La noche de las ánimas

La noche de Ánimasluna llena

La luna llena sobre fondo negro es la imagen idónea para definir la noche de las ánimas. Máxime cuando tu madre te había dicho:”¡Esta  tarde pronto a casa que es la noche de las ánimas y andan sueltas por las calles, buscando  almas para llevárselas al más allá!”.

Cada tarde le arrancabas unos minutos a la puesta del sol para seguir jugando con los amigos en la plaza, pero esa tarde te pasabas las horas mirando al poniente, intentando descifrar cada cinco minutos por donde andaba el sol y cuando entendías, más que ver, porque el cielo solía estar cubierto de nubes, que el horizonte comenzaba a oscurecerse, ibas que perdías el culo para casa, te acurrucabas a la orilla de la lumbre y de allí no te arrancaba ni Cristo.

Los mayores se sonreían entre ellos, señalándote con la cabeza y no había año que no te intentaran enviar al corral a buscar un poco de leña para la lumbre. Naturalmente el éxito solía ser nulo, porque caminar más allá de donde las llamas ponían luz y sombra en la cocina, era encontrarte, seguro, pero seguro, seguro, con un ánima que te cazaría para llevarte al más allá.alredeor de la lumbre

Se agolpaban en tu cabeza en un barullo indescifrable los cuentos, consejas, relatos y realidades que habías estado oyendo los días anteriores; los fantasmas, sibilas, nigromantes,trasgos, orcos y brujas, revoloteaban en cada sombra, en cada chisporroteo de los leños que ardían en la lumbre, en cada sonido extraño, en cada bufido del gato, en cada ladrido del perro…

A veces los gatos que dormitaban tranquilamente al amor de la lumbre daban un salto nervioso, arqueaban en puente su cuerpo, erizaban el pelo y salían corriendo, como alma que lleva el diablo hacia los desvanes, sin haber nada que lo justificara. En ese momento el alma se te paralizaba, la sangre dejaba de circular en tus venas, los ojos volteaban como locos en giros de trescientos sesenta grados, los músculos se quedaban sin movimiento y eras incapaz de mirar más allá de tus propias zapatillas, tan aterrado estabas.animas_mogarraz3

Y era justo en ese momento cuando oías sonar la campanilla liberadora, y el “¡Ánimas Benditas del Purgatorio!”, que en otro momento te hubiera hecho gritar de miedo, ahora te desataba todos los nudos que se habían ido formando en tu cuerpo y el grito “¡Ya están aquí!”, era un grito de alborozo, de día de fiesta por la mañana. Porque bien sabido era por todo el mundo que cuando el tío Julique o el tío Zapatero llegaban a tu casa, envueltos en una manta, con un farolillo de cristal alumbrándole el camino y haciendo sonar la campana, la casa y sus alrededores quedaba libre de todo lo maligno y el espíritu de las ánimas benditas protegería tu casa y tu familia durante el resto del año, que para eso le alumbraban el camino con el farol.

Así es que llamaban a la puerta, y al ruego de “Una limosna para las ánimas benditas del purgatorio”, la puerta se abría, se rezaba un responso, y una parte de los “Gozos para las benditas ánimas del purgatorio”, se daba la limosna, en la medida que cada uno podía y el limosnero iba a la casa siguiente a practicar el mismo rito.

 

“Oíd, mortales piadosos,

y ayudadnos a alcanzar:

 

R/ Que Dios nos saque de penas

y nos lleve a descansar.

 

¡Oh vosotros, -caminantes,

suspended, oíd, parad,

bastará sólo el oírnos

a mover vuestra piedad!

Hoy pide nuestra aflicción

que queráis cooperar:

 

R/ Que Dios nos saque de penas

y nos lleve a descansar.

 

No hay dolor, tormento, pena,

martirio, cruz ni aflicción,

que lleguen a ser pintura

de nuestra menor pasión;

solo alivia nuestros males

de vuestro amor esperar:

 

R/ Que Dios nos saque de penas

y nos lleve a descansar.

 

Aquí estoy en purgatorio

de fuego en cama tendido,

siendo mi mayor tormento

la ausencia de un Dios querido,

padezco sin merecer,

por mí no basta alcanzar:

 

R/Que Dios nos saque de penas

y nos lleve a descansar.

Cuando se cerraba la puerta y oías como la campanilla se alejaba y el sonsonete “Una limosna para las benditas almas del purgatorio” se iba alejando, parecía que la casa fuera otra. Allí, durante todo un año si tenías puesta en la puerta la cruz de palo de laurel hecha con la rama bendecida, que el cura te daba el Domingo de Ramos, no entraría ningún mal.

Lógicamente, a veces las realidades eran otras, pero esa noche la esperanza renacida era real.

Así me lo contaron, así lo viví muchos años y así lo relato.

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