VERSOS DE MARÍA CALZADA

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Ellos

 

Cuando la luna redonda se viste de gala

y el monte ilumina de luz color plata

pintando la yerba con puntillas blancas,

los ojos hermosos de María Calzada

estudian el cielo con calma pausada

y, sobre el reflejo de la luna llena

que tiembla de frio en las aguas mansas

la imagen se aleja, callada, callada,

dejando una estela tan desdibujada,

que un delfín de espuma no podría encontrarla.

El cielo se cuaja, cual postre de nata,

de estrellas azules que marcan distancias…

silencio en el monte de sombras calladas,

silencio en el valle, silencio en la casa.

Cantan sus amores, entre la enramada,

ruiseñores pardos, de músicas blancas,

mugen los becerros, contestan las vacas,

ululan los búhos, berrean las cabras.

Entre los recuerdos la imagen se amasa:

las manos del padre, callosas, cortadas,

llenas de caricias tras las costras pardas,

duras como el hierro siempre que hizo falta,

pero también suaves, como harina en agua.

La madre que escucha, que mima, que abraza…

que cura los miedos y enjuga las lágrimas,

que llena de cuentos las noches fantasmas…

El recuerdo triste de la hermana amada

que se fue muy pronto, y el hermano Antonio…

El alma se estanca, el recuerdo duele,

los ojos se empapan, sin querer, de lágrimas.

 

Los vientos del dolor rezuman ira,

desnudando poco a poco las hojas muertas del pasado,

mordiendo las derrotas antiguas,

deshojando impúdicamente el árbol,

humillando la piedra marmórea del alma,

que cede y se despoja de los pequeños dioses

que te dan valor, mientras sangran polvo.

El alma de María, como todas las almas,

se rinde ante la evidencia del tiempo,

porque la vida, amable compañera,

es como el oxígeno, que de tanto tocarlo

se empobrece en el caudal generoso del cuerpo.

Construiste los ayeres, andamio tras andamio,

con el humano barro, material sencillo,

qué, por serlo, aún perdura plantando cara al tiempo.

Lejos quedaron los fuegos animales de la juventud,

lejos de tu mirar pensativo, que añade a tu figura,

como a un árbol, nuevas cortezas con fechas y nombres,

donde los caracoles van dejando pacientes surcos,

oscuros algunos, brillantes otros, que se desvanecen

cuando apuntan las mañanas de soles nuevos,

de savias nuevas, de brotes de ternura, amor y dulzura,

llenos de nuevas ansias de vivir en ti, lo que vives en los otros.

Háblales como siempre, de belleza,

sin fingir amor en la palabra y construye alegrías

con tu risa contagiosa, y malgasta tu tiempo

perfumando las flores de tu jardín con esa sencillez

que te devuelve a la vida, que nos devuelve a la vida.

Todos estamos ciegos hasta que nos despierta

esa mano, ese abrazo, esa voz que estamos esperando.

Puede haber hasta lágrimas, deseando nacerse en unos ojos.

NOSOTROS

 

 

Rodaban las letras sobre las pantallas

en los amaneceres rotos del insomnio amigo.

Lejos del lugar elegido por el útero para ensancharse

y soltar su fruto, éramos náufragos en islas cercanas…

Desconocidos náufragos, hermanados

por el oxígeno respirado al romperse

la placenta acogedora que nos maduró,

nos protegió y nos expulsó, inválidos totales,

al mundo complicado con el que luchamos

a brazo partido para mantenernos en equilibrio,

inestable al principio, inestable al final,

complicado en medio, que es ese tiempo que llaman vida.

Sin pretenderlo se engancharon nuestras letras primero,

nuestras ideas después, nuestro afecto siempre,

para intentar crear páginas bellas que pintaran

imágenes revividas, frescas como cogollos

de lechugas vírgenes, en las mentes de aquellos

que, sin olvidarlas, habían dejado aparcadas

en una esquina de los recuerdos rancios,

las experiencias que un día, algo lejano ya,

fueron las que les enseñaron a vivir, a luchar,

a mantenerse flotando en las aguas embravecidas

de los tiempos revueltos y de los tiempos en calma.

Con el miedo pintado en tus elucubraciones solitarias, apoyándose

en la suficiencia inconsciente de mi “experiencia” antigua,

decidimos embarcarnos en una aventura que creíamos con alma espiritual

y a la postre resultó ser más humana de lo que nos propusimos y menos divina

de lo que pretendíamos en un principio… En el medio siempre nos quedará la duda

de si aquello, verdaderamente mereció la pena. Y sin embargo ahí está, en el mundo de lo

real, aquello que un día solo fue idea pensada, retenida en la cabeza, empujando con fuerza

por salir de ella, sin saber cómo, ni cuando, ni por qué…ni siquiera para qué.

Como este verso, que se ha transformado poco a poco en prosa, que es en la estructura que mejor nos hemos entendido.

Y sin embargo en el fondo, como la dulzura escondida en los deliciosos pasteles rellenos, es donde está lo verdaderamente hermoso: una amistad que perdurará más allá de los tiempos.

Ese es nuestro mejor verso.

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