguntaban nada, sacaban el pañolón que llevaban en el bolsillo,- todavía no se habían inventado los pañuelos de papel desechables-, y te refregaban la nariz a lo valiente y si acaso quedaban restos, mojaban el mismo pañuelo en saliva y te refregaban la nariz hasta que no quedaba rastro, mientras te animaban con frases tan tiernas como : ¡ Ven p’acá, cojones, que tienes la cara llena mocos, so guarro. Te los vas a comer!. Qué yo sepa, nadie quedó traumatizado ni dejó de limpiarse los mocos de grande por lo que te hizo el abuelo de chico.
Total, que en nada y menos fueron apareciendo María, Javier, Alba, Irene, y Dani y, como decía al principio, nos llenaron la casa de risas, de alegría, de cariños, de gritos y de buenas, buenísimas sensaciones…

Anuncios