CRÓNICAS DE UN VERANO ATÍPICO …

 

ZAMAYÓN Y SUS MISTERIOS

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El día de nuestra llegada, nos recibió la luna, una luna de lobos, redonda como un queso, que jugaba al escondite con las nubes mientras pintaba un precioso paisaje en el cielo añil del final de la tarde, un cuadro que ningún pintor hubiera podido pintar jamás, tan bonito era. A lo lejos, las hileras de los álamos y los chopos de la alameda cercana enseñaban sus simetrías, medio escondidos entre el verde oscuro de la tierra y el azul desvaído del cielo. Mimetizado entre sus ramas, un búho ululaba su admiración, mientras que a lo lejos comenzaban a aparecer los sonidos de la noche: el balido de las ovejas que hacían el careo vespertino camino del aprisco acogedor que les daría cobijo aquella noche, el ladrido de los perros expresando el miedo hacía lo que sus ojos veían en el cielo y sus mentes obtusas no sabían interpretar, las risotadas lejanas de unos niños y , más cercanos, los charloteos de los pardales que dirimían sus diferencias ocultos entre las ramas del ciruelo del jardín que, casi con toda probabilidad, les serviría de casa aquella noche. De repente, un piano cercano comenzó a desgranar las notas de Recuerdos de la Alhambra, del maestro Francisco Tárrega y la magia de la música puso el punto cenital de una noche envidiable. El alma se elevó al infinito y durante un rato la mente se emborrachó de belleza y se dejó llevar al mundo de los sentidos que transportan a los seres humanos mucho más allá de la vida e incluso de la muerte y la hacen flotar en un estado de embriaguez inenarrable.

Luego, poco a poco, el hombre bajó de nuevo a la tierra y apenas si quedó, flotando entre las ráfagas del viento que daba frescor al calor abrasador de la tarde, un rumorcillo agradable mezcla perfecta de todo lo vivido, que fue deshaciendo el hechizo y volvió a poner en su sitio cada uno de los sentidos. Y la noche invitaba al sueño reparador que hace posible que el ser humano prepare su cuerpo y su mente para la lucha eterna del día siguiente.

Al día siguiente el sol  llenó de nuevo de luz los tapices del paisaje. El alma, todavía tintada de sol de veranonostalgia por las sensaciones vividas la noche anterior, invitaba a salir fuera. Cogí mi cámara de fotos y me dispuse a recorrer, una vez más, como si fuera la primera, los parajes tan conocidos, aquellos espacios que alegraron mi niñez, sorprendieron mi adolescencia con multitud de sensaciones nuevas y sirvieron de marco a casi todos los logros de la madurez. El pueblo, siempre viejo y siempre nuevo, me sorprendió como cada año. Recorrí las calles evocando recuerdos. La esquina en la que un día una bicicleta me llevó por delante, la plaza donde pasé tan buenos ratos en la hora del recreo, enredando con mis amigos; donde jugaba a la pelota en el frontón, creando ensoñaciones de campeón de algo que nunca supe muy bien qué era, pero que sonaba a bueno; donde dábamos vueltas, con precisión de expertos a aquellos braserillos hechos con latas de sardinas en aceite  de a kilo qué nos servían para engañar al frío en aquellos días crudos del invierno, cuando soplaba el viento gélido del norte que se llevaba en un viaje sin retorno, Dios sabe a dónde,  las últimas hojas de los negrillos, dejando expuestas sus ramas a una vergonzosa desnudez que duraba todo el invierno.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl  atrio de la iglesia que vivió conmigo mis primeros miedos de los lejanos días del catecismo, con un cura que nos enseñaba las Obras de Misericordia a tortazo limpio, contradiciendo con sus maneras, las  enseñanzas de la primera de ellas:”Enseñar al que no sabe”. Donde viví las alegrías de los días de fiesta, cuando las campanas sonaban a gloria y la tristeza por aquel compañero de clase, muerto de Dios sabe qué enfermedad, mientras las campanas tañían a muerto y los llantos de sus padres se clavaban en el alma para no desclavarse jamás. La esquina del huerto del cura, donde una noche de primavera “robé” el primer beso a una ilusión en forma de proyecto de mujer, en algo que llamábamos pomposamente “primer amor” y que en realidad deberíamos haber llamado “primera experiencia extrasensorial”. La casa donde viví todos los años de mi adolescencia y algunos de mi primera juventud. Una casa qué, en aquella época era un lujo de casa, con su despacho, su salón diáfano, cuatro habitaciones dobles, un cuarto de baño completo- qué no podíamos hacer servir como debiéramos porque no había agua corriente en las casas- su cocina y su jardín, regalo del gobierno a sus maestros,( mi madre era maestra), en el año 1964 para conmemorar lo que se llamó pomposamente “XXV Años de Paz”. Afortunadamente en el mismo año también se hicieron escuelas nuevas que sustituyeron a algo que era una casa vieja, generalmente con puertas y ventanas desvencijadas, poca luz y mucha, muchísima humedad, que también se llamaba escuela. Ahora cincuenta años más tarde, luce unas hermosas ventanas desvencijadas, con los cuarterones de las ventanas rotas, las puertas hechas cachos, llena de suciedad y con el jardín cubierto por unas estupendas zarzas que lo hacen impenetrable. ¡Si el abuelo Franco levantara la cabeza!

