LOS COLORES DEL OTOÑO (resucitando muertos)

LOS COLORES DEL OTOÑO

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De repente el cielo cambió de tonalidades .Se borraron los azules del verano y aparecieron los grises azulados de las nubes que dejaban entrever unos gironcillos azulados que se resistían a abandonar su lugar, compitiendo por salir en la foto, en una lucha que, de antemano sabían perdida. El sol intentaba lucir su timidez de novicia entre los cirros y los cúmulos, enclaustrado en una clausura que sabía que duraría tiempo, mucho tiempo. En ocasiones rompía la celosía y brillaba, apoteósico, triunfal, soberbio, durante unos minutos, incluso alguna hora. Pero las nubes, señoras ahora de los cielos infinitos, acababan por imponer su ley y lo devolvían a su clausura obligada.

Derrotado y perdido, aparecía en medio de otrora su reino, como una mancha blanca, transparentando el azul purísimo bajo la nube azulada y llenando la bóveda celeste de un rayado  de radiografía preocupante, que no presagiaba nada bueno.


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Los árboles, que otrora lucían un verde oscuro majestuoso, eran como hidalgos venidos a menos y vestían unos ropajes de un verde amarillento deslustrado, como si sus luchas contra la Naturaleza les hubieran dejado sin fuerzas, tras los muchos calores soportados y la sed de un agua ansiada,

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pero no renacida y se abandonaban, poco a poco  y sin luchar apenas, a un invierno cada vez más cercano, que con sus fríos vientos del norte, les desnudaría sin piedad, luciendo sus esqueletos blanquecinos que la mordida de las heladas acabarían por atrofiar. Algunos incluso, no volverían a renacer con los calores de la lejana primavera, y se habían pintado con las galas de un marrón sucio, oscuro, muerto.

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Por el paseo frondoso de los álamos blancos, lleno de florecillas multicolores que adornaban las veredas, las alfombras de hojas muertas formaban un compacto de pequeños cadáveres, esperando las ventoleras, cada vez más cercanas, que las barrerían inmisericordes, arrastrándolas hasta vete tú a saber que lejanas veredas, donde acabarían desangrándose en la tierra, que las acogería maternal, para hacerlas renacer de nuevo en brotes de esperanza, la próxima primavera.

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Pero entre todo este anuncio de muerte cercana, un árbol humilde, pero más recio que ninguno, plantó cara a las nubes, el sol y las inclemencias anunciadas, lució su follaje majestuoso y enseñó, desafiante sus frutos a ese cielo ennegrecido, diciéndole a voz en grito que en medio de tanta tristeza siempre queda un hito de vida, un pequeño canto de victoria, la esperanza renacida de que habrá muchas más primaveras.

Manuel Pablosfotos móvil 878


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