LOS MÚSICOS DE BREMEN

 

DO, RE, MI, O LOS MUSICOS DE BREMEN!

En recuerdo de A.R.M.

Rosa blanca

Cada día, cuando sale de la oficina, si es verano, se pone el bañador, coge una bolsa con una toalla, un pequeño transistor con auriculares y un libro y se va a la playa a leer, dormitar un rato, escuchar música y tomar el sol durante mas o menos una hora. Después, toma una refrescante ducha se viste y se va hacia la boca de metro, deseando llegar a casa y trabajar un rato al ordenador o cocinar o simplemente asomarse al balcón y ver pasar a la gente. Si es invierno y el frío arrecia, se marcha para casa directamente, y le apetece entrar en el subterráneo para sentir el aire calentito que corre por los pasillos.

Existe en esa estación un túnel largo, bien iluminado y suficientemente ancho para que pasen los que salen y los que entran pudiendo ir en grupos de dos o tres, y además aún hay espacio para que en un lateral se coloque un músico que alegra con sus notas el caminar de los transeúntes, sea verano o invierno. Algunas veces, es una mujer que ya peina canas en un tirante moño atado en la nuca y que absorta en la música golpea suavemente con sus dedos un teclado eléctrico, que hace las veces de piano, arrancándole melodías de música clásica, mazurcas de Chopin y otras piezas; todo lo toca de memoria, sin ninguna partitura, como si la música fuera ella misma, cierra sus ojos y juguetea con las teclas blancas y negras. Otras, es un hombre coreano, tal vez chino… oriental seguro, que con su instrumento raro de cuerda, araña notas que invitan a la meditación, y recuerdan el sonido del agua que corre por un riachuelo y el lejano Tíbet; el hombre, vestido con su quimono de seda de brillantes colores y sus pequeñas alpargatas negras de lona, su larga trenza que otrora fue negra como el ébano, y hoy ya es de un blanco grisáceo, como la nieve sucia, tiene a sus pies una bandeja para quien quiera o pueda le eche algunas monedas, y cuando alguna persona hace ese gesto, se inclina graciosamente hacia adelante, gira su cabeza y esboza una agradable sonrisa mostrando unos dientes blancos y alrededor de su boca se forman millones de pequeñas arruguitas. Otros días, es un joven con una guitarra el que toca piezas conocidas que alegran las mañanas de los que con pasos presurosos salen disparados hacia sus lugares de trabajo o a la universidad cercana. Casi todo el mundo baja el volumen de sus conversaciones, que se convierten en murmullos y en susurros para oír a estos músicos de Bremen que tocan sus instrumentos para deleitar a los pasajeros del metro que se apean en esa estación. Volver a vivir en la ciudad y disfrutar de pequeñas cosas como estas hace que se sienta feliz de estar bien de nuevo.

