DESDE EL CASTILLO DEL BUEN AMOR

el castillo mágico

 

Desde el castillo del Buen Amor

 

El Dios pintor se levantó temprano

sacó pinceles tubos y paleta

miró muy fijamente la meseta

cogió el pincel con su invisible mano

y comenzó a pintar colores en Castilla.

 Hizo un amanecer de maravilla:

ocres, grises, naranjas, azulados,

un amarillo sol desdibujado

en un blanco de luz brillante y bello;

el último lucero al ver aquello,

palideció borrado por la envidia;

extasiadas al ver la maravilla

las estrellas del cielo se escaparon

y el pintor, que ya estaba arrebatado

mezcló con maestría sus arreboles

y pintó, sin parar cielos y soles,

un castillo, una ermita, una ribera,

el canto de una alondra manera,

un encinar, un camino, un viñedo…

el mugir de un becerro en desespero,

una laguna de aguas transparentes,

tres mil flores, el rumor de una fuente…

Y cuando vio que estaba terminando,

lo dejó justo enfrente del castillo

y el ojo artificial, que maravilla,

guardo con nitidez esta preciosa

foto. Tres jilgueros…

que ensayaban sus trinos mañaneros,

enmudecieron sus arpegios rotos.

Del encinar llegaba el canto ignoto

del cuco que buscaba al compañero.

Entre la yerba fresca, en la ribera,

los grillos tocan sin parar sus arpas;

saltan, con paranoia, del regato las carpas

intentando comerse los rayos ambarinos;

silba entre los encinos el mirlo sus anhelos

y está tan limpio el cielo que el azul resplandece

con una luz suave de mimo empalagoso.

En medio del paisaje se dibuja un castillo,

una ermita, un camino, un valle, una ribera…

Empieza a florecer la primavera,

entre los frutos rojos del espino.

 

Manuel Pablos 

Desde el castillo del Buen Amor.

 

 

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