NOCHEBUENA EN OTROS TIEMPOS

HACE ALGUNOS AÑOS, LAS NOCHEBUENAS Y EN GENERAL LAS FIESTAS NAVIDEÑAS TENÍAN OTRAS CONNOTACIONES. ESTE RELATO PERTENECE A MI LIBRO “PIRUETAS Y LA CASA DE LOS MIRLOS”. ES UNA FIEL REPRODUCCIÓN DE COMO SE CELEBRABA LA NOCHEBUENA EN LOS AÑOS 60, EN CASA DE LOS ABUELOS.

 

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12.- La fiesta de Nochebuena

A Piruetas le gustaba la fiesta de Nochebuena. Era uno de los acontecimientos señalados  en la casa de los  Cucos. Desde  mucho antes de ponerse el sol ya estaban atendidos los animales y en trajín de la casa era enervante. La abuela Dolores y las mozas preparaban la cena tradicional: gallo en pepitoria, cabrito o cordero en caldereta, y los magníficos postres de los días de fiesta, arroz con leche y natillas. Las natillas de la abuela eran una delicia. Piruetas y sus primos se peleaban por rebañar las ollas de los postres. Los mozos, mientras tanto, hacían rachizos en el corral. A los niños nos daban una tarea que nos agradaba sobremanera: pelar los gallos. Cuando el gallo moría desangrado, tras hacerle un tajo con el cuchillo en la parte posterior de la cabeza, lo metían en unos enormes barreños de barro, llenos de agua hirviendo para que las plumas se ablandaran. Eso facilitaba la tarea de pelarlos. Era una verdadera delicia, para Piruetas y sus primos, tirar del plumón con la poca fuerza de sus jóvenes manos, hasta conseguir que un puñado de plumillas humeantes se quedaran enganchadas entre los dedos, produciéndoles un cosquilleo nervioso que les hacía reír alocadamente; hasta que al cabo de un rato, cansados de pelar gallos, organizaban encarnizadas batallas de plumón. Entonces la gente mayor, alertada por las risotadas y los gritos, aparecía en la vieja cocina y los echaba a cajas destempladas de allí. Cuando esto sucedía, buscábamos al abuelo Andrés, el Cuco, que ejercía de clemente intermediario entre los grandes y los menudos, a costa de tenerlos entretenidos hasta la hora de la cena. Era este  el mejor rato de toda la tarde, pues el abuelo nos sentaba en el escaño de la cocina y comenzaba a relatarnos fantásticas historias que, algunas veces, duraban hasta la hora de la cena y que siempre comenzaban igual.

claro de luna

  • ¿Veis aquella estrella azul que está justo en la esquina derecha de la claraboya?.. Pues resulta que hace catorce años no estaba allí, estaba en un lugar mucho más lejano, casi donde empieza el universo infinito. Pero un caminante que pasaba por allí, un anciano que buscaba la senda de la verdad, acertó a pasar justo a su lado, yendo a tropezar con ella por casualidad…

Cuando llegaba a este punto, siempre había alguien que  interrumpía el relato y preguntaba candorosamente:

  • Pero abuelo, ¿se puede caminar por el cielo?
  • Pues claro – contestaba el abuelo -, ¿tú no has caminado nunca?

  • ¡¡Yo no!!, decía la misma vocecita, al tiempo que abría desmesuradamente los ojos.

  • ¡Ah, pues eso hay que arreglarlo! – replicaba el abuelo -. Esta noche, después de la Misa del Gallo te llevaré conmigo. Pero no puedes dormirte, porque solamente podemos ir esta noche.

  • ¡¡¡Yo también quiero ir!!!- gritaban al tiempo todos los demás -.

  • Bueno, está bien,- decía el abuelo -, os llevaré a todos, aunque no sé yo si la escalera va a resistir tanto peso.

  • ¿Vamos por la escalera?, decía Piruetas.