OLYMPUS DIGITAL CAMERAY  así, caminando sin rumbo fijo, fui pasando por la vieja fuente romana, mimetizada entre acacias y olmos, donde en tiempos muy lejanos, cuando en el pueblo no había caños, las mozas iban, al caer de la tarde a llenar sus cántaros de agua al tiempo que jugaban a quererse medio en broma, medio en serio, con los mozos galanes que las obsequiaban con un pellizco en las nalgas, un roce protestado, no se distinguía si por saber a poco o a mucho, o un beso robado entre el tronco de los negrillos y la oscuridad del anochecer. Aquel camino y aquella fuente que sirvieron de andamiaje a algunos de mis relatos- tan anclada está en mi mente-, titulados “La casa de los Mirlos” “El Lobato” y algunos  más, todavía inéditos..

De repente pude ver el milagro del que todos hablaban en el pueblo con una gran admiración: “los nuevos molinos eléctricos”. Una maravilla de la técnica que ha transformado un jaral inútil en una suculenta fuente de ingresos a corto y largo plazo, que ha servido para que el pueblo comience a disfrutar la adaptación a los nuevos tiempos, despertando, por fin, del largo letargo del pasado,  para entrar en un futuro prometedor. Uno vuelve, sin querer, a las palabras del Quijote y piensa con admiración que ahora don Quijote si tendría razón al exclamar: “ No son molinos, Sancho, son gigantes!” Unos gigantes que comienzan a transformar un pueblo olvidado, lleno de rotos dolorosos en las casas caídas, abandonadas por aquellos que no tuvieron oportunidad de quedarse porque el hambre era insoportable y, comiéndose los miedos y las lágrimas, desaparecieron un día del lugar donde siempre habían vivido, para ir al lugar donde nunca hubieran querido vivir. Esos gigantes que han permitido que al anochecer el pueblo se transforme todo él es una especie de monumento de ciudad grande, proyectado sobre la oscuridad bañado en una luz que hace resaltar hasta el más pequeño de sus matices, pues aquellas calles que no hace mucho producían miedo, por tener una triste iluminación, la que daba una pequeña bombilla que apenas si alcanzaba a dibujar un pequeño círculo en el suelo, sumiendo en la oscuridad más absoluta a los doscientos metros que había entre ella y la siguiente, compiten ahora con las calles de cualquier ciudad. Da gusto pasear en las noches cálidas de verano, sintiendo el fresquillo de la noche acariciando tu cara, por donde en otros tiempos caminabas a tropezones. O las piscinas y el pabellón nuevos, o la sala de ordenadores que el ayuntamiento ofrece de manera gratuita, desde la mañana hasta la noche, a todos aquellos que quieran utilizarlos, con Wifi- no sé si se escribe así- gratis, qué abarca todo el pueblo. O el pequeño parque infantil instalado en la plaza, lleno de artilugios de todo tipo para que los pequeños y los mayores, puedan disfrutar de ellos el tiempo que quieran. Y uno, que ha vivido los tiempos malos, se alegra de que sus nietos vivan los tiempos  buenos.

Así es que justo es que el amigo Talio, un paisano grande y pacífico como un buey pio, con el alma más blanca que un pan candeal, que tiene frases memorables como “ Me atravesé la mano con un clavo tiñoso y me “tuvon” que poner la “indición del tuétano”, o aquella otra de: “ A mi desde que llevo en este pueblo el ayuntamiento me ha ascendío. Empecé haciendo “abujeros pa los vivos y ahora los hago pa los vivos y pa los muertos”. Porque empezó haciendo las zanjas para los tubos del agua corriente y ahora es enterrador, entre otros muchos oficios, diga que ahora al pueblo no lo conoce ni la madre que lo parió. Y si Talio, que ha vivido más lo malo que lo bueno, pero que es más feliz con un plato de patatas de su huertecillo, que un rico comiéndose un filete Meniere en Maxim’s de París, lo dice, es qué es verdad.

La cámara casi se disparaba sola. El dedo se movía como un paranoico, tratando de guardar en su cerebro artificial todo aquello que un cerebro natural es incapaz de guardar con la nitidez de un artilugio técnico. Desde los linderos del monte el pueblo se veía como siempre, dormitando su modorrera al sol de media mañana, aplastado sobre el bajonal, como si una mano enorme le impidiera subir, igual que hace cien años, igual que hace mil años; el monte huele a jaral, cantueso y romero y la mezcolanza de aromas a veces es asfixiante. Los tomillos y el romero ponen orden en los perfumes y sus emanaciones dan un alegre respiro a la pituitaria, haciendo que el hombre inspire con ansiedad de pez fuera del agua y llene los pulmones de aire caliente que provoca una especie de alergia animal, que le hace toser como a un perro.

Uno deduce que es la hora de volver a casa, al abrigo del frescor del jardín, qué tiene un manzano qué llena de sombra fresca el portal de la entrada, donde unas rosas rojas alegran la vista, cambiando la sensación de ahogo por otra mucho más agradable. Y la abuela, que es como llamamos a mi suegra María, una anciana de  noventa años, a la que hay que alimentar como a un pajarito desvalido porque su cerebro  decidió romperse un día en girones, como si de una camisa vieja se tratara, y confunde constantemente recuerdos del antaño, con citas del presente, nombres, fechas y situaciones en una amalgama de frases sin ningún sentido, me sorprende diciendo que las rosas de ahora ya no son ná, que las buenas eran las de la primera muda, que casi tronchaban las ramas porque las daba a cientos y estaban “abarrotás”; que  ese rosal, qué le trajo su padre el otro día de la feria, es un frutal “mu bueno”.???????????????????????????????

En el corral ya no hay gallinas, han desaparecido. Dos años antes unas cuantas gallinas cacareaban sus frustraciones y su hambre, vigiladas de cerca por dos hermosos gallos qué, como buenos guardianes del harén rezongaban en el idioma de los gallos a las gallinas jóvenes que se desmadraban en todo momento; eran aquellos qué, en otros tiempos más  jóvenes, se robaban, así, por la cara, para comérselos un domingo por la tarde, con un poco de arroz en cualquier caseta del campo. Las gallinas aquellas qué, con el calor que hacía no ponían huevos, porque “deben estar estresás” y va a haber que cambiarle el pienso a ver si se animan”, según dice Gerardo.

En el saliente de la fachada se reunían a la hora de la siesta las golondrinas a dirimir  sus diferencias y montaban unas algarabías interminables, pero como son animales medio sagrados “porque quitaron las espinas a Nuestro Señor cuando estaba en la cruz”, según dice la tradición, nadie se mete con ellas. Hace algunos años, si por casualidad se cazaba alguna, se le ponía un pequeño lazo enganchado a un ala para luego saber distinguirla entre todas y, durante unos días, hasta que el animal acababa quitándoselo a picotazos, imagino,  los niños nos pasábamos el día señalando a los demás “la nuestra golondrina”.casa-de-los-mirlos-cap-1.jpg

A la caída de la tarde, cuando los rayos del sol  poniente pintaban el cielo con los enigmáticos colores del ocaso, haciendo resaltar como en ningún momento la vieja torre de la iglesia, vigilante eterna de los campos y las gentes, cientos de pardales se reunían en el manzano del huertecillo a discutir alocadamente los temas trascendentales que los pardales discuten con una vehemencia total, creando otro de los momentos de paranoia mágica de la tarde. Y a medida que la noche iba ganado oscuridad al día, los parloteos de los pardales se iban apagando, lenta pero inexorablemente, hasta transformarse en unos cuantos piares lentos y desacordes que acababan diluyéndose en el oscurecer en un silencio total, solo roto, por el ladrido de algún perro lejano que provocaba una pequeña inquietud, no vista pero si intuida, entre los pajarillos que habían elegido el árbol como lugar de descanso nocturno.

Era en ese momento cuando el alma se recogía dentro de ella misma y una especie de tristeza consentida revoloteaba, al igual que la pareja de murciélagos, entre el final del día y la esperanza del amanecer del día siguiente y le llevaba, casi sin  pretenderlo, a una relajación agradable hasta introducirte sin querer en un duermevela lleno de sensaciones antiguas que se mezclaban con las realidades del momento, en una amalgama de sentimientos encontrados precursores de la paz, que unas horas más tarde, el sueño reparador aumentaba hasta construir las oníricas sensaciones que solo los sueños son capaces de producir.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAEl búho centenario ululaba sus disconformidades desde la rama de la encina, avizor de  ratones despistados qué, creyéndose a salvo entre las sombras de las noche, no contaban con las vista de infrarrojos del ave silenciosa. Cuando intentaban escapar de la sombra qué significaba peligro era demasiado tarde. Unos garfios en forma de garras los habían transformado, si apenas enterarse, en la proteína necesaria para que el ciclo de la vida continúe indefinadamente.

La luna lo miraba todo indiferente, iluminando el monte vagamente en color plata las hojas de los robles centenarios, mientras los perros ladraban desaforadamente a las sombras.

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