ADIOS AL HERRERO

ADIOS AL HERRERO

                                                                                           sabas militar                                               A Sabas, el herrero, in memoriam

Poco a poco se le fueron secando las vetas de agua del alma, aquellas que, sin notarlo, llenan la vida de las esencias que necesitamos para seguir adelante y, aunque nunca le habían asustado los retos y había aceptado luchar a brazo partido con todos los que se le habían ido presentando, cada uno de ellos había ido dejando una huella profunda en su alma, una cicatriz de aquellas que nunca llegan a cerrarse del todo. Cada vez que un nuevo roce un nuevo disgusto, una nueva preocupación pasaba por ellas, se abrían a dolor vivo y dolían, dolían  todas a la vez. Fueron muchos roces, demasiados, tantos que un día su cerebro decidió que ya no aguantaba más y trato de cerrarlas todas de golpe. Pero mi primo Sabas, el herrero, era mucho Sabas y le plantó cara a la muerte. Las vetas de agua, esas que nutren el alma, se iban secando poco a poco, pero aún dejaban sonar dentro de ella las musiquillas necesarias para aguantar una tenue melodía, un chorrito que le permitiera seguir agarrado a los recuerdos, Se agarró a la vida, como la hiedra se agarra a las paredes y fue cubriendo con hojas verdes algunos espacios que estaban secos.

Vivió muchos años agarrado a los recuerdos, como el náufrago se agarra a la tabla de salvación que es toda su esperanza de llegar a lugar seguro, aunque nunca acabe de llegar. Soñaba despierto con las figuras difuminadas ya de tanto usarlas. Los primeros años, dentro de una familia numerosa, cercanos unos a otros en edad, compañeros de juegos y de fechorías, en aquella casa de la Calle Larga, recia, bien construida, con un corral cómplice de escondites, de columpios, de risas  de juramentos y de llantos, pero con la felicidad del pobre flotando por todos los rincones del hogar. La cocina ardía siempre y llenaba la casa de calidez, de seguridad de paz y de tranquilidad. El trabajo era mucho, pero desde pequeños aprendieron a pelearse con él, a correr un poco más para gastar el tiempo sobrante con los juegos entre hermanos y amigos, a estirar un poco más, unos minutos más, unos segundos más el disfrute del juego de niño. Hasta que la voz del padre o la zapatilla mágica de la madre, ponían fin a las esperas y el sueño reparador, seguramente en cama compartida que atesoraba calor en aquellos inviernos crudos y largos de la meseta,  los recargaba de energías para el día siguiente, en tanto las heladas del norte traían los vientos de hielo y nieve, las lluvias torrenciales, los pinganillos matinales que colgaban como cascaditas de diamantes transparentes, de las tejas de la casa, creando una magia de destellos de colores cuando los primeros rayos del sol friolero, los tocaba con sus dedos helados. Mientras, los pardales esponjaban sus plumas y revoloteaban entre los muladares tratando de llevarse al pico cualquier cosa que les sirviera de almuerzo y les quitara el entumecimiento de la fiera helada nocturna. También eran sobrevivientes.

Lentamente pasaron los años y poco a poco fue aprendiendo el oficio de su padre y de su abuelo: herrero. Y aunque era un oficio duro y el machaqueo de los martillos a veces traspasaba el cerebro, la fortaleza del padre y las buenas artes para transformar el hierro frío en estructuras dotadas de belleza, a veces, y, mágicamente solo con fuego, curando los enormes costurones que el contacto con la tierra y con la roca dura producían  otras veces en las herramientas, otras, hasta dejarlas una y otra vez como nuevas, había ido creando en el primero curiosidad y más tarde deseo de ser como el padre, un hombretón fuerte, rudo, de alma de pan tierno con el rescaño duro de la firmeza cuando era necesario, que igual que gobernaba la casa cuando era necesario hacerlo, gobernaba la fragua, como un capitán gobierna su nave para llevarla, por encima de las marejadas, marejadillas, mares movidas y tempestades, que de todo hubo en aquella fragua, a buen puerto.

La muerte se llevó un día al padre, así, de repente, casi sin avisar. Una maldita enfermedad y unos medicamentos que no llegaron a tiempo mataron al herrero, aquel hombretón grande, de manos grandes y calludas que, cuando convenía, se transformaban en manos de artista, o en creadoras de caricias, apretones cómplices o tornaderas que lanzaban a un niño al aire entre risotadas estentóreas.

Con muy pocos años le tocó tirar del carro de la familia, como hermano mayor que era. A él y a su hermano Gabi, un poco más pequeño, pero no menos activo. Se agarraron a la desgracia y siguieron adelante y fue la vida misma las que le fue marcando el derrotero. Y con mucho esfuerzo y mucho trabajo, casi sin ayuda de nadie, lograron reflotar la nave y seguir sorteando tormentas hasta que enderezaron de nuevo el rumbo de la familia.