Hoy, cuando como todos los días caminaba por el mismo pasillo de siempre, – lo conocía muy bien porque había nacido en el barrio-, las notas de un violín que desgranaba la sinfonía de La Primavera de Verdi, le hizo sentir algo especial. Una ilusión de mariposas de colores recorrió su alma y su mente viajó hacia la ilusión. Tras un invierno cargado de nubarrones negros, los primeros rayos de sol comenzaban a teñir de color su nueva vida. Un arco iris maravillosos comenzaba a perfilarse entre los cortinajes de niebla de su cerebro y, por primera vez en mucho tiempo se sintió de nuevo viva, rebrotada de ella misma, enraizada con fuerza en aquella tierra abonada con las palabras de cariño de un amigo, con ilusiones nuevas, con savia nueva que comenzaba a hacer florecer brotes reventones, cargados de promesas de hermosas rosas blancas, que ella sabía que acabarían inundando su espíritu, todavía debilitado por la ingravidez del pensamiento nuevo, sin ser pensamiento del todo, sin creerse pensamiento todavía, pero con las primeras trazas de serlo.
Y durante un rato flotó sobre la sinfonía de la primavera, con la ilusión renovada. ¿Y si, resultaba ser que su amigo tenía razón y ella, que siempre se había creído algo de poco valor, una especie de fracaso de muchas cosas, de decepción para muchas gentes, de ser angustiado que buscaba realidades que no era capaz de encontrar…? ¿Y si su amigo tenía razón y era otro ser que no había pensado? ¿Y si una nueva primavera transformara la crisálida miedosa en una preciosa mariposa de colores relucientes, libre, libando amaneceres con sus alas multicolores, sin temores, segura de su vuelo, con movimientos rítmicos, hermosos, seguros…? ¿Y si su amigo tenía razón y un nuevo amanecer traía nuevas ilusiones, nuevos logros, nuevas esperanzas? ¿Y si todo aquello que un día soñó se hacía realidad? ¿Y si su amigo era en realidad una especie de mago que era capaz de adivinar el futuro…?
De repente ese hermoso sueño se interrumpió bruscamente, las cuerdas el violín del músico callejero enmudecieron y el pasillo del metro perdió la magia y se vio empujada por la vorágine de la gente que, con las prisas de siempre, no era capaz de sentir más que lo cotidiano, el raspar de los zapatos sobre el suelo, casi siempre poco limpio, el silbido de los metros que llegaban a la estación resoplando, parían sus cargas de pasajeros y con un chillido estridente arrancaban de nuevo con un ruido sordo, paranoico, eterno, buscando la próxima estación de destino. ¡Que poco cuesta creerse las mentiras de los demás!, pensó. Esta es mi realidad de cada día y está será mi realidad de cada día, de todos mis días de todos mis años…Ese, que se llama mi amigo, apenas es alguien a quien no conozco, un pobre hombre lleno de otros problemas, quizás tiene tantos o más que yo, un embaucador que vete tú a saber qué es lo que busca o uno de tantos soñadores que creen que están en este mundo para redimir almas apenadas… Soy lo que soy, una fracasada de mediana edad, con pocas perspectivas de cambio, con mucha soledad y miedo, con poco sueldo, con demasiados problemas propios y con algunos añadidos, que no se por qué llegaron ni se en que acabarán…
Pasó por delante del músico, otro perdedor, seguramente otro con ilusiones rotas por los desengaños, la desesperación, vete tú a saber si las drogas, al que no le quedaba más que un frio rincón del metro para desahogarse como sabía, haciendo vibrar las cuerdas gastadas de un viejo violín que, algunos años antes, había sido una maravilla, un lujo al alcance de pocos. Y de repente, el viejo músico levanto los ojos, unos preciosos ojos de color miel, la miró fijamente, con una intensidad que nuca había visto en nadie y le susurró lentamente, con un cariño infinito una frase: “La desesperanza es un lujo que ni los hombres más poderosos de la tierra pueden permitirse, si quieren seguir vivos. La esperanza en el futuro mueve el mundo y hace que unas viejas notas, escritas en la soledad de una habitación por un músico ilusionado, llene tu alma de hermosas mariposas de colores que liban amaneceres con sus alas de seda, señalándote el nuevo sol naciente. Sigue esa senda, no mires atrás, la oscuridad ya ha pasado, vuela sin miedo hacía un mundo nuevo de libertad y de amor” …
“Parecía que el tiempo se había detenido, solo había sido cuestión de algunos segundos, un minuto o dos a lo sumo, pero…. realmente el músico había dejado de tocar y le había susurrado esas palabras? Probablemente, como en otras ocasiones su mente y su imaginación desbordada le estaban jugando una mala pasada, aunque….. esas palabras que había creído oír, no tenían ningún viso de ser una tontería, las guardaría en su disco duro para irlas analizando poco a poco, a lo largo de aquellas tardes calurosas de verano. Salió pues del metro y una brisa que llegaba desde el mar cercano hizo que volara su cabellera color castaño. Se apresuró a cruzar la calle pues la luz del semáforo estaba ya cambiando y ya con un paso más sosegado llegó hasta su casa tarareando la musiquilla del violinista del metro”

El músico, sin embargo era real, sus palabras eran de hombre sabio, sus intenciones honestas y su cariño por la humanidad verdadero. Entendió, no obstante que aquella persona que un día se detuvo a oír sus melodías, porque les comunicaban algo, quisiera darse un respiro, analizar tranquilamente todo aquello que su cerebro se negaba a entender, que no le seguía cuadrando a pesar de haberse esforzado en explicaciones sencillas y decidió cambiar de sitio. En Barcelona había muchos rincones, muchos metros, muchas gentes deseosas de oír sus melodías…Quizás en septiembre la mujer volviera a necesitar sus consejos, quizás no. La vida siempre es un riesgo… Guardó su violín con mucho cuidado en aquella funda de cuero suave, que le había acompañado siempre, dio media vuelta y, sin mirar atrás, siguió caminando hacia otros amaneceres, hacia otros retos, hacia otros mundos.  Quizás en septiembre, pensó de nuevo…

Copyraig.

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