  • ¡To, coño!, ¿pues como quieres que subamos, sino? Primero tenemos que subir al tejado, donde esté la luna. ¿Tú no has visto nunca la luna tocando los tejados? Pues es cuestión de saber el momento exacto para poder subir a ella. Luego ya es muy fácil…

la luna estrella

 

La cena de Nochebuena era toda una fiesta. Se reunía toda la familia en la enorme cocina de la casa, en torno al fuego encendido. Era un rito solemne: La sopa, el gallo, el cordero, los postres, los turrones y los mazapanes ( una enorme caja de cartón que albergaba en su interior una enorme serpiente de mazapán, llena de confites de mil colores), los capones, que se hacen metiendo un trozo de nuez en medio de un higo seco… Algunas veces les dejaban beber un poco de vino con azúcar, rebajado con mucha agua. Luego, mientras las mujeres de la casa fregaban la vajilla, el abuelo cogía el badil y las tenazas de la lumbre y les invitaba a bailar”La Gurrumina”. Consistía este baile en hacerlos poner a la pata coja y saltar con una sola pierna, mientras aguantara, en tanto el Cuco, ayudándose del ritmo creado con los artilugios de la cocina cantaba:

 

Que quien la bailará,

que quien la bailará,

que quien la bailará,

la gurrumina en un pie,

que quien la bailará,

nueve veces sin perder.

 

Desde  el cielo, donde no se ven más que casas juntas, se adivina el abrazo de las gentes para protegerse de los elementos. Como una gran familia.

Desde el cielo, donde no se ven más que casas juntas, se adivina el abrazo de las gentes para protegerse de los elementos. Como una gran familia.

Y cada vez que llegaba a este punto todo el grupo de bailarines gritaba al mismo tiempo, una, dos, tres… Y el abuelo repetía y repetía la canción, hasta que el último bailarín, agotado por el esfuerzo, se retiraba del baile. El que más aguantaba se llevaba el premio: un buen trozo de mazapán. Algunas veces, alguno de los más pequeños trataba de imitar a los mayores y como apenas aguantaba unos segundos bailando rompía a llorar desconsoladamente. Entonces el abuelo lo cogía amorosamente en los brazos, le secaba las lágrimas con su enorme pañolón y se ponía a saltar a la pata coja con el niño en sus brazos, mientras  le decía:

  • ¡No llores, hijo, me cagüen sanes! Cuando seas grande los cansarás a todos y te llevaré conmigo al monte de los caramelos y el pan con miel.

Y el llorón de turno se abrazaba al cuello del abuelo y le llenaba la cara de besos. Entonces el abuelo se sentaba en su eterno sillón de mimbre y lo acunaba hasta dormirlo, mientras salmodiaba este villancico:

La Nochebuena se viene,

la Nochebuena se va;

y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

 

Entonces se hacía un gran silencio en la cocina. El abuelo miraba, ensimismado en sus pensamientos, los leños crepitantes de la lumbre y repetía, muy despacio:”…Y nosotros nos iremos… Y no volveremos más…! A Piruteas le daba mucho miedo, porque en la cocina se hacía un silencio absoluto y durante mucho rato flotaba algo raro en el ambiente, algo que ponía un sabor agridulce en las gargantas, hasta que el abuelo se levantaba, depositaba el dormido en manos de su madre y calladamente volvía a sentarse.

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El crepitar de los leños se entremezclaba con el chisporroteo de las brasas, las cuales soltaban enormes cantidades de chispitas que se perseguían alocadamente durante unos segundos en un ritmo vertiginoso, paranoico, para luego desaparecer en un momento de la misma manera que habían aparecido, transformándose en nada, aquello que de la nada había surgido. Poco a poco el calorcillo de la lumbre se mezclaba con la placidez de la digestión y del cansancio. A Piruetas eso le producía una somnolencia que tiraba con enorme fuerza de los párpados y lo introducía, casi sin notarlo, por los senderos del sueño. Nunca consiguió caminar por el cielo con el abuelo la noche de Nochebuena, pero en sueños se veía flotando deliciosamente sobre los tejados del pueblo, caminando por la Vía Láctea, cuajada de estrellas que, al tropezarlas caían a la tierra como una catarata de fuegos artificiales. El abuelo reía cada vez que esto pasaba y aunque murió, Piruetas lo sigue viendo cada vez que alza la cabeza hacía el cielo y una estrella fugaz cruza rauda el  firmamento infinito.

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