Pasó la juventud casi sin darse cuenta. La fragua y las pocas fanegas de tierras que les quedaron, daban lo justo para seguir viviendo y la familia, como todas las familias, se fue poco a poco deshaciendo para buscar sus propios hogares, sus propios modos de vida, sus propias familias. Buscaron compañeras, formaron su propia familia y tomando diferentes derroteros fueron alejándose, que no olvidándose, de la casa  familiar. Es aquello que se llama “ley de vida”.

Sabas, el herrero, siguió aferrado a la fragua como antes lo hicieron el padre, los tíos y el abuelo, adaptándose a los nuevos tiempos, pensando y creando con Aris, el hermano más pequeño, estructuras nuevas para vidas nuevas… Otra vez tirando adelante.

Se olvidó de él mismo, se agarró a Rosalía, su madre, una mujer que como casi todas las mujeres castellanas hacían, lloró de puertas adentro sus penas, su dolor y sus muertes, sin dar cuarto al pregonero: “La vida de una mujer es una historia de afectos”  dijo Washington Irving, de afectos guardados como tesoros en un cofre, dentro del alma, que muy pocos podrán descubrir…

Cuando le vino la pena

cerró las puertas de casa,

se metió dentro y juró

sobre sagradas estampas,

que seguiría luchando

por lo que ahora le quedaba.

(Del poema Versos para Engracia)

Cuando somos niños deseamos hacernos mayores y tener libertad, cuando somos jóvenes queremos ser adultos para hacer lo que queramos, cuando somos adultos vamos preparando el resto de nuestra vida; y cuando somos viejos deseamos haber aprovechado nuestro tiempo.

Le llegó el amor cuando ya era grande. Encontró en ese amor el afecto, la estabilidad, el cariño y los hijos que faltaban en su vida y lo vivió sorbiéndolo lentamente, a tragos cortos e intensos, como un buen vino. Por primera vez en su vida supo que era plenamente feliz. Por primera vez supo que Gris era aquella mujer que había estado buscando.  Y con su sorna habitual debió pensar : “Tiene cojones, lo que son la vida y las mujeres. Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando maduramos lamentamos no poder tener esa mujer, cuando nos hacemos viejos lamentamos no tener a la mujer.”

Poco sabía entonces que algún día aquel pensamiento se haría una triste realidad…

Capítulo 8-1

Cuando uno va perdiendo año tras año la gente que te ha rodeado toda tu vida, que has amado y han sido el referente de tu vida, el alma se llena de espacios vacíos. Tratas de rellenarlos con nuevas vivencias, con nuevos sentimientos, con sensaciones nuevas, con deseos nuevos. Pero  no puedes hacerlo. Algunas veces los recuerdos son tan vívidos que las lágrimas han de limpiar el recuerdo para que no se ensucie, para que no se pierda, para que siga vivo sin que el tiempo lo deteriore. Y cuando has agotado las lágrimas, en tu intimidad, y has gastado la dignidad , el saber estar y el disimulo de cara a los demás, notas que estás vencido, que poco a poco la vida te va ganando la batalla, que ya no quieres vivir por ti mismo, que vives para que los demás sigan viviendo por ti. Y esa lucha interior es tan agotadora, son tantas las energías que necesitas, que, como si fueras un juguete medio roto, tu cerebro comienza a dejar de hacer sus naturales funciones, te acorrala, te derrota, te va matando lentamente. Y es entonces cuando decides que ya no quieres vivir. Pero la naturaleza natural del hombre lucha por seguir adelante hasta que un día caes de rodillas y sabes, de alguna manera, que no te vas a levantar más.

Sabas, el herrero, lucho contra su propia vida hasta la extenuación, no por él, que estaba deseando reunirse con aquellos que le había precedido, que le habían dado la felicidad, sino por sus hijos, que nunca lo habían dejado solo, que le habían querido igual en los buenos y malos momentos, que habían luchado por él como lo que siempre habían sido, dos hijos ejemplares. Y se sentía tan orgulloso de ellos, le dolía tanto el sufrimiento que les iba a causar, que se agarró a la vida con uñas y dientes, hasta que la llama de su cerebro, una llamita ya apenas perceptible, pero que seguía iluminando misteriosamente la claridad increíble de su cerebro, alimentando los recuerdos antiguos y poniendo sombras en los nuevos, consumida hasta la última gota de cera que le quedaba en un último chisporroteo, decidió que debía partir, que aquí ya no hacía nada, que aquí ya no hacía falta. Y dejó que la última chispa se apagara para siempre, llevándose con ella el último recuerdo de su vida, la cara de sus hijos, la serenidad en sus ojos tristes por perder a un padre, pero con la satisfacción del deber cumplido…

Descansa en paz, primo y ,si allá donde estés están también los que nos precedieron, cuéntales, como a mí me contabas, las historias de los que aquí seguimos… Seguro que los enternecerás, como a mi me enternecías.

Un abrazo y hasta siempre, Pablos humano.